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Domingo 23 de Agosto - Buenos Aires - Argentina
PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Opinion - Vladimir Martirosian, politólogo
Antes de discutir el programa 2026-2031, la oposición debe exigir el balance de 2021-2026
23 de Agosto de 2026

Mañana, 24 de agosto, en la Asamblea Nacional, la oposición enfrenta un desafío mucho más serio que votar en contra del programa de gobierno. Votar en contra, al final, no es más que apretar un botón. El verdadero problema político, hasta llegar a ese momento, es desacreditar el programa en el plano público y político. Y para lograrlo, primero hay que entender qué es lo que no hay que hacer.

No hay que convertir el debate del programa de gobierno en una legitimación conjunta de ese mismo programa a través de su edición compartida. En ningún país del mundo la oposición parlamentaria que aspira al poder tiene otra tarea que no sea desacreditar el programa político del oficialismo.

No hay que entrar en la lógica que propone el oficialismo y discutir durante horas si 125 mil puestos de trabajo son muchos o pocos, si diez reservorios de agua son realistas o no, cuántas escuelas se construirán, cuántos kilómetros de ruta se repararán.

Esas preguntas importan. Pero no son el eje político del debate de mañana. Porque en el momento en que la oposición empiece a discutir esos detalles como agenda principal, ya habrá aceptado la premisa más importante del oficialismo: que este gobierno tiene derecho a dar por cerrados los últimos cinco años y discutir únicamente los próximos cinco. Y esto, hacer exactamente eso fue la misión central de toda su campaña electoral.

No.

Precisamente eso es lo que no se debe permitir.

Más aún: aquí hay una trampa política mucho más sutil. La oposición puede terminar votando en contra del programa, pero a lo largo de todo el debate participar, sin quererlo, en su legitimación política.

Pasar cinco horas haciendo preguntas, presentando propuestas, diciendo que tal punto es bueno y tal otro es malo. Explicar cómo se podría implementar el programa de manera más eficiente y, al final, votar en contra. Formalmente eso es conducta opositora, pero en términos políticos el oficialismo ya habrá obtenido lo más importante: que la realidad que definió se convierta en el punto de partida común e indiscutido para todos, y que el problema pase a ser el detalle, no la dirección. Tácticamente, eso ya le funcionó en parte bajo el concepto de "buena conducta parlamentaria", que en el fondo es una legitimación lenta.

Por eso la posición de la oposición debe ser muy clara: participamos del procedimiento parlamentario, pero no aceptamos la realidad política que ustedes describen como nuestro punto de partida común.

Esa es la diferencia entre la participación opositora y la coautoría política. El posicionamiento opositor de mañana debe empezar con una sola frase: "Primero presenten el balance político del programa anterior, después traigan el nuevo."

En 2021 ustedes trajeron a la Asamblea Nacional una Armenia. En 2026 traen una Armenia en principio distinta. Y ahora intentan llamar simplemente "Cuarta República" a la enorme distancia política que existe entre ambas. Eso no funciona así. Si en el programa de gobierno de 2021 Artsaj era un asunto de seguridad y de política, y en el de 2026 es fundamentalmente destinatario de asistencia social, entonces algo ocurrió entre esos dos documentos. Si cambiaron los pilares del sistema de seguridad, algo ocurrió. Si el enfoque estatal sobre Rusia, la OTSC y la seguridad regional cambió de manera principista, algo ocurrió. Si hoy el gobierno anuncia una "paz ya consolidada", debe explicar sobre la base de qué realidad de seguridad mensurable lo hace.

Ese "algo" es, precisamente, la política. Y el programa de gobierno intenta saltearla y llevarnos directamente al capítulo siguiente. El problema de la oposición mañana es devolver ese capítulo salteado a la Asamblea Nacional.

Hay que convertir el programa de gobierno en un documento que testifique contra el propio gobierno. Esta puede ser una de las tácticas opositoras más eficaces de mañana.

Hay que tomar los programas de gobierno de 2021 y de 2026 del mismo gobierno y ponerlos uno al lado del otro. ¿Qué era Artsaj en 2021? ¿Qué es Artsaj en 2026? ¿Cuál era el sistema de seguridad de Armenia en 2021? ¿Cuál es en 2026? ¿Qué rol tenían la OTSC, Rusia y el antiguo sistema de seguridad en 2021? ¿Qué tenemos en su lugar en 2026? ¿Qué era la paz en 2021? ¿Por qué en 2026 ya se la declara "consolidada"?

Y después, apenas una pregunta: ¿cuál de los dos programas estaba equivocado, el de entonces o el de ahora?

Si el programa de 2021 estaba equivocado, ¿quién es responsable de haber gobernado el Estado durante cinco años con esa estrategia? Si el programