Armenia se parece en este momento a un barco que avanza con mal tiempo por un mar embravecido, entre tsunamis, lluvia y viento. Pero quienes van adentro, divididos en dos bandos, no miran ni el clima, ni la tormenta, ni los tsunamis, y se pelean entre sí hasta que… la tormenta hunda el barco (Dios no lo permita).
El mundo cambia a cada instante; los nuestros siguen en su alboroto.
Con los resultados de las elecciones de medio término del Congreso de Estados Unidos, en las que los demócratas obtienen la mayoría no solo en la Cámara de Representantes sino también en el Senado, y cuando a partir de enero podría incluso iniciarse un juicio político contra el presidente en ejercicio (aunque todavía falta más de un año para las presidenciales), el juego puede cambiar en los temas calientes del mundo: desde la guerra contra Irán hasta la Ruta Trump, el desenlace ruso-ucraniano y una nueva configuración de las zonas de influencia. El panorama que dejaron las últimas elecciones en Armenia se reflejó ahora también en Estados Unidos e Israel, donde, por el resultado electoral, los gobiernos van a enfrentar siempre una resistencia considerable en sus parlamentos a la hora de resolver cuestiones cardinales. Las posiciones de Trump y de Netanyahu, impulsor de la guerra contra Irán, se debilitan, con todas sus consecuencias. Y los líderes de los Estados que están trazando el nuevo mapa del mundo tienen motivos para repensar sus acuerdos con Trump. Por ejemplo, hoy resulta dudoso afirmar categóricamente que se concretará la cumbre Trump-Putin-Xi prevista para dentro de un par de semanas.
En este sentido, también podría haber correcciones en torno a la TRIPP, ya que Trump, con la cabeza ocupada en los problemas internos de su país, podría no tener tiempo para una serie de asuntos externos. Y eso va a repercutir en Armenia, en el tratado de paz armenio-azerbaiyano y en los planes armenios para la Ruta Trump. Los nuestros tienen que pensar en distintos escenarios, y les queda poco tiempo para hacerlo.
¿Y en qué andan los nuestros? Exacto, lo adivinaron: como siempre, oposición y oficialismo se devoran mutuamente. La primera lucha contra la “Constitución aliyevista”; el segundo quiere someter a votación popular el proyecto de nueva Constitución. Y ambos bandos lo hacen destruyéndose con total desenfreno, incluso en sentido literal, a golpes en el Parlamento, sin mirar fuera de nuestro barco. Desde el oficialismo les prometen presión política a los opositores si no aportan los votos necesarios para llevar el proyecto de Constitución a referéndum (Nikol Pashinian), y dicen que los opositores se están dando la cabeza contra la pared (Srpuhi Kalian). Los opositores, por su parte, le pegaron al proyecto de ley fundamental el rótulo ofensivo de “aliyevista” y lo combaten; e incluso estando a favor de la TRIPP, votan en el Parlamento en contra de su ratificación, con el argumento de “primero el tratado de paz, después la TRIPP”.
En cuanto a la Constitución, los opositores ven como problema principal la intención oficial de eliminar la referencia a la Declaración de Independencia, aunque en rigor nadie conoce todavía el nuevo proyecto, que está redactando el Ministerio de Justicia.
Sigue sin explicarse por qué el gobierno cambia la Constitución a las apuradas si, como sostiene Ararat Mirzoian, eso no responde a la condición que pone Azerbaiyán para firmar el tratado de paz. Y tampoco se entiende por qué la parte armenia no le plantea a su vez una condición a Azerbaiyán: que la Constitución de ese país esconde en su preámbulo reclamos territoriales sobre sus vecinos, incluido el 60 % del territorio de Armenia, ya que se considera heredera no de la república soviética sino de la república de 1918-1920.
Por otro lado, si la TRIPP se pone en marcha, eso significará una paz de facto: ¿acaso Azerbaiyán va a arriesgarse a cuestionar el proyecto estadounidense y, en línea con sus viejas pretensiones sobre Syunik, a atentar contra alguna localidad de la provincia? Más aún cuando lo primero que se cumple es el viejo sueño aliyevista de unir Azerbaiyán con Najicheván. Lo que sí es incierto es cuántos años, o décadas, llevará rehabilitar la infraestructura que conecte la red interna de Armenia con la Ruta Trump. ¿Por qué Azerbaiyán iba a torpedear un proyecto tan ventajoso para él? Y sin embargo, encima le pone una condición a Armenia y no firma el tratado de paz.
En realidad, los planes ocultos de Aliyev nunca cambiaron: el libro de Allahshukur Pashazadeh que describe las pretensiones sobre el 60 % del territorio armenio, y la serie de publicaciones recientes en haqqin.az, vocero oficioso de Aliyev, sobre la supuesta historia “azerbaiyana” de numerosas localidades de Armenia, muestran que los reclamos territoriales de Azerbaiyán siguen intactos. Por eso, hagan lo que hagan, Azerbaiyán no va a firmar el tratado de paz, y todo dependerá de que Armenia tenga posiciones de facto fuertes o débiles, tanto en las negociaciones como en el ejercicio concreto de su soberanía dentro de la TRIPP. Así las cosas, lo que no se entiende es el apuro del gobierno por hacer aprobar el nuevo proyecto de Constitución, y encima frente a semejante resistencia interna, si de verdad no se trata de cumplir una exigencia azerbaiyana sino de cambiar nuestra ley fundamental para resolver nuestros propios problemas internos.
La Constitución es el pasaporte de Armenia: tiene que discutirse a fondo y contar con el consenso de amplios sectores. ¡Posterguen los plazos de su discusión y de su tratamiento en el Parlamento, y ocúpense de poner en marcha la TRIPP, o al menos esperen a ver cómo cambian los énfasis en Washington! Sobre todo porque, hoy por hoy, ni la oposición ni el oficialismo tienen los votos que permitirían tomar decisiones indiscutibles, y el grueso de la población tampoco entiende de Constitución como para ir a un referéndum. Cuando le planteamos esta cuestión a Srpuhi Kalian, respondió que no hay que subestimar al pueblo, a los amplios sectores: van a leer la Constitución y van a entender muy bien qué hay que hacer. ¿En serio? ¿Esa pobre gente que cultiva papa, tomate y repollo se va a sentar a leer la Constitución? Está claro que una parte va a escuchar al oficialismo y la otra a la oposición, y estos dos sostienen posturas diametralmente opuestas.
Tampoco es aceptable el método de advertir que, si a fuerza de presiones no se consiguen los votos opositores para el referéndum, no se descartan elecciones anticipadas, ni provocar una situación en la que el clima interno se caldee. Como resultado, varias fuerzas opositoras, entre ellas los bloques parlamentarios, anunciaron que se unen para rechazar la imposición de la Constitución aliyevista, para impedir concesiones territoriales unilaterales y para preservar la Iglesia Apostólica Armenia y las libertades democráticas. ¿Qué pasa? ¿Quieren enfrentamientos civiles con participación de fuerzas políticas? Enfrentamientos a los que, a nuestro entender, difícilmente se sumen amplios sectores de la sociedad, y que solo dejarían inútilmente más expuesto el frente externo de Armenia.
Otra cosa es que el triunfo demócrata en Estados Unidos podría no ser una buena noticia para la TRIPP, porque podría postergar su puesta en marcha e incluso volverla incierta. En ese sentido, tanto el oficialismo como la oposición tienen mucho para pensar, como lo demuestra también el hecho de que el 5 de noviembre se haya discutido el tema en el Parlamento con el encargado de negocios interino de Estados Unidos en Armenia, David Allen.
La vida política armenia está marcada por la confrontación entre una oposición prorrusa y un oficialismo que todavía no termina de definirse, y por las ambiciones de ambos. La primera se guía por el imperativo de tener al viejo garante como respaldo de sus decisiones. El segundo todavía habla de la liberalización de visados, de aspiraciones europeas con objetivos a menudo cambiantes y de una estrategia democrática en los foros europeos, pero a la vez fija un plazo difuso, 2029-2030, para pedir el ingreso a la UE, y al mismo tiempo busca resolver el panorama de un próximo invierno sin gas (es decir, una salida por la vía rusa), echando mano de los recursos a su alcance. Mientras tanto, a Nikol Pashinian ni siquiera lo invitaron a la próxima cumbre sobre la ampliación de la UE.
La realidad es que las últimas elecciones no le dieron ni al oficialismo ni a la oposición el mandato para plasmar en una nueva Constitución un equilibrio de consensos para el país. Y hagan lo que hagan, sean nuevas elecciones o enfrentamientos civiles, la reforma constitucional debe dejarse para un momento institucionalmente más propicio. Incluso si hubiera elecciones ahora, el resultado podría ser todavía más desolador.
No tenemos un país para convertirlo en juguete de las orientaciones y ambiciones de nuestros políticos y, en consecuencia, de la puja geopolítica. Hay que respetar el voto que se expresó en las urnas y encontrar soluciones que no nazcan de la lógica del enfrentamiento. Y a juzgar por lo ocurrido el 5 de noviembre, cuando el oficialismo allanaba con estruendo las casas y oficinas de Samvel Garabedian mientras la oposición anunciaba en una reunión nocturna una lucha unificada contra el gobierno, los nuestros no quieren tomar en cuenta ni el voto popular, ni la situación internacional y su evolución, ni los peligros que acechan a Armenia y que quedan fuera de su agenda.