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Opinion - Ara Ayvazian, excanciller de la República de Armenia
Platón y la sociedad armenia: el peligro del predominio de los intereses materiales
21 de Octubre de 2026

De la dignidad de la resistencia al reinado de lo material

A comienzos de los años 90, Armenia sufría el bloqueo, la falta de energía y la guerra. Fueron años de enormes privaciones, pero también de resistencia, solidaridad y dignidad nacional. La gente pasaba frío y le faltaba lo más básico, pero no perdía la fe en su pueblo ni en el Estado que acababa de recuperar su independencia. Las penurias no apagaron el deseo de libertad ni el compromiso con el país.

Hoy la sociedad armenia enfrenta una prueba distinta. El bienestar material de cada uno se está convirtiendo, cada vez más, en la medida del éxito personal. Querer vivir dignamente es natural. Pero ¿qué pasa cuando el interés personal empieza a tapar el interés nacional, la memoria histórica y la responsabilidad con las generaciones que vienen?

Hace más de dos mil años, Platón ofreció una idea que ayuda a entender este problema. En La República sostenía que el alma humana tiene tres partes: la razón, el ánimo y los deseos.

Los deseos buscan bienestar y comodidad. El ánimo tiene que ver con el honor, el coraje y la dignidad. La razón permite medir las consecuencias de nuestros actos y distinguir lo que conviene hoy de lo que importa a largo plazo. Para Platón, una persona está en armonía cuando cada parte ocupa su lugar: la razón conduce, el ánimo la acompaña y los deseos quedan en un segundo plano.

Si llevamos este modelo a la sociedad, surge una pregunta clave: ¿el bienestar material sirve para fortalecer a la sociedad y al Estado, o se vuelve un fin en sí mismo al que se subordina todo lo demás? Si ocurre lo segundo, la razón pasa a usarse solo para sacar ventajas personales, y el interés nacional cede ante las ganancias inmediatas.

De la resistencia al materialismo

¿Cómo llegó una sociedad que había resistido con tanta entereza en los 90 a una situación en la que lo material pesa cada vez más?

No hay una sola respuesta. Después de tantos años de privaciones, era lógico querer recuperar lo perdido y vivir mejor. A eso se sumaron la decepción con la dirigencia política, la división social y la pérdida de confianza en las instituciones, que llevaron a muchos a concentrarse en su propio bienestar.

Así, el éxito económico puede dejar de ser un medio para vivir dignamente y convertirse en la principal señal de éxito y de prestigio social. La pregunta “¿Qué puedo obtener?” empieza a desplazar a otra: “¿Qué puedo hacer por mi país y por mi sociedad?”.

Esto no quiere decir que los armenios hayan perdido el patriotismo, la dignidad o la solidaridad. Se trata de una tendencia preocupante, que merece una reflexión seria, y no de un rasgo que defina a toda la sociedad.

En términos de Platón, el peligro está en que se rompa el equilibrio: los deseos pasan al frente, el ánimo retrocede y la razón deja de fijar metas a largo plazo para ponerse al servicio del interés personal.

El bienestar material y la permanencia en el poder

En este escenario, el partido que sabe leer el humor social tiene ventaja. Si gran parte de los votantes juzga al gobierno sobre todo por lo que siente en su vida diaria, el oficialismo puede ganar apoyo con medidas de efecto inmediato. Cuando la gente asocia su bienestar con quienes gobiernan, las mejoras materiales se traducen en lealtad política. Y esas mejoras pueden suavizar el enojo social por los fracasos estratégicos, aunque los programas sociales hayan nacido con la buena intención de mejorar la vida de las personas.

Este es uno de los riesgos de la Armenia de hoy: el gobierno puede reforzar su apoyo gracias a mejoras concretas en la vida cotidiana, mientras siguen abiertas, y en plena discusión, las preguntas sobre quién responde por las decisiones en materia de seguridad y qué futuro le espera al país.

A esto se suman otros factores: ascensos que dependen más de la lealtad política que de la capacidad profesional, y presiones sobre los opositores que limitan la competencia política. Todo junto facilita que el gobierno se mantenga en el poder.

