En apariencia y en esencia, después de la reunión de Bishkek y del diálogo Pashinian-Putin, cuyos detalles todavía no se publicaron y que terminó con la promesa mutua de un encuentro aparte, la sociedad sigue sin saber con claridad qué destino le espera a la 102.ª base militar de Gyumri o, más precisamente, a la presencia militar rusa en Armenia. En realidad, la conversación entre ambos se pareció a un cuchicheo en voz baja, una especie de follow up.
«Si su pueblo lo quiere, nosotros podemos irnos», da a entender la parte rusa en la persona del presidente Putin. «Si ustedes quieren, nosotros tampoco sentimos la necesidad de esa base», fanfarronea Pashinian, a lo que la parte rusa retruca: «A decir verdad, nosotros tampoco. Cuando su pueblo quiera, nos subimos al tren y nos vamos». «¿Tren? —dice Nikol—. ¿Y de quién es ese tren? ¿De nuestro ferrocarril? Eso es nuestro, y somos nosotros los que tenemos que decidir quién puede subirse a ese tren». «¿Es decir?», preguntan los rusos. «Es decir que ustedes tienen que pagarnos 7.000 millones de dólares por ese ferrocarril», dice Nikol, con la cara iluminada por la perspectiva de los 7.000 millones. Inmediatamente después de esa conversación declara que entre los dos países hace falta una liquidación, es decir, un cierre de cuentas; o, como se dice popularmente en ruso, un «priom-sdacha»: una entrega y recepción de bienes y mercadería.
Yo no sé qué podemos recibir de los rusos ni qué entregarles. Es que hay más de 300 años de historia, de tradición, de sangre derramada juntos, de amistad y de cultura; y también hay bienes, un aeropuerto militar, equipamiento y armas en nuestra tierra. ¿Cómo se puede contar y calcular todo eso como un almacenero de barrio o un comerciante quebrado? Solo un ignorante, alguien vendido a otros mercaderes, puede adoptar una postura así. Solo el desdichado que blufea en la mesa de póker puede fanfarronear de ese modo, poner exigencias y tratar de «sacar provecho» de algo que no es suyo y que va contra sus intereses; en este caso, contra los intereses de su país.
Tampoco esta vez nuestros analistas pudieron, ni siquiera intentaron, explicarle a nuestro pueblo, y también a mí, qué significa la desaparición de la 102.ª base de la frontera norte de nuestro país. De eso tampoco hablaron nuestros historiadores con títulos, los que andan detrás de ser miembros correspondientes de la Academia Nacional de Ciencias, es decir, de un sueldo un poco mejor y de una jubilación mísera. Sometidos a la política de negaciones obligatorias de los nikolistas, no recordaron ni el tratado de Gulistán ni el de Turkmenchay, ni las condiciones creadas, establecidas y aplicadas como resultado de las diez o más guerras que Rusia libró contra Persia y después contra Turquía. Tampoco recordaron, en definitiva, a nuestro país convertido en Armenia, e incluso en Estado, que —lo acepten o no los rusófobos de hoy— a lo largo de décadas y siglos se transformó en el centro de repoblación y reunión de todos los armenios en su tierra histórica. Y no solo de los armenios: también fue patria y Estado de los asirios, griegos y yezidíes que también escaparon por poco de las persecuciones turcas, y de los molokanes (una comunidad religiosa de origen ruso).
Para convencerse alcanza con releer el artículo 15 del tratado ruso-persa de Turkmenchay, por el cual los armenios deportados a Persia por el sha Abás tuvieron un año de plazo para volver a su país, Armenia. Sin olvidar tampoco a los armenios repatriados más adelante, incluso en la época soviética, desde Grecia, Líbano y Siria y, más tarde, desde Egipto, Chipre, Kamishli (en el noreste de Siria) e incluso Francia, Bulgaria y Estados Unidos, a pesar de las condiciones que reinaban entonces en nuestro país.
Y ahora, ¿cómo explicarles, o mejor dicho, enseñarles a los ignorantes que gobiernan nuestro país por casualidad que fue difícil, muy difícil, volver a hacer de Armenia una patria, la madre patria: Ar-me-nia, con su Artsaj, con su Santa Echmiadzín, con su cultura, con su Ararat cautivo?
Quien no entiende esta verdad tampoco va a entender que la 102.ª base militar no se creó por casualidad, ni por las llamadas ambiciones de gran potencia o planes expansionistas. Se creó como baluarte contra la amenaza turca, hoy también azerbaiyana y, a futuro, contra el panturanismo, un baluarte que responde a los intereses de nuestro pueblo y de nuestro Estado, a las necesidades de nuestra defensa nacional.
No necesitamos los consejos de los que odian a Rusia. Ya sabemos lo que valen desde la época en que los armenios de Cilicia fueron expulsados de su tierra. En aquel momento, la «justa» Francia impidió dos cosas: que el destacado dirigente ramgavar Mihrán Damadian fuera elegido primer ministro, con el apoyo de los demás pueblos de Cilicia, y que enviara tropas desde Adana para socorrer a Hadjín, que resistió nueve meses el sitio turco.
De ninguna manera puedo decir que los rusos hayan sido siempre, a lo largo de los siglos, y sean hoy aliados confiables. En algunos momentos decisivos Moscú, si no nos traicionó, nos abandonó por sus intereses y conveniencias regionales, muchas veces aprovechando los errores y las declaraciones de nuestros propios dirigentes, como pasó cuando Artsaj quedó vaciado de armenios. El primero en criticar algún día la postura rusa de tolerar la entrega de Artsaj va a ser el propio pensamiento político y militar ruso.
Pero, sin esperar ese día, hoy no tenemos derecho a aceptar, y mucho menos a regatear, la propuesta de desmantelar o trasladar la 102.ª base. Tiene que quedarse, porque un punto de apoyo así, es una fuerza disuasoria que resguarda no solo la existencia de la población de Gyumri sino a toda Armenia. Una fuerza disuasoria. Sobre todo si recordamos las palabras de uno de los expresidentes de Turquía, Turgut Özal, su amenaza de declarar a Armenia una «cuña maldita» y de destruir esa «cuña» con unas cuantas bombas (la expresión «Bir kaç bomba atalım», «Tiremos unas cuantas bombas»). En su momento esa amenaza recibió la respuesta tajante del mariscal Shaposhnikov, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Conjuntas de la Comunidad de Estados Independientes (CEI): «¿Quieren una Tercera Guerra Mundial?», una advertencia que frenó a la parte turca y la frena hasta hoy.
Hace años, cuando en una conversación privada le pregunté al tercer presidente de nuestro país, Serge Sarkisian, qué importancia tenía a su juicio la 102.ª base de Gyumri, entre otras cosas me dijo: «Lo importante es la bandera rusa que flamea ahí». Una explicación llena de sentido.
La bandera rusa tiene que flamear siempre en ese mismo lugar. Es un factor de disuasión para toda Armenia y, además, una garantía de estabilidad para la región. ¡Nada de giros peligrosos!