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Opinion - Vladimir Martirosian, politólogo
Capitulación híbrida: cuando perder se llama soberanía
08 de Septiembre de 2026

El teniente general de la URSS y de la República de Armenia (RA) Norat Der-Grigoriants, radicado en Rusia, renunció a su pasaporte armenio. Consultado sobre los motivos en diálogo con el medio Iravunk, el general declaró:

"Fui al consulado y devolví mi pasaporte de la RA. Me preguntan sorprendidos: 'señor Der-Grigoriants, ¿qué está haciendo?'. Y yo les respondí: ¿y qué voy a hacer, cuando en Armenia llegaron al poder personas que traicionaron al puñado de armenios que queda y pretenden aniquilarlos por medio de los turcos? Entregué mi pasaporte, y de la presidencia recibí hoy mismo un mensaje: 'usted queda privado de la ciudadanía'. Bueno, adiós mi gente querida. Nunca más volveré a Armenia. Se terminó.".

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La entrega se llama demarcación; la renuncia al reclamo, paz; la retirada, realismo; el debilitamiento de la seguridad, soberanía

Capitulación híbrida: cuando uno de los fundadores del ejército se aleja, mientras quien llevó a ese mismo ejército a la derrota se proclama fundador de un nuevo Estado.

Norat Der-Grigoriants devolvió el pasaporte de la República de Armenia y declaró que no volverá más al país. Podría tomarse como la decisión personal de un general de cierta edad, si no se tratara de uno de los padres fundadores de las Fuerzas Armadas de Armenia.

Un hombre que en 1992 llegó, desde la cúpula militar soviética, a una Armenia en guerra; que fue comandante de las Fuerzas Armadas, luego jefe del Estado Mayor General y primer viceministro de Defensa. Con su participación se sentaron las bases de la gestión del ejército regular, la movilización, el despliegue estratégico y la defensa antiaérea. Es decir: quien devuelve el pasaporte de Armenia es uno de los cofundadores del Estado cuya capacidad de defender ese mismo pasaporte él ayudó a construir.

Estoy seguro de que esta noticia se comentará cien veces menos que la presentación del libro de cualquiera o la fiesta de casamiento de cualquiera. Porque en nuestra vida pública la forma ya no se limita a tapar el contenido: lo volvió prescindible. El espectáculo devoró al hecho; el ruido, al sentido.

Espero que quienes todavía no hayan perdido la capacidad de pensar en serio, y sigan dando batalla por el sentido, entiendan lo que digo. Porque aquí termina el paso personal y empieza el hecho político.

Después de la pérdida de Artsaj y de la derrota militar, los procesos que se desarrollan dentro y alrededor de Armenia responden a una lógica común que todavía evitamos llamar por su nombre. Yo la llamo capitulación híbrida.

En la capitulación clásica, el vencedor llega y le dicta al vencido qué entregar, a qué renunciar y qué aceptar. En la capitulación híbrida, el vencedor no necesita entrar en tu capital: alcanza con que dentro del Estado derrotado se forme un sistema político que concrete los resultados que el adversario desea, se los explique a su propia sociedad y, al final, los presente como el interés mismo de ese Estado.

Esto no es simplemente gestión de la derrota. Es servicio político interno de la derrota, y en la Armenia de posguerra no ha ocurrido, ni ocurre, ninguna otra cosa.

A la sociedad no le dicen "seguimos en la capitulación". Le dicen exactamente lo contrario. El desplazamiento de la cuestión de Artsaj fuera de la agenda armenia: "soberanía de Armenia". Dejar fuera de agenda el retorno y los derechos de los armenios de Artsaj se presenta como 'mantenimiento de la paz'. Las concesiones hechas bajo presión militar y diplomática: "establecimiento de fronteras reales".

A la sombra de los reclamos públicos de Bakú, la agenda de una nueva Constitución: "nuevo Estado" y "Cuarta República". El desmantelamiento del sistema de seguridad, sin crear a cambio un sistema de contención equivalente: "fortalecimiento de la soberanía". Y el conjunto de las limitaciones nacidas de la derrota: "la Armenia real".

Esto no es una disputa de palabras. Es una tecnología para normalizar la derrota en la conciencia pública.

La entrega se llama demarcación.
La retirada, realismo.
La renuncia al reclamo, paz.
El debilitamiento de la seguridad, soberanía.

Si a la realidad se la llama por su nombre, la sociedad puede resistir y rebelarse en gran escala. Por eso a lo inaceptable primero se le cambia el nombre, después se lo vuelve discutible, luego inevitable y, al final, se le exige a la sociedad que lo defienda como su propio interés de Estado. La capitulación híbrida se completa en el momento en que ya no hace falta obligar al vencido.

Dentro de él ya funciona un sistema que explica por qué el resultado que desea el adversario es, precisamente, su propio interés. Así se descarga la capitulación dentro del Estado: en el lenguaje político, en las decisiones de gobierno, en la conciencia pública y en la idea misma de normalidad. El viejo eslogan de campaña, 'no me elijan o habrá guerra', sigue vigente, solo que ahora se sirve con salsa: mejor disfrazado, más presentable.

El paso de Norat Der-Grigoriants es la consecuencia humana e institucional de esta transformación.

La Tercera República se construyó sobre tres pilares: la independencia, la autosuficiencia en seguridad y la subjetividad política armenia. Hoy los tres se redefinieron.

La independencia pasó a significar la capacidad de adaptarse a las exigencias externas. La seguridad, llamar "paz" a la renuncia a los propios medios de disuasión. Y el retroceso sucesivo de derechos, sabiduría de Estado.

La generación que construyó el Estado es un testimonio biográfico incómodo para "la Armenia real".

Esto no es mala gestión. Es una reconfiguración antifundacional: la forma política interna de la capitulación híbrida. Ahí empieza también lo grotesco político: el hombre que construyó el ejército devuelve el pasaporte de Armenia, mientras el hombre que llevó a ese mismo ejército a la derrota se proclama fundador de la nueva república.

Es aquí, precisamente, donde vuelvo a plantear la pregunta central que vengo haciendo desde hace medio año.

¿Quién es el guardián de la Tercera República? Va dirigida, ante todo, a la oposición.

¿Cuestionan ustedes toda la lógica de la capitulación híbrida, o aceptan sus premisas fundamentales y solo pretenden gestionar mejor la misma realidad nacida de la derrota?

No se puede aceptar el nuevo punto de partida que el poder fijó en la cuestión de Artsaj y, al mismo tiempo, criticar sus consecuencias. No se puede aceptar la lógica de base de "la Armenia real" y proponer, a la vez, una versión más patriótica de ella. Porque en ese caso no se está cuestionando el camino: solo se discute quién debe manejar el mismo auto.

Ser guardián de la Tercera República significa no aceptar que la cuestión de Artsaj esté cerrada; no legitimar la reforma constitucional condicionada por una exigencia externa; no declarar irreversible la correlación de fuerzas nacida de la derrota; y no objetarle al poder con su propio lenguaje y sus propias premisas.

Norat Der-Grigoriants devolvió el pasaporte de Armenia. Pero mucho antes que él, el poder de turno ya había renunciado a la Armenia cuyo ejército él mismo ayudó a construir.

Esta es la imagen final de la capitulación híbrida: el fundador se aleja del Estado que construyó; quien se proclama fundador de un nuevo Estado se dedica a darle soporte programático a la capitulación híbrida; y a la oposición le queda decidir de qué Armenia es guardián.

En este sistema ya no existe la neutralidad política. O se está dentro de la capitulación híbrida, o se está en contra. 

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