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Opinion - Por Arto Kalciyan
Aquella olvidada cultura del trabajo
23 de Agosto de 2021
Corrían los años cincuenta, mi padre llegaba al país dejando atrás la posibilidad de seguir viviendo en Turquía, una tierra hostil para la vida de los armenios. Arribando al Sur de las Américas, suelo de esperanzas, paz y prosperidad. Sin parientes, amigos cercanos y confiables, ni conocimiento del idioma, solamente apostando a su capacidad de trabajo. Tras un prolongado tiempo de penurias, a manos de personas desleales, que supieron hacer uso de su flanco débil para fomentar su propio enriquecimiento, pasando así sus años más traumáticos en esta tierra de oportunidades, esperando la finalización de mi escuela primaria, para contar con un apoyo leal y confiable, en un área que a todas luces no le era favorable.
Con los fondos proporcionados por la venta de un departamento en Mar del Plata, adquirido a poco de llegar al país, tras larga búsqueda nos hacíamos dueños de una casa con amplio terreno, en una zona apta para la industria liviana, en la zona de Mataderos.
En aquel popular barrio de pequeños emprendedores en todo tipo de actividades, con gran mayoría de inmigrantes italianos, no faltaba trabajo, tampoco ganas de trabajar.
Con la ayuda de dos albañiles de ese origen, levantamos las primeras paredes de nuestra modesta industria química, así empezamos.
A un par de cuadras de la Avenida Del Trabajo (ahora Eva Perón) de a poco fuimos creciendo. Jornadas de trabajo desde el amanecer hasta la caída del sol y más allá, con el mismo entusiasmo de nuestros vecinos de cien oficios diferentes, coincidentes todos en el esfuerzo y la lucha diaria en pro de una vida digna, sin limosnas, sin compromisos de naturaleza alguna, sin perder la libertad ni el orgullo.
Planes sociales no había, lo que se dice vagos; hubo siempre, aunque eran fácilmente identificables.
 
En la Argentina los planes sociales son beneficios otorgados por el Estado con el fin de alcanzar un mayor equilibrio social y apoyar a los sectores más vulnerables.
Estos planes de asistencia social pueden ir desde un beneficio de pago único hasta una ayuda económica mensual, la entrega de alimentos, atención médica, cuidado y protección de menores de edad, asignación de empleo a jóvenes, y muchas otras prestaciones.
 
LA HISTORIA DE LOS PLANES SOCIALES..
 
Los primeros planes sociales aparecieron con las Cajas de PAN, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. En 1986, aproximadamente 5,6 millones de personas recibían la ayuda alimentaria del PAN, casi el 17% de la población de ese momento. Luego, tras la crisis del 2002 bajo el mandato de Eduardo Duhalde, existía un solo plan social: el Plan Jefas y Jefes de Hogar, que buscaba ayudar económicamente a 2 millones de familias en un momento que la pobreza superaba el 50% de la población.
 
En base a los datos recolectados por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), existen hoy aproximadamente 22 millones de personas que reciben asistencia social en forma de un programa alimentario y por prestaciones como la Asignación Universal por Hijo o la Asignación por Embarazo. Esta cifra indica que la cantidad de personas que perciben una ayuda estatal se ha multiplicado por 10 en los últimos 19 años. Lo curioso es que, si bien la cantidad de planes sociales ha crecido significativamente en los últimos 20 años, la pobreza continúa siendo un problema que parece no tener una solución cercana, habiendo alcanzado un valor del 45% este último año.
 
El resultado de planes sociales y subsidios de todo tipo, sin racionalidad, capacidad o intención alguna de cambiar las cosas por las distintas administraciones, converge en un déficit fiscal insostenible, provocando el desmadre económico que se ha convertido en crónico, con sus secuelas de: inflación, devaluación, impuestos confiscatorios, desinversión, economía subterránea, retroceso en la educación y la mano de obra calificada, devastación de la clase media, falta de incentivos para emprendedores, emigración de empresas y profesionales calificados en perjuicio del desarrollo y el crecimiento de la economía y el empleo genuino y abiertamente una burla a quien trabaja y se esfuerza a diario para llevar una vida digna y alcanzar metas lógicas y entendibles de todo ser humano.
 
De insistir en este esquema fracasado, de no existir el coraje y la decisión de cambiar las cosas de raíz, inevitablemente el futuro está cubierto por nubarrones.
 
A. K.
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