Cuando los 120.000 armenios de Artsaj pasaron cerca de diez meses bajo bloqueo, privados de alimentos, medicamentos y combustible; cuando durante meses se aplicó contra ellos una política de asfixia gradual que en septiembre de 2023 terminó con la ofensiva militar azerbaiyana y el desplazamiento forzado de toda la población armenia de Artsaj, los grandes medios internacionales guardaron un silencio absoluto y, en los hechos, ejercieron un bloqueo informativo. Las escasas notas que se publicaron fueron excepciones que no guardaban ninguna proporción con la magnitud del crimen que se estaba cometiendo.
Pero alcanzó con que los diputados se agarraran a golpes en la Asamblea Nacional de Armenia para que las imágenes del Parlamento armenio aparecieran de inmediato en los principales medios del mundo: CNN, NBC News, CBS News, Associated Press, Al Jazeera, The Telegraph, The Independent, Deutsche Welle, Berliner Zeitung y muchos otros.
Hoy circula por el mundo esta imagen de Armenia:
Parlamento armenio → pelea masiva → trompadas y patadas → un diputado sangrando → una silla pesada volando por el aire → “Ministerio del Sexo” (“Ministry of Sex”) [en alusión a una polémica frase surgida en febrero en un podcast de dirigentes de Armenia Fuerte].
Al Jazeera ya llama al Parlamento armenio “ring de boxeo” y subraya que se trata del tercer episodio de este tipo en un mes. En el título de The Independent aparece la expresión “Ministry of Sex”. The Telegraph y otros medios se concentran en la imagen del vicepresidente de la Asamblea Nacional arrojando una silla.
Surge entonces una pregunta lógica: ¿por qué los diez meses de bloqueo de Artsaj, la crisis existencial de 120.000 armenios y la limpieza étnica total que vino después no lograron generar en el espacio informativo internacional una reacción tan rápida y generalizada como la que provocó una sola pelea en el Parlamento armenio?
Esta desproporción debe tener alguna explicación.
Y aparece una pregunta todavía más grave: ¿estamos solo ante el interés natural de los medios internacionales por el escándalo y por un video llamativo, o en el espacio informativo que rodea a Armenia también operan mecanismos políticos deliberados, cuyo objetivo es mostrarle al mundo no a un pueblo armenio sometido al genocidio y a la limpieza étnica, sino a unos dirigentes de pacotilla que se pegan entre sí, se tiran sillas y convirtieron su propio Parlamento en un “ring de boxeo” (en el fondo, títeres de extranjeros y globalistas)?
A mi juicio, que se generen estas escenas y que se difundan por el mundo con una rapidez tan inusual responde a un fin más siniestro: desprestigiar a Armenia y a los armenios, empujar la limpieza étnica de Artsaj a los márgenes de la memoria internacional y presentar a los armenios no como víctimas, sino como una sociedad ingobernable, salvaje y políticamente poco seria.
Eso resulta sumamente peligroso, sobre todo hoy, cuando Armenia enfrenta la amenaza real de perder Syunik y, como consecuencia, la ruina del país entero. Lo importante es quiénes se benefician con estas escenas (y los primeros son los turcos), qué imagen de Armenia se construye ante el mundo (“una tribu salvaje”) y para qué procesos políticos —más precisamente, genocidas— podría usarse más adelante esa imagen (odio a los armenios, armenocidio).
Tras la expulsión de los armenios de Artsaj, y en medio de las enormes presiones sobre Armenia y en particular sobre Syunik (la “Ruta Trump” / el “corredor de Zanguezur”), despachar estas preguntas con la etiqueta de “teoría conspirativa” sería una actitud irresponsable. Por eso, la hipótesis de un encargo externo es perfectamente posible y merece ser examinada, aunque todavía no sea un hecho comprobado.
Lo que sí es un hecho, por ahora, es esto: durante los diez meses de bloqueo de Artsaj, los grandes medios internacionales mayormente callaron, mientras que una sola silla arrojada en el Parlamento armenio dio la vuelta al mundo en cuestión de horas.
Es justamente este contraste lo más preocupante. Se busca humillar al pueblo armenio y quebrar su voluntad hasta el final, con el objetivo de encubrir el genocidio ya consumado, preparar el terreno para el genocidio que se está gestando y luego cargar toda la responsabilidad sobre la víctima.
Hay que resistir.
P. D.: Hablar del escenario político armenio no tiene sentido: esos títeres siempre van a hacer lo que les ordenen sus amos, sin detenerse ni un segundo a pensar en el país y en la nación.