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Opinion - Vahan Zanoian – Especial para el Mirror-Spectator
Las consecuencias de ser débiles y desesperados
29 de Agosto de 2025

“Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben.” -  Tucídides (460-400 a.C.), historiador y general ateniense, autor de La guerra del Peloponeso.

Mucho se ha escrito y dicho sobre los acontecimientos del 8 de agosto en la Casa Blanca. Los documentos clave —firmados o inicialados— fueron dados a conocer y rápidamente se convirtieron en objeto de intenso debate. Algunos comentaristas los calificaron de “masivos” e “históricos”; otros, en cambio, los denunciaron como una mera puesta en escena o, peor aún, como el acta de defunción de la soberanía armenia.

Sin embargo, si examinamos no solo lo que ocurrió, sino también las razones por las que sucedió, todo se reduce a un hecho simple y, a la vez, evidente: Armenia era demasiado débil para resistir una probable invasión azerbaiyana y demasiado desesperada por alcanzar un acuerdo, por costoso que fuera.

Según la mayoría de los análisis, el detonante inicial fue el temor a una invasión inminente en el sur de Armenia durante la primavera, con el objetivo de establecer por la fuerza una conexión entre Nakhicheván y Azerbaiyán: el llamado “corredor de Zangezur”. Para prevenir esa eventualidad, se desplegó una intensa actividad diplomática liderada por el enviado especial estadounidense Steve Witkoff, que involucró a Washington, Bakú y Ereván. El resultado: Azerbaiyán obtuvo la ruta que deseaba y mucho más; Armenia logró, al menos temporalmente, eliminar la amenaza de invasión; y Estados Unidos consolidó una presencia estratégica en el Cáucaso Sur.

Lo que obtuvo cada parte
El acuerdo final no fue un tratado de paz, sino un memorándum de intenciones. Azerbaiyán consiguió:

La creación de una ruta terrestre entre Nakhicheván y Azerbaiyán, denominada TRIPP (Trump Route for International Peace and Prosperity), administrada por una empresa estadounidense bajo jurisdicción de la ley armenia.
La normalización de facto del uso de la fuerza para llevar a cabo la limpieza étnica en Artsaj.
No tener que retirarse de los 210 km² de territorio estratégico que ocupa dentro de Armenia.
Ningún compromiso sobre la liberación de prisioneros políticos y de guerra armenios retenidos ilegalmente en Bakú.
La derogación de la Sección 907 de la Ley de Relaciones Exteriores de EE.UU., que prohibía la venta de armas a Azerbaiyán.
La disolución de facto del Grupo de Minsk de la OSCE, enterrando así la cuestión de Nagorno-Karabaj en el olvido diplomático.
La garantía de que no habrá presencia militar extranjera en la frontera armenio-azerbaiyana.
La omisión total de cualquier referencia al derecho de retorno de la población desplazada de Artsaj.

A cambio, Armenia obtuvo únicamente la postergación de una invasión inminente en su región sur: es decir, la eliminación —aunque temporal— de una amenaza directa. Otros puntos que el gobierno armenio presentó como logros —como la ausencia del término “corredor”, la no instalación de tropas extranjeras en su territorio, el mantenimiento de su frontera con Irán y la no extraterritorialidad de la ruta— son, en realidad, concesiones negativas: la eliminación de riesgos potenciales, sí, pero no avances sustanciales ni beneficios nuevos.

“Los débiles sufren lo que deben”
Si Armenia hubiera sido lo suficientemente fuerte para defenderse, nada de esto habría ocurrido como ocurrió. Incluso tras la derrota en la guerra de 44 días en 2020, aún habría sido posible negociar un acuerdo más equilibrado si el país hubiera reforzado seriamente sus defensas en los últimos cinco años.

En otras palabras, fue el miedo a la agresión azerbaiyana, sumado a la incapacidad de Armenia para repelerla y a la urgencia del gobierno por mostrar avances en su “agenda de paz” antes de las elecciones, lo que condujo a los acontecimientos del 8 de agosto en Washington.

Quienes celebran estos “acuerdos” hacen tanto daño como quienes los rechazan de plano: ambos desvían la atención de la opinión pública de la verdad fundamental y de la necesidad de extraer las lecciones correctas desde la guerra de 2020.

Escenarios ilusorios
Los defensores del acuerdo promueven un escenario idealizado: que Azerbaiyán liberará prisioneros, retirará sus tropas de los territorios ocupados, abandonará su retórica antiarmenia, y que Turquía abrirá su frontera y permitirá un flujo justo de comercio e inversiones. Que Estados Unidos garantizará la defensa de Armenia y permanecerá a largo plazo en el Cáucaso Sur como disuasión frente a nuevas agresiones.

Sin embargo, nada en la conducta de Azerbaiyán o Turquía en los últimos años —ni en su retórica oficial ni en sus acciones— respalda esta visión utópica. Ni la paz ni una Armenia fuerte y próspera figuran en la agenda de Ilham Aliyev ni en la estrategia turco-azerbaiyana para la región.

Conclusión
Armenia no podrá sobrevivir si continúa siendo débil y desesperada. El verdadero riesgo no radica en los documentos firmados en la Casa Blanca, sino en el peligro de que se presenten como una “victoria” y que ello alimente una nueva ola de complacencia frente a la urgente necesidad de fortalecer la defensa nacional.

La salida es clara: Armenia debe convertirse en un Estado independiente y militarmente fuerte. Y para lograrlo, no puede seguir ignorando los recursos de toda la nación armenia. La supervivencia y viabilidad del Estado armenio dependen de que la nación, en su conjunto, se reorganice como una entidad política y económica transnacional, capaz de sostenerlo.

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