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Opinion - Padre Díratour Sardarian, teólogo
Armenia y la diáspora: ¿nuevos caminos?
17 de Septiembre de 2026

Respuesta al nuevo programa del gobierno de la República de Armenia, en el marco de las relaciones entre la República de Armenia y la diáspora.

El gobierno de Armenia se propone cambiar la conducción de la Iglesia Apostólica y "modernizar" las relaciones entre Armenia y la diáspora, complicar el trámite de ciudadanía para los armenios que viven en el exterior y, al mismo tiempo, atraer hacia Armenia nuevas fuerzas y especialistas provenientes de la diáspora. En paralelo, el programa promete un crecimiento económico anual del seis por ciento. ¿Son compatibles estos objetivos? Y si lo son, ¿hacia dónde nos llevan?

El 20 de agosto, el gobierno de Armenia presentó su programa para el período 2026-2031. Días después, el Parlamento lo aprobó por 63 votos a favor y 24 en contra: solo el bloque del partido gobernante votó a favor.

El documento es sumamente ambicioso. Anuncia un crecimiento económico promedio del seis por ciento, 125.000 nuevos puestos de trabajo, la duplicación del volumen de exportaciones de productos de origen armenio y un aumento del 50 por ciento en la producción industrial. Pone el acento en la institucionalización de la paz con Azerbaiyán, en la apertura de comunicaciones regionales (sobre la base del proyecto TRIPP) y en una política exterior que aleje al país de su dependencia de Moscú. Buena parte de todo esto es necesaria, y algunos de sus puntos, hace apenas cinco años, hasta parecían inimaginables.

Sin embargo, un crecimiento de esa magnitud no es simplemente una cuestión de decisiones tomadas sobre el papel, sino, ante todo, una cuestión de recursos humanos. Un país de apenas tres millones de habitantes que pretende duplicar sus exportaciones y reconstruir su industria necesita con urgencia ingenieros, capital, capacidades de gestión y vías estables de acceso a los mercados europeos. Una parte considerable de estos recursos se encuentra fuera de Armenia, en las comunidades armenias de Europa, de América del Norte y de otros lugares. Y es precisamente en este punto donde el programa entra en contradicción consigo mismo.

Primero, sobre la Iglesia

El programa incluye un capítulo aparte, titulado "Seguridad espiritual". En él, el gobierno se compromete a garantizar, tal como está escrito en el original, "la salida del actual jefe de facto de la Santa Iglesia Apostólica Armenia" (es decir, su jubilación), para luego asegurar la elección de un locum tenens katolikal, imponer un nuevo estatuto para la Iglesia y, recién después de todo eso, organizar la elección del Katolikós de Todos los Armenios. Como justificación se invoca la necesidad de frenar los intentos de fuerzas externas que, supuestamente, buscan convertir a la Iglesia en una base de operaciones de la guerra híbrida.

Observemos este proceso fuera del contexto armenio. Imaginemos a cualquier gobierno europeo escribiendo en su plan quinquenal a qué líder eclesiástico se dispone a destituir y en qué orden va a organizar la elección de su sucesor. El Consejo Mundial de Iglesias ya calificó esto, el 7 de agosto, como una injerencia inadmisible. Desde junio de 2025 ya fueron detenidos cuatro clérigos con rango episcopal, y se iniciaron causas penales contra el propio Katolikós y otros seis altos jerarcas.

El lector debe saber desde qué lugar escribo esto. Soy sacerdote de esta Iglesia y pastor espiritual de la comunidad armenia de Baden-Württemberg. No soy ajeno a todo esto, y tampoco pretendo serlo. Sobre los problemas internos de la Iglesia, la transparencia financiera o la conducta del clero se puede y se debe debatir. Pero el límite no pasa por donde la crítica se vuelve incómoda, sino por donde el Estado comienza a ejecutar el cambio de conducción de una comunidad religiosa según un cronograma trazado por él mismo. Esto no es una reforma: es una injerencia y una usurpación.

Para la diáspora, esto tiene una implicancia muy práctica. En Alemania, Francia y Estados Unidos, la Iglesia es, con mucha frecuencia, la única institución armenia que ha sobrevivido de manera ininterrumpida durante tres o cuatro generaciones. Quien debilita a la Iglesia no debilita a tal o cual dependencia administrativa de Echmiadzín, sino la infraestructura misma a través de la cual se organiza, en general, la vida armenia en el exterior.

¿Qué dice el programa sobre la diáspora?

El apartado del programa dedicado a la diáspora es breve. Anuncia una reconstrucción de las relaciones sobre nuevas bases, apoyada en la idea de la "Armenia real" y de la estatalidad armenia, y promete repatriación de profesionales, la creación de redes juveniles y profesionales, y programas educativos. Sin duda, se trata de un enfoque más moderno que la política de los gobiernos anteriores, orientada principalmente a asegurar inversiones y lobby, sin más.

Al mismo tiempo, ese mismo programa prevé una revalorización de la institución de la ciudadanía, endureciendo las condiciones para que los armenios del exterior obtengan la ciudadanía de Armenia e imponiendo un requisito obligatorio de residencia en el país. Un gobierno que busca especialistas de alto nivel dificulta artificialmente el trámite para obtener el pasaporte de su propio país. No hace falta ser economista para entender que estos dos objetivos se estorban mutuamente.

Lo que falta por completo en el programa es la dirección inversa. ¿Cómo puede la propia diáspora fortalecerse? ¿Cómo puede participar en la elaboración de estrategias conjuntas? ¿Qué puede aprender Armenia de comunidades que llevan décadas sobreviviendo en Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos?

La diáspora no es una cuenta bancaria ni un club de simpatizantes políticos. Es una parte constitutiva y autónoma de la vida armenia, con su propia experiencia, sus instituciones, sus capacidades y sus intereses. Y da la impresión de que ni los gobiernos anteriores de Armenia ni el actual han terminado de comprenderlo del todo.

Estrategias por país, en lugar de programas globales

Una política eficaz hacia la diáspora no debería empezar redactando un único programa general para todo el mundo. Alemania no es Francia, Francia no es Rusia, y Rusia no es Estados Unidos. Un joven armenio de tercera generación que vive en Stuttgart tiene inquietudes distintas de las de una familia armenia recién llegada a Berlín desde Ucrania, o de las de la comunidad tradicional de Beirut.

Para los países de importancia estratégica hacen falta estrategias específicas por país, elaboradas no solo en los ministerios de Ereván, sino en conjunto con quienes conocen ese país: científicos, empresarios, abogados, representantes de la Iglesia y de otras instituciones, expertos armenios y extranjeros. ¿Qué intereses tiene Armenia en Alemania? ¿Cuáles son los intereses de Alemania? ¿Con qué instituciones hay que trabajar? Esto sería mucho más eficaz que imponer, desde Ereván y al mismo tiempo, programas idénticos para Buenos Aires, Stuttgart, Moscú y Los Ángeles.

Nosotros también tenemos que cambiar

Sin embargo, sería demasiado fácil mirar solamente hacia Ereván.

La comunidad armenia de Alemania cuenta con médicos, científicos, empresarios, ingenieros y artistas de primer nivel en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad alemana. Sin embargo, nuestras estructuras suelen funcionar con modelos creados décadas atrás: fragmentadas desde el punto de vista organizativo, con vínculos de red débiles y poco orientadas hacia la tercera y la cuarta generación. Organizamos fiestas, jornadas conmemorativas, liturgias. Todo eso es importante, pero no es una estrategia.

En parte, ni siquiera sabemos qué capacidades existen dentro de nuestra propia comunidad. Esto es una pérdida estratégica, y es culpa nuestra.

Es necesario, ante todo, hacer un relevamiento de estos recursos, no para armar listas destinadas al gobierno, sino para que nosotros mismos entendamos qué tenemos. A esto se suma el hecho de que somos parte de la sociedad en la que vivimos y residimos, y no simplemente una representación de Armenia en, por ejemplo, Alemania. Los vínculos duraderos con las iglesias alemanas, los organismos de autogobierno local, las universidades, los parlamentos y las asociaciones empresariales no son una tarea adicional, sino la base de todo lo demás. Es igualmente importante que, dentro de la diáspora, cooperemos mucho más estrechamente entre nosotros. Los programas educativos conjuntos, los encuentros juveniles, las redes profesionales y los proyectos culturales pueden crear una infraestructura armenia paneuropea, basada en el respeto y el reconocimiento mutuos.

Cambiar el orden de prioridades

De todo esto, sin embargo, no se desprende que haya que alejarse de Armenia o rechazar de plano la cooperación con la Patria, cualquiera sea el signo partidario de su gobierno. Allí donde existen intereses comunes —juventud, educación, ciencia, cultura, capacidades profesionales y programas humanitarios— debemos cooperar.

Pero el orden tiene que cambiar. No que Ereván trace la agenda de la diáspora y nosotros busquemos nuestro lugar dentro de ese plan. Sino que seamos nosotros, en la diáspora, quienes desarrollemos nuestra propia estrategia de largo plazo, y recién después veamos en qué puntos Armenia puede ser nuestra socia.

Una diáspora fuerte, profesional y segura de sí misma no es rival del Estado armenio. Puede ser uno de sus mayores activos. Pero para eso, Armenia tiene que aprender no solo a dirigir y movilizar a la diáspora, sino también a escucharla. Y nosotros, en la diáspora, tenemos que dejar de suponer que es Ereván quien va a organizar nuestro futuro.

 

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