Pashinian intenta convertir la defensa de la democracia en una peligrosa autodefensa de su propio poder
Nikol Pashinian pretende hacer de moderador del proceso político armenio con ideas “originales” que, dicho sea de paso, difícilmente puedan considerarse originales.
Lo más importante de su declaración sobre las posibles presiones durante las elecciones municipales es la idea de impedir, “utilizando” la democracia, que se instale la antidemocracia. Ese es, en el fondo, el núcleo ideológico de su mensaje de hoy.
Y aquí surge la pregunta de fondo: ¿quién decide qué fuerza política es democrática y cuál es antidemocrática?
Las palabras de Pashinian encierran un trasfondo muy peligroso. Se ve a sí mismo, o a su equipo, no como un participante más de la competencia democrática, sino como un “árbitro”, un guardián autoproclamado de la democracia.
Uno de los rasgos esenciales de la democracia es la posibilidad real de alternancia en el poder. Si el gobierno declara de antemano que una eventual victoria del adversario es una amenaza para la democracia, aparece el riesgo de que se restrinja la voluntad de los votantes.
Esa es precisamente la impresión que deja el video que Pashinian difundió hoy.
La crisis de las instituciones democráticas y electorales se manifiesta en el momento en que el poder empieza a decidir quién tiene derecho a ganar las elecciones; es decir, cuando se arma un mosaico artificial de fuerzas “buenas” y “malas”.
Hay que distinguir con claridad entre la defensa de la democracia y la autodefensa del propio poder. Pero eso no es posible con la lógica que hoy plantea Pashinian: la de un “árbitro” que se ubica por encima de la competencia política y de las instituciones del Estado.
En esto, Pashinian no tiene nada de original. Su discurso recuerda los planteos de la corriente liberal dominante en Europa, según los cuales la democracia a veces debe defenderse incluso con métodos autoritarios. Ahí aparece una paradoja evidente: la tentación de limitar la competencia política en nombre de la democracia contradice los propios principios democráticos.
El debate en torno al partido Alternativa para Alemania y los problemas políticos y judiciales de Marine Le Pen en Francia dejan al descubierto la crisis profunda de las instituciones democráticas.
Las élites liberales europeas deben responder por qué millones de ciudadanos les dan la espalda, en lugar de tildar de peligrosas a las fuerzas antisistema que ganan popularidad.
Esa es la clave para superar la crisis. En cambio, el afán de impedir la posible victoria de los rivales políticos puede profundizar la misma crisis contra la que supuestamente luchan “heroicamente” Merz y Macron.
En Francia, Italia, Albania y otros países europeos, las protestas tienen causas distintas —desigualdad social, inseguridad económica, corrupción, desconfianza hacia las políticas del Estado—, pero en su base hay un problema común: el debilitamiento de la confianza entre los ciudadanos y las instituciones políticas. Dicho de otro modo, Europa atraviesa una crisis de esperanza y de confianza.
El error principal, y fatal, de las élites políticas europeas es que combaten las consecuencias en lugar de eliminar las causas. El resultado es que las fuerzas que actúan por fuera de la corriente dominante y del sistema no paran de crecer en las encuestas.
Volviendo a Armenia, la declaración de Pashinian debe evaluarse no por su vocabulario democrático, sino por la práctica real de su gobierno.
El poder tiene la obligación de garantizar una competencia política equitativa, los derechos de la oposición, la imparcialidad de las fuerzas del orden y la confianza pública en los procesos electorales.
Además, las denuncias de presiones en las elecciones municipales deben investigarse de manera independiente, sin importar a qué intereses políticos haya beneficiado la presunta irregularidad.
Cuando la intervención personal de Pashinian pasa a reemplazar a los mecanismos institucionales, se trata de un simulacro de democracia al servicio del autoritarismo.
Si Pashinian quiere aprender algo de la crisis política europea, tiene que tomar el camino no de la restricción de la competencia política, sino del fortalecimiento de las instituciones democráticas.
La existencia del sistema político armenio no puede depender de que el gobierno de turno sea irreemplazable.
Una de las amenazas más serias para los valores democráticos puede surgir justamente cuando las élites que hablan en nombre de esos valores intentan monopolizar su interpretación y su defensa.
Restringir la democracia en nombre de la “democracia” es una de las contradicciones más peligrosas de la política contemporánea.
La crisis europea muestra qué consecuencias puede tener ignorar el descontento social, intentar limitar la competencia política e identificar el propio poder con la democracia.
Pashinian intenta reproducir en Armenia los elementos más peligrosos de esa mentalidad, convirtiendo la defensa de la democracia en una autodefensa de su propio poder.
En definitiva, el enemigo de la democracia no es solo la fuerza que la rechaza abiertamente, sino, ante todo, el poder que, bajo el pretexto de defenderla, destruye las instituciones democráticas y electorales.