La apuesta del gobierno azerbaiyano por la seudohistoria es una amenaza directa al proceso de paz con Armenia.
En las últimas semanas, funcionarios azerbaiyanos llevaron a diplomáticos extranjeros, académicos e invitados internacionales a una recorrida minuciosamente montada por Nagorno Karabaj (Artsaj). En el camino les mostraron iglesias antiguas, monasterios y monumentos culturales reconocidos desde hace mucho tiempo como armenios, y les dijeron que esos sitios no eran armenios en absoluto, sino de la "Albania caucásica".
Para muchos de los asistentes, la actividad pudo haber parecido poco más que una exposición académica sobre la historia de la región. No se trató de eso, ni mucho menos.
La campaña para redefinir el patrimonio cultural armenio de Artsaj no es un debate académico. Es un proyecto político impulsado por el Estado, con consecuencias profundas para la paz, la reconciliación y la estabilidad a largo plazo en el Cáucaso Sur. En un momento en que buena parte de la comunidad internacional celebra los avances diplomáticos hacia un acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán, este revisionismo sistemático merece mucha más atención de la que recibe.
En septiembre de 2023, el gobierno azerbaiyano expulsó de hecho a más de 120.000 armenios de Nagorno Karabaj, en lo que muchos observadores calificaron de limpieza étnica. El éxodo, que se produjo tras un riguroso bloqueo y una ofensiva militar, puso fin casi de la noche a la mañana a una presencia armenia de siglos en la zona. Si bien las consecuencias humanitarias inmediatas de ese desplazamiento forzado tuvieron amplia cobertura, se prestó mucha menos atención al esfuerzo cada vez más intenso de Azerbaiyán por reescribir la identidad de los monumentos de la región, históricamente asociados al patrimonio armenio.
Estos intentos de falsear la historia no se detienen en las fronteras de Artsaj. En discursos públicos y en los medios oficiales, el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev se refirió reiteradamente a la propia República de Armenia, un Estado soberano, como "Azerbaiyán Occidental", y sostuvo que gran parte del territorio armenio actual se levantó sobre tierras históricamente azerbaiyanas. Esta retórica irredentista indica que Bakú está sentando las bases ideológicas para una expansión territorial. Cuando un Estado afirma que la historia de su vecino es un mito y que su territorio le pertenece por derecho, está mostrando que no quiere la paz con Armenia: quiere Armenia.
Como nieto de sobrevivientes del Genocidio Armenio, entiendo el poder de la memoria y las consecuencias destructivas de su negación. La historia nos enseña que la paz no se construye solo con treguas temporales, tratados o declaraciones diplomáticas montadas para la ocasión. Se construye reconociendo la realidad, incluidas la historia, la cultura y la humanidad de los pueblos vecinos. Cuando los Estados buscan borrar esas realidades, destruyen los cimientos mismos sobre los que se apoya una paz duradera.
Quienes apoyan la normalización entre Armenia y Azerbaiyán suelen centrarse en la delimitación de fronteras, los corredores de tránsito, las garantías de seguridad y la integración económica. Son temas sin duda fundamentales para la estabilidad regional. Pero sigue sin abordarse una pregunta de fondo: ¿cómo pueden reconciliarse dos naciones si una de ellas trabaja activamente para borrar la presencia histórica de la otra?
Durante siglos, monasterios sagrados como Kantzasar y Tativank ocuparon un lugar central en la vida religiosa, artística y cultural armenia. Hoy está en marcha una campaña coordinada para despojar a esos sitios de su legado y encuadrarlos en un relato histórico oficial.
El revisionismo histórico rara vez tiene que ver solo con el pasado. Moldea los reclamos actuales sobre quién pertenece a una región, quién tiene raíces legítimas en ella y quién tiene derecho a volver. Cuando se reescribe o se borra la identidad histórica de los lugares sagrados de un pueblo, se crea un marco peligroso desde el cual pueden ponerse en duda y descartarse su vínculo con la tierra e incluso su condición de seres humanos.
Para los armenios desplazados de Nagorno Karabaj, esto es crucial. Si la huella material de un pueblo desaparece de un territorio, resulta muchísimo más fácil sostener que su vínculo con ese lugar nunca existió.
Una verdadera normalización requiere más que la ausencia temporal de combates. Exige reconocimiento mutuo. Los procesos de paz más exitosos del mundo nunca dependieron de que una de las partes renunciara a su identidad o se rindiera ante una ficción histórica. Por el contrario, requirieron el difícil reconocimiento de relatos contrapuestos, memorias dolorosas y verdades incómodas. La reconciliación no se logra imponiendo una rendición histórica. Se logra abriendo espacio para la convivencia.
La comunidad internacional también tiene una responsabilidad clave. Los gobiernos occidentales y los organismos internacionales expresan con frecuencia su apoyo a los esfuerzos de paz en la región, pero la acción diplomática no debe ir en detrimento de la verdad cultural.
Una paz duradera entre Armenia y Azerbaiyán sigue siendo posible, pero la paz necesita honestidad. Implica reconocer que los armenios vivieron en Nagorno Karabaj, construyeron iglesias allí, rezaron allí y forjaron a lo largo de generaciones profundos lazos culturales con esa tierra.
La historia no se negocia. Mi propia familia sufrió las consecuencias de la negación y del borrado de la memoria, y por eso sé que la memoria importa; no porque el pasado deba tenernos presos, sino porque comprenderlo es la única manera de avanzar juntos. El Cáucaso Sur enfrenta una disyuntiva entre un futuro construido sobre el reconocimiento y otro construido sobre el borrado. Solo uno de esos caminos conduce a una estabilidad duradera.
Stephan Pechdimaldji es especialista en estrategias de comunicación y escritor, y vive en el área de la Bahía de San Francisco. Es armenio-estadounidense de primera generación y nieto de sobrevivientes del Genocidio Armenio. Este artículo se publicó originalmente en el nationalinterest.org .