Circula en distintos ámbitos del debate público armenio un argumento profundamente falaz y sin fundamento histórico que la Iglesia Apostólica Armenia debe mantenerse al margen de las políticas del gobierno de turno, mientras paradójicamente se permite —e incluso se promueve— que el gobierno intervenga directamente en la vida interna de la Iglesia. Esta doble moral no solo contradice 1.700 años de historia armenia, sino que constituye un intento deliberado de silenciar la voz de una institución que representa al 92% de la población armenia y que ha sido el pilar fundamental de la supervivencia nacional.
Esta editorial refuta categóricamente esta falsa premisa, demostrando con evidencia histórica que separar la Iglesia de la vida política de Armenia es imposible, imprudente y contrario a la naturaleza misma de la identidad armenia.
En el año 301, el rey Tiridates III proclamó el cristianismo como religión oficial del Reino de Armenia, convirtiéndose así en el primer Estado en la historia mundial en adoptar oficialmente el cristianismo —diez años antes del Edicto de Milán de Constantino (313 d.C.) y ochenta años antes de que el Imperio Romano lo hiciera oficialmente (380 d.C.). Esta decisión convirtió a Armenia en el primer país en abrazar la fe cristiana, estableciendo un precedente histórico que ninguna otra nación puede reclamar.
San Gregorio el Iluminador, quien convirtió al rey y fue consagrado como el primer Katolikós de la Iglesia Armenia, no solo estableció una institución religiosa, sino que fundó el núcleo mismo de la identidad nacional armenia. La construcción de la catedral de Echmiadzin en 303 marcó el inicio de una tradición arquitectónica, cultural y espiritual única que perdura hasta hoy.
Tras la caída del último reino armenio de Cilicia en 1375, el Katolikós asumió el liderazgo del pueblo armenio en el sentido religioso y político, al no existir ya ningún rey armenio. Durante más de quinientos años de dominación extranjera —primero bajo el Imperio Otomano, luego bajo el Imperio Ruso—, la Iglesia Apostólica Armenia fue el ÚNICO símbolo de continuidad nacional.
La Iglesia Apostólica de Armenia fue vista como una iglesia nacional que ha sido el principal soporte identitario del pueblo armenio, preservando la lengua armenia, la cultura, las costumbres y la memoria histórica cuando el Estado mismo había dejado de existir. Sin la Iglesia, la nación armenia habría desaparecido. Esta no es retórica: es un hecho histórico documentado.
Entre 1915 y 1923, el régimen de los Jóvenes Turcos perpetró el primer genocidio del siglo XX, asesinando a más de 1,5 millones de armenios. La Iglesia armenia fue el primer objetivo del genocidio. El gobierno otomano destruyó deliberadamente dos mil iglesias y doscientos monasterios, confiscó todas las propiedades eclesiásticas y asesinó sistemáticamente a los líderes religiosos armenios.
¿Por qué la Iglesia fue el objetivo primario? Porque los perpetradores comprendían perfectamente lo que algunos políticos armenios actuales parecen haber olvidado: la Iglesia Apostólica Armenia ES la columna vertebral de la identidad nacional armenia. Destruir la Iglesia significaba destruir la nación misma.
Desde que el cristianismo se reconociera de manera oficial, la supervivencia de la identidad nacional armenia ha estado directamente unida con el factor religioso. El genocidio no fue solo un exterminio físico, sino un genocidio cultural: borrar cualquier rastro de la presencia armenia, destruir su patrimonio espiritual, eliminar su memoria histórica. Y aun así, la Iglesia sobrevivió y preservó la identidad armenia.
Tras el genocidio, cientos de miles de armenios sobrevivientes fueron dispersados por todo el mundo —Líbano, Siria, Francia, Argentina, Estados Unidos, Brasil. ¿Qué mantuvo unida a esta diáspora fragmentada? La Iglesia Apostólica Armenia.
Los armenios conformaban primero la iglesia y a partir de la iglesia formaban las otras instituciones o las escuelas. En Buenos Aires, en Los Ángeles, en París, en Beirut, la primera institución que establecían los armenios exiliados era una iglesia. Solo después venían las escuelas, las asociaciones culturales, los centros comunitarios. La Iglesia era —y sigue siendo— el núcleo de la identidad armenia en la diáspora.
