El miércoles, Turquía condenó y rechazó las declaraciones del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en las que reconoció el Genocidio Armenio.
“El comentario de Netanyahu sobre los acontecimientos de 1915 es un intento de explotar hechos trágicos del pasado con fines políticos”, señaló el Ministerio de Relaciones Exteriores turco en un comunicado.
El texto agregó que “Netanyahu, quien enfrenta un juicio por su responsabilidad en el genocidio cometido contra el pueblo palestino, intenta encubrir los crímenes que él y su gobierno han cometido”.
Finalmente, Ankara afirmó: “Condenamos y rechazamos esta declaración, que es incompatible con los hechos históricos y jurídicos”.
Más allá de la dureza de sus expresiones, la reacción de Turquía se enmarca en una estrategia habitual: la negación sistemática del Genocidio Armenio, negación que se mantiene como política de Estado desde hace más de un siglo y que vuelve a manifestarse cada vez que un líder internacional reconoce el crimen fundacional del siglo XX. La paradoja es evidente: mientras acusa a Israel de crímenes de lesa humanidad, el gobierno turco persiste en encubrir y relativizar el genocidio perpetrado por el Imperio Otomano contra el pueblo armenio.