Pero esta dependencia no nace solo en las instituciones: también nace en los valores de la sociedad. Cuando el bienestar personal se vuelve la principal medida del éxito, el compromiso cívico y la voluntad de defender el interés común quedan relegados.

Un ejemplo claro es el lema “estudiar bien para vivir bien”. La educación tiene que permitir a cada uno ganarse una vida digna. Pero si el único objetivo es el éxito económico, ¿dónde quedan el deber cívico, la dignidad nacional y el compromiso con el país?

Aquí aparece una contradicción: mejorar la vida cotidiana puede sumar apoyo al gobierno, pero no resuelve por sí solo los problemas estratégicos del Estado.

Mantenerse en el poder no es lo mismo que fortalecer el Estado. Para lo primero alcanza con la popularidad del momento y algunas ventajas materiales. Para lo segundo hacen falta instituciones sólidas, confianza social, visión estratégica y la voluntad de poner el interés nacional por encima de la ganancia inmediata.

El bienestar de hoy, ¿a qué precio mañana?

La derrota de Armenia en la guerra de 2020 y la expulsión forzada de los armenios de Artsaj en 2023 fueron golpes durísimos para la nación. Dejaron preguntas serias sobre la responsabilidad de quienes conducen el país, sobre la seguridad y sobre las decisiones estratégicas que se tomaron. Sin embargo, golpes así no siempre cambian de inmediato el voto de la gente. También pesan la vida cotidiana, la situación económica, el miedo a la inestabilidad, la falta de confianza en la oposición y las expectativas sobre el futuro.

Por eso importa no solo lo que el Estado logra, sino también con qué vara mide la sociedad esos logros. Los festivales, los conciertos y los eventos internacionales pueden dejar beneficios económicos y culturales, atraer turismo y abrir el país al mundo. Pero la actividad y la sensación de bienestar que generan no reemplazan la pregunta por la seguridad, por la calidad del gobierno y por los problemas de fondo del país. Si la atención se concentra en la comodidad diaria y en los logros que están a la vista, los grandes desafíos del Estado quedan en segundo plano.

Aquí la idea de Platón cobra plena actualidad. Para él, el peligro aparece cuando el bienestar material deja de ser un medio para progresar y se convierte en la principal medida del éxito. Entonces los ingresos, la ayuda social y el consumo empiezan a importar más que la seguridad, la continuidad histórica y la responsabilidad con las generaciones futuras. El problema no es el bienestar material, sino que pase a dominar los valores de la sociedad.

Por eso, el progreso de un país no se mide solo por cómo se vive hoy, sino también por su capacidad de enfrentar amenazas, proteger a sus ciudadanos y garantizar la continuidad del Estado. Un bienestar sin visión estratégica puede derrumbarse con facilidad.

La memoria histórica, cimiento de la nación

Para los armenios, la historia es una lucha de siglos por tener un Estado propio. Es la lengua y la cultura, la memoria del Genocidio Armenio, los logros y las derrotas. Une a las generaciones y recuerda lo que costó defender el derecho a existir como pueblo.

En una declaración pública del 12 de octubre de 2026 se propuso ver la historia no solo como lo que ya pasó, sino también como algo que todavía está por escribirse.

Querer construir el futuro es legítimo. La cuestión es si no se está reemplazando una mirada honesta sobre el pasado por un futuro a medida de las necesidades políticas. Cuando se le pide a la sociedad que piense sobre todo en las promesas de paz y bienestar, se corre el riesgo de que nadie rinda cuentas por decisiones políticas decisivas y por sus consecuencias. Las promesas de una nueva etapa pueden tapar las preguntas sobre los errores cometidos, las pérdidas sufridas y el precio del camino elegido. Así, el llamado a “mirar hacia adelante” puede convertirse en una manera de evitar un debate a fondo sobre el pasado.

Después de las tragedias de 2020-2023, la sociedad tiene derecho a exigir respuestas sobre lo que pasó y sobre los errores que se cometieron. El futuro no puede usarse para justificar el pasado, y decir que el nuevo rumbo es el correcto no reemplaza el análisis de sus resultados.

La historia no le pertenece a ningún partido. Ningún gobierno puede decidir por todo el pueblo qué páginas recordar y cuáles olvidar según le convenga. Borrar los hechos dolorosos de la memoria colectiva no elimina sus consecuencias: le quita a la sociedad la posibilidad de entender sus errores y de no repetirlos.

El precio de ese olvido es la ruptura entre generaciones. Cuando el vínculo con el pasado se define según la conveniencia política, la memoria nacional deja de ser un patrimonio común y pasa a ser una herramienta del gobierno de turno. Y una sociedad que pierde el hilo de su historia pierde también referencias para juzgar el presente.

Para Platón, cuando la razón se pone al servicio del interés particular y el ánimo, que sostiene la dignidad y la fidelidad a los valores, se rinde ante la comodidad, se rompe la armonía interior. En política, eso significa el riesgo de que el interés nacional sea reemplazado por el interés de conservar el poder.

El futuro no puede ser una excusa para olvidar. Una paz construida sobre la falta de responsabilidad y el abandono de la memoria puede no durar. Un pueblo que pierde el contacto con su historia corre el riesgo de perder también la capacidad de decidir su propio futuro.

¿Cómo recuperar el equilibrio y volver a fortalecer a la nación?

En una región tan compleja, Armenia necesita pensar con décadas de anticipación. Para eso no alcanza con dinero y programas sociales. Hacen falta instituciones que funcionen, unidad social, espíritu crítico y decisiones tomadas pensando en el futuro del país.

Cuando el interés personal pesa más que la responsabilidad con la sociedad, el patriotismo puede quedar en palabras, y la voluntad de unirse ante las amenazas, debilitarse. No es un destino inevitable, pero sí un riesgo que no se puede ignorar.

Recuperar el equilibrio del que hablaba Platón significa que la razón vuelva a conducir y a fijar las metas de largo plazo. El ánimo debe fortalecer el coraje, el honor y el sentido del deber. Y las necesidades materiales deben garantizar una vida digna, sin convertirse en el objetivo supremo de la sociedad.

En la política, esto implica fortalecer las instituciones independientes, premiar la capacidad por encima de la lealtad política, exigir que el gobierno rinda cuentas por sus decisiones y juzgar cada política según su efecto en la seguridad y el futuro del país. La ayuda social debe dar autonomía a los ciudadanos, no volverlos dependientes del poder.

También es clave formar no solo profesionales capaces de ganarse la vida, sino ciudadanos que conozcan la historia de su país y se sientan responsables de su futuro. La memoria debe pasar de generación en generación sin imposiciones políticas ni olvidos convenientes. La dignidad de una nación no crece negando sus errores, sino animándose a reconocerlos y a aprender de ellos.

Por último, una nación fuerte necesita confianza, justicia y voluntad de trabajar en conjunto. Para eso hacen falta instituciones sólidas, un ejército preparado, una economía con autonomía y una sociedad solidaria. El patriotismo tiene que demostrarse no solo con palabras, sino con la decisión de defender lo que es de todos.

Este equilibrio no se recupera con una sola medida. Exige cambios en el Estado y en la forma de pensar de la sociedad. Ni el bienestar material por sí solo, ni una memoria que no aprende del pasado, ni valores que no se traducen en hechos alcanzan para garantizar un Estado sólido.

Un Estado es realmente fuerte cuando la razón define su rumbo, la dignidad nacional le da a la sociedad la voluntad de seguirlo y los recursos materiales se ponen al servicio de objetivos comunes. Ese equilibrio es el que puede devolverle a la sociedad armenia su fortaleza: no solo para resistir, sino también para anticiparse a las amenazas, defender sus intereses y preservar el Estado para las próximas generaciones.

En definitiva, la pregunta no es si los armenios deben aspirar a vivir mejor. La pregunta es si sabrán entender que la riqueza sin dignidad, el bienestar sin seguridad y la paz sin memoria son frágiles. Los logros materiales son necesarios, pero su verdadero valor está en cuánto ayudan al pueblo a seguir siendo libre, independiente y dueño de su destino.

Ara Ayvazian
Excanciller de la República de Armenia
Miembro fundador del Consejo Panarmenio de Diplomáticos

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