El mensaje del primer ministro, Nikol Pashinian con motivo del 35º aniversario de la Declaración de Independencia de Armenia marca un punto de inflexión en la narrativa política del país. Al afirmar que no se debe continuar el Movimiento de Karabaj, el primer ministro plantea un giro estratégico: priorizar la paz, la estabilidad y la consolidación del Estado armenio sobre las aspiraciones históricas que han marcado la vida política de Armenia y su diáspora durante décadas.
Esta visión, aunque pragmática, abre un debate profundo y necesario: ¿es posible garantizar la soberanía nacional y el desarrollo sostenible sin defender activamente los derechos históricos de los armenios en Nagorno-Karabaj? Para una parte de la sociedad, el planteamiento de Pashinian puede interpretarse como una renuncia anticipada a la memoria colectiva y a las luchas que forjaron el camino hacia la independencia. Para otros, en cambio, representa una apuesta realista por la supervivencia del Estado armenio, capaz de sostenerse en paz dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas.
La crítica central radica en que priorizar la paz sin un plan claro de seguridad, especialmente en ausencia de garantías para las poblaciones armenias desplazadas o en zonas fronterizas, podría dejar a sectores vulnerables sin protección. Además, esa percepción de debilidad o abandono puede alimentar divisiones internas y debilitar el tejido colectivo de la nación.
No obstante, el mensaje también ofrece una oportunidad: invita a repensar el patriotismo desde una perspectiva contemporánea, no solo como resistencia o lucha armada, sino como construcción institucional, desarrollo sostenible y diplomacia activa. Un patriotismo que no niegue la memoria histórica, sino que la integre en un proyecto nacional orientado al futuro.
El desafío inmediato para Pashinian y su gobierno consiste en transformar esta visión en políticas concretas. La paz no debe quedar reducida a una declaración simbólica, sino convertirse en un proceso sostenido, respaldado por una política de defensa robusta, acuerdos internacionales creíbles y garantías efectivas de seguridad para las poblaciones armenias afectadas. Asimismo, es fundamental preservar la memoria de Karabaj y de quienes dieron sus vidas por esa causa, incorporándola al discurso nacional sin caer en el revisionismo ni en el resentimiento.
La propuesta de una “Armenia Real” podría convertirse en un modelo de patriotismo moderno, siempre que logre equilibrar tres pilares fundamentales: diplomacia efectiva, defensa sólida y cohesión social. De lo contrario, corre el riesgo de ser percibida como un discurso de resignación ante las presiones geopolíticas externas.
En conclusión, el mensaje de Pashinian convoca a un debate imprescindible: cómo alcanzar la paz sin sacrificar la justicia histórica ni comprometer la seguridad del pueblo armenio. La verdadera estabilidad solo será duradera si se construye sobre cimientos firmes de soberanía, dignidad y memoria colectiva, no sobre concesiones que pongan en riesgo la integridad futura de Armenia. La responsabilidad tanto de la dirigencia como de la sociedad civil es transformar este momento de inflexión en una oportunidad para redefinir un patriotismo que concilie memoria y modernidad, identidad y desarrollo, justicia y soberanía.