Hoy, aproximadamente el 98% de la población armenia es de origen armenio, y el 92% de la población se declara fiel a la Iglesia apostólica armenia. Estos no son números triviales. Representan una unidad nacional sin paralelo en el mundo contemporáneo.
El actual gobierno del primer ministro Nikol Pashinian ha llevado la tensión entre el Estado y la Iglesia a su punto más crítico en la historia moderna de Armenia. Tras la catastrófica pérdida de Nagorno-Karabaj en 2023 —una región que los armenios consideran parte integral de su patria histórica—, el Katolikós Karekin II pidió públicamente la dimisión del primer ministro, señalando su responsabilidad en la debacle nacional.
La respuesta del gobierno fue reveladora: en junio de 2025, Nikol Pashinian pidió públicamente la destitución del Katolikós Karekin II, la máxima autoridad espiritual de la Iglesia Apostólica Armenia. Adicionalmente, el gobierno ha detenido al arzobispo Bagrat Galstanian y a otros clérigos bajo acusaciones de conspiración contra el Estado, simplemente por ejercer su derecho a la oposición política pacífica.
Aquí está la hipocresía en su forma más pura: mientras se acusa a la Iglesia de "inmiscuirse" en política, es el gobierno quien interfiere directamente en los asuntos internos eclesiásticos, intentando destituir líderes religiosos electos según los cánones de la Iglesia y promoviendo voces eclesiales afines al poder político.
Si la Iglesia no tiene derecho a opinar sobre el rumbo de la nación, ¿por qué el gobierno SÍ tiene derecho a decidir quién debe liderar la Iglesia?
Si existe una "separación" entre Iglesia y Estado, ¿por qué esa separación solo aplica en una dirección?
Si la Iglesia debe callarse ante decisiones políticas catastróficas que resultan en la pérdida de territorios históricos armenios, ¿por qué el Estado puede intervenir en la elección y destitución de autoridades religiosas?
Esta doble moral revela la verdad: el problema no es la "separación" institucional. El problema es que el gobierno de Pashinian busca silenciar una voz crítica poderosa que cuestiona su competencia, su legitimidad y sus decisiones políticas desastrosas.
Cuando el 92% de la población armenia se identifica con la Iglesia Apostólica, la voz del Katolikós es la voz del pueblo. Cuando la Iglesia critica al gobierno, no está "haciendo política partidaria": está ejerciendo su rol histórico como guardiana de la identidad y los intereses nacionales armenios.
La pérdida de Nagorno-Karabaj no es una cuestión política trivial. Es una tragedia nacional de proporciones históricas, comparable a las pérdidas territoriales y humanas del genocidio. La Iglesia tiene no solo el derecho, sino el DEBER moral de alzar su voz cuando considera que la nación está en peligro existencial.
Quienes argumentan que la Iglesia Armenia debe mantenerse al margen de la política ignoran deliberadamente que en múltiples democracias consolidadas y naciones respetadas internacionalmente, las instituciones religiosas participan activamente en el debate público sin que esto comprometa la democracia. Veamos ejemplos concretos:
Irán es un estado teocrático donde no existe separación entre religión y política. El sistema se basa en el principio del Wilayat al-Faqih (Tutela del Jurista Islámico), donde el Líder Supremo combina autoridad política y guía espiritual. Aunque este modelo presenta problemas desde una perspectiva democrática liberal, demuestra que la integración religiosa en la estructura estatal es una realidad geopolítica contemporánea aceptada internacionalmente.
En Israel, aunque formalmente laico, las leyes sobre matrimonio, divorcio, días festivos y múltiples aspectos de la vida pública están profundamente influenciadas por la tradición judía. Los partidos religiosos ejercen influencia determinante en la formación de gobiernos y en decisiones políticas cruciales. La identidad judía es inseparable del Estado de Israel, y nadie considera esto antidemocrático.
El Vaticano es la única nación teocrática regida completamente por la religión, con el Papa como máxima autoridad temporal y espiritual. A pesar de su carácter exclusivamente religioso, mantiene relaciones diplomáticas con la mayoría de los países del mundo y participa activamente en debates sobre paz, justicia social, derechos humanos y política internacional. Su voz es respetada globalmente.
En América Latina, la Iglesia Católica ha sido históricamente un actor político fundamental. Durante las guerras civiles del siglo XIX entre liberales y conservadores, la religión reforzó motivaciones políticas. Los gobiernos de las nuevas repúblicas reconocieron al catolicismo como religión del Estado para facilitar el gobierno de países con inmensa mayoría católica.
