«Esta (sociedad armenia) está enferma, y lo digo abiertamente». Con estas palabras, Ilham Aliyev se expresó el 21 de agosto, en un discurso cargado de mensajes hostiles y agresivos.
Han pasado ya cuatro días desde esa declaración y, sin embargo, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Armenia no ha emitido ninguna reacción. El silencio oficial frente a semejante expresión de odio e intolerancia dirigida contra el pueblo armenio y la sociedad en su conjunto resulta, cuanto menos, preocupante.
Intentemos imaginar por un momento qué habría sucedido si una afirmación similar hubiera sido pronunciada desde la dirigencia armenia hacia Azerbaiyán. El escándalo internacional habría sido inmediato, amplificado por Bakú con denuncias en todos los foros posibles. Y más aún en este contexto: tras la firma preliminar, bajo la mediación de Donald Trump, del llamado “acuerdo de paz”, que incluye en sus cláusulas la lucha contra la intolerancia, el racismo y la discriminación.
Frente a esta realidad, cabe preguntarse: ¿cómo puede sostenerse un proceso de paz si uno de los actores se permite difundir libremente mensajes de odio contra toda una sociedad, sin consecuencia alguna en el plano diplomático? ¿Hasta qué punto la pasividad oficial de Armenia no termina legitimando, de manera indirecta, este tipo de ataques verbales que, como bien sabemos, son preludio de acciones mucho más peligrosas?
El silencio, en estas circunstancias, no es neutral: es cómplice.