No recuerdo cuál de los grandes pensadores dijo que es sano el pueblo que sabe satirizar, reírse de sus propios errores y burlarse de sus gobernantes.
Si eso es cierto, en los últimos días se advierten señales de salud en nuestra sociedad. En internet, en la calle o en los lugares públicos, la gente se refiere con sorna a los discursos, las declaraciones y las decisiones disparatadas de los funcionarios del Estado e incluso, dicho sea entre nosotros, de quien afirma «el gobierno soy yo».
En el colectivo hay una discusión acalorada, repleta de datos todavía sin verificar. Se debate el tema del día: el caso de Shakí, la entrada a Armenia de un bandido (soldado) azerí armado con un fusil automático. Vestido de civil y con un arma pesada, camina 12 kilómetros hasta llegar a la aldea, irrumpe en la casa de una madre que vive allí con sus tres hijos y aterroriza a los chicos. Pero la madre no retrocede: toma de la mesa el cuchillo de cocina y, mientras el turco intenta disparar, con la mano izquierda tapa el caño del fusil y con la derecha le hunde el cuchillo en el abdomen.
En el colectivo todos hablaban a los gritos, se completaban unos a otros con los detalles más variados y cada cual trataba de imponer su versión. Las que estallaban más alteradas eran las mujeres.
En un momento se oyó la voz grave de un hombre:
—Esa mujer demostró que no es el cucú de la fábula, que entrega sus pichones uno por uno. Es una leona, hay que darle el título de heroína…
—¡Sí, cómo no! —se oyó otra voz—. No le van a dar ningún título: la van a llevar al Comité de Investigación, la van a interrogar y le van a armar una causa…
—¿Cómo que una causa? —lo interrumpió el del «título de heroína»—. ¿Cómo puede ser? Si fue en legítima defensa…
—Lo primero que le van a preguntar —lo cortó el hombre, que por lo visto tenía experiencia en esas oficinas— es: «¿De dónde sacaste este cuchillo? ¿Tenés un arma blanca en tu casa? ¿No se lo habrás sacado también a otros?».
—Sí, ¿y después qué? —gritó un muchacho que iba parado al fondo.
—Después van a citar al marido y a los parientes cercanos, y a todos les van a colgar una acusación más grave, ya política: que trabajan contra la política del Estado, que se oponen a la paz prometida por el pacifista.
—¡Que se metan esa paz donde les quepa! —volvió a estallar el joven desde su lugar.
En ese momento se oyó por el altoparlante la voz del chofer:
—Ciudadanos, esto no es un club político. Vayan a la plaza y hablen de lo que quieran…
Se hizo silencio. El colectivo ya había llegado a la plaza Sájarov, a la que seguramente el intendente, con un simple SMS, pronto volverá a ponerle el nombre de Azizbekov, siguiendo el ejemplo de la «kiarkización» de Dikranashén.
En la parada siguiente también yo bajé del «club» junto con los demás, registrando para mis adentros, quizá con más deseo que certeza, que en nuestra sociedad ha disminuido el número de indiferentes. Los esfuerzos de Nikol y de sus seguidores, eso que llaman partido; su celo por mostrarse pacifistas, por no filmar el sagrado Ararat, por no mencionar las palabras Artsaj y artsají, por hablar mal de la Iglesia armenia y por condenar al olvido a Armenia Occidental; su empeño nervioso en tildar todo eso de «instigación a la guerra»: todo quedó en la nada en un solo día con el hecho de Shakí. El gesto de la mujer armenia que enfrentó con valentía, por instinto, al bandido azerí derribó el mito de la paz nikoliana y reventó su globo de la «paz». Demostró que nuestro pueblo sigue sano: se burla, se ríe y convierte en material de sátira a los embaucadores, a los tramposos y a los mentirosos.
El incidente de Shakí hizo estallar el mito nikoliano de la paz.
Sigan sanos...