Incluso hoy, la Iglesia Católica ha intervenido en los procesos políticos sobre derechos sexuales y reproductivos en muchos países de la región. En Argentina, Brasil, Chile, Colombia y otros países, los líderes católicos se pronuncian regularmente sobre políticas públicas, reformas constitucionales y cuestiones morales, sin que nadie sugiera que deban "mantenerse al margen" de la política.
Durante la ocupación soviética, la Iglesia Católica polaca fue el centro de la resistencia nacional. El Papa Juan Pablo II, polaco de nacimiento, fue instrumental en el colapso del comunismo en Europa del Este. La Iglesia fue explícitamente política, y su participación fue considerada legítima y heroica. Hoy, aunque existen debates sobre el rol de la Iglesia en Polonia, nadie niega su derecho a expresar posiciones en el debate público.
Incluso en Estados Unidos, con su estricta separación constitucional entre Iglesia y Estado, los presidentes prestan juramento con la mano sobre la Biblia, las referencias religiosas permean el discurso político, y los líderes religiosos —evangélicos, católicos, judíos— se pronuncian constantemente sobre políticas públicas, desde el aborto hasta la inmigración. La religión es una fuerza política significativa, y esto se considera compatible con la democracia.
Estos ejemplos demuestran que la participación religiosa en política es la NORMA, no la excepción, en el mundo contemporáneo. La clave no radica en si las instituciones religiosas participan en política —claramente lo hacen en casi todas las naciones—, sino en cómo lo hacen.
Una cosa es que la Iglesia exprese posiciones morales, critique decisiones gubernamentales o movilice a los fieles en defensa de valores fundamentales. Otra muy distinta es que imponga sus dogmas mediante coerción estatal. La Iglesia Apostólica Armenia hace lo primero; el gobierno de Pashinian intenta impedirlo mediante la segunda.
El argumento de que la Iglesia Apostólica Armenia no debe "inmiscuirse" en la política del Estado es históricamente falso, sociológicamente ingenuo y políticamente conveniente para quienes buscan evitar críticas legítimas. Examinemos por qué:
Como hemos demostrado exhaustivamente, la Iglesia Apostólica Armenia ha estado indisolublemente ligada a la vida política de la nación durante 1.700 años. Pretender que ahora debe "mantenerse al margen" es ignorar deliberadamente toda la historia armenia. Cuando no había Estado armenio, la Iglesia ERA el Estado armenio. Cuando el Estado fue destruido por genocidio, la Iglesia preservó la nación. Separar la Iglesia de la política armenia es separar el corazón del cuerpo.
Con el 92% de la población identificándose con la Iglesia Apostólica, pretender que esta institución no tiene legitimidad para pronunciarse sobre el rumbo nacional es negar la representatividad democrática. Si la democracia significa que las instituciones que representan a la mayoría de la población tienen voz, entonces la Iglesia tiene más legitimidad que muchos partidos políticos.
El verdadero motivo detrás de este argumento se revela cuando examinamos QUIÉN lo esgrime y CUÁNDO. No es casualidad que este discurso se intensifique precisamente cuando el gobierno de Pashinian enfrenta críticas devastadoras por la pérdida de Nagorno-Karabaj. Silenciar a la Iglesia es silenciar al crítico más poderoso del gobierno. Es censura disfrazada de laicismo.
Como hemos señalado, la "separación" solo se exige en una dirección: la Iglesia no debe opinar sobre política, pero el gobierno SÍ puede intervenir en la Iglesia. Esta asimetría deliberada revela que no se trata de principios constitucionales, sino de control político.
La historia del siglo XX está llena de ejemplos de lo que sucede cuando los Estados totalitarios subordinan las iglesias al poder político:
El patrón es siempre el mismo: primero se acusa a la iglesia de "inmiscuirse" en política, luego se justifica la intervención estatal "para mantener el orden", finalmente se subordina la institución religiosa convirtiéndola en un apéndice del poder político.
Armenia está en las primeras etapas de este proceso peligroso. Detener clérigos críticos, pedir la destitución del Katolikós, promover voces eclesiales afines al gobierno: estos son pasos clásicos hacia la subordinación de la Iglesia al Estado.
PRIMERA VERDAD: La Iglesia Apostólica Armenia es INSEPARABLE de la identidad nacional armenia.
No estamos hablando de una institución religiosa más entre tantas. La Iglesia Apostólica Armenia es la guardiana histórica de la armenidad: preservó la nación cuando el Estado armenio desapareció bajo ocupación extranjera, sobrevivió al genocidio más brutal del siglo XX cuando el Imperio Otomano intentó borrar toda huella de la existencia armenia, y mantuvo unida a una diáspora fragmentada en los cinco continentes. Durante 1.700 años —diecisiete siglos— ha sido el corazón espiritual, cultural y moral del pueblo armenio.
Pretender separarla ahora de la vida política de Armenia no es modernización: es negar 1.700 años de historia documentada. Es ignorar deliberadamente que cuando el rey Tiridates III convirtió a Armenia en el primer Estado cristiano del mundo en el año 301, estableció una unión indisoluble entre fe y nación que ningún invasor, ninguna ocupación y ningún genocidio han podido romper. Quien ataca esta unión, ataca el núcleo mismo de lo que significa ser armenio.
SEGUNDA VERDAD: Las religiones participan legítimamente en la política de las naciones del mundo.
Esta no es una opinión: es un hecho observable en la geopolítica contemporánea. Desde Irán —donde el Líder Supremo combina autoridad religiosa y política— hasta Israel —donde los partidos religiosos ejercen influencia determinante en el gobierno—; desde el Vaticano —Estado teocrático con relaciones diplomáticas universales— hasta Polonia —donde la Iglesia Católica fue el centro de la resistencia contra el comunismo—; desde Estados Unidos —donde los presidentes juran sobre la Biblia y los líderes religiosos influyen en políticas públicas— hasta América Latina —donde la Iglesia Católica ha sido actor político fundamental durante dos siglos—, las instituciones religiosas ejercen influencia política legítima sin que esto comprometa la democracia.
En naciones islámicas, cristianas, judías, budistas e hindúes, las instituciones religiosas tienen voz en los asuntos públicos. ¿Por qué Armenia debería ser la única nación del mundo donde esto se considera ilegítimo? ¿Por qué la Iglesia que representa al 92% de la población debe ser silenciada mientras iglesias que representan minorías en otros países tienen plena libertad de expresión política?
Armenia no es —ni debe ser— la excepción. La pretensión de que la Iglesia Apostólica Armenia debe "mantenerse al margen" de la política no tiene precedente en la práctica democrática mundial y contradice la experiencia universal de todas las naciones que valoran sus tradiciones religiosas.
TERCERA VERDAD: El verdadero problema no es que la Iglesia se "inmiscuya" en política, sino que el gobierno intenta subordinarla.
Aquí está la hipocresía fundamental que desmantela todo el argumento gubernamental: mientras se acusa a la Iglesia de "inmiscuirse" en política, es el Estado quien viola la separación institucional de manera flagrante y peligrosa.
Cuando el gobierno detiene al arzobispo Bagrat Galstanian y a otros clérigos bajo acusaciones de "conspiración contra el Estado" por ejercer oposición política pacífica; cuando el primer ministro Nikol Pashinian pide públicamente la destitución del Katolikós Karekin II —la máxima autoridad espiritual electa según los cánones de la Iglesia—; cuando el Estado promueve deliberadamente voces eclesiales afines al poder político para dividir y debilitar la institución, está violando la autonomía institucional de la Iglesia mucho más gravemente que cualquier declaración política que la Iglesia pueda hacer.
Esta no es "separación de Iglesia y Estado": es subordinación de la Iglesia al Estado. Es el modelo soviético de control religioso, donde las iglesias podían existir solo como apéndices decorativos del poder político, sin voz crítica, sin autonomía real, sin capacidad de cuestionar las decisiones gubernamentales.
La pregunta que destruye todo el argumento gubernamental es simple y devastadora: Si existe una "separación" entre Iglesia y Estado, ¿por qué esa separación solo se exige en una dirección? ¿Por qué la Iglesia no puede criticar al gobierno, pero el gobierno SÍ puede intervenir en la Iglesia? Esta doble moral revela la verdad: no se trata de principios constitucionales, sino de silenciar al crítico más poderoso e inconveniente del gobierno.
El pueblo armenio debe preguntarse con honestidad:
La Iglesia Apostólica Armenia tiene no solo el derecho constitucional, sino el DEBER histórico y moral de alzar su voz cuando considera que la nación está en peligro existencial. Esto no es "inmiscuirse" en política: es ejercer su rol milenario como guardiana de la identidad nacional armenia, un rol que ha desempeñado ininterrumpidamente desde el año 301.
Cuando el Katolikós Karekin II criticó al gobierno de Pashinyan tras la pérdida de Nagorno-Karabaj, no estaba violando ninguna "separación de poderes" imaginaria. Estaba haciendo exactamente lo que San Gregorio el Iluminador hizo con el rey Tiridates III hace 1.700 años: recordar a los gobernantes temporales que tienen responsabilidades ante Dios, ante la historia y ante el pueblo armenio. Recordarles que el poder político es transitorio, pero la nación es eterna.
Los reyes vienen y van. Los primeros ministros suben y caen. Los gobiernos cambian con las elecciones. Pero la Iglesia Apostólica Armenia permanece, como ha permanecido a través de invasiones persas, ocupaciones bizantinas, conquistas árabes, dominación otomana, opresión soviética, y el intento más brutal de todos: el genocidio de 1915-1923.
Si la Iglesia sobrevivió cuando los otomanos asesinaron sistemáticamente a sus líderes y destruyeron dos mil iglesias y doscientos monasterios, ¿acaso va a ser silenciada ahora por un gobierno temporal que teme la crítica?
Silenciar a la Iglesia Apostólica Armenia sería traicionar siglos de resistencia, identidad y fe que han hecho posible la supervivencia del pueblo armenio contra todas las probabilidades.
Sería repetir el error fatal de quienes creyeron que podían "modernizar" Armenia eliminando su columna vertebral espiritual, convirtiendo una nación con 1.700 años de identidad cristiana única en un Estado secular genérico sin alma ni propósito histórico.
Sería entregar voluntariamente —desde dentro, por decisión propia— lo que los otomanos no pudieron destruir con genocidio sistemático, lo que los soviéticos no pudieron suprimir con setenta años de ateísmo oficial forzado, lo que los persas, bizantinos, árabes, mongoles y rusos no pudieron borrar en diecisiete siglos de invasiones y ocupaciones.
La Iglesia Apostólica Armenia sobrevivió al genocidio más brutal del siglo XX. Sobrevivió a la persecución soviética cuando ser sacerdote significaba arriesgar la vida. Sobrevivió cuando parecía que la nación armenia misma desaparecería de la faz de la tierra. Y sobrevivirá a este intento gubernamental de subordinación política.
Pero la pregunta crucial que debe responderse HOY es: ¿Sobrevivirá Armenia como nación única con identidad milenaria si permite que su fundamento espiritual sea erosionado desde dentro por conveniencia política temporal?
Solo resta que el pueblo armenio —en Ereván, en Buenos Aires, en Los Ángeles, en París, en Beirut, en cada rincón del mundo donde late un corazón armenio— recuerde las lecciones imborrables de sus ancestros y defienda con todas sus fuerzas lo que hace única e indestructible a su nación: la unión indisoluble entre la fe apostólica, la Iglesia milenaria y la identidad nacional armenia.
Esta unión no es negociable. No es reformable. No es modernizable. Es la esencia misma de lo que significa ser armenio.
Defender la Iglesia Apostólica Armenia no es conservadurismo ciego ni fundamentalismo religioso. Es defender la supervivencia de la nación armenia como entidad histórica única con propósito trascendente. Es reconocer que hay realidades más profundas y permanentes que los ciclos electorales y las modas políticas temporales.
La Iglesia Apostólica Armenia es el alma inmortal de Armenia. Cuando el Estado armenio desapareció, ella lo preservó. Cuando el genocidio intentó borrarnos de la historia, ella nos mantuvo vivos. Cuando la diáspora fue fragmentada por el mundo, ella nos mantuvo unidos.
Quien ataca a la Iglesia, ataca a Armenia misma. Quien defiende a la Iglesia, defiende la eternidad de la nación armenia.
La elección está ante nosotros. La historia nos observa. Nuestros ancestros mártires nos juzgan desde el cielo. Las generaciones futuras nos preguntarán: ¿Fuimos dignos herederos de 1.700 años de fe inquebrantable, o fuimos la generación cobarde que entregó voluntariamente lo que ningún invasor pudo arrebatarnos?
Que cada armenio responda con su conciencia, con su voto y con su voz: ¿De qué lado de la historia quiere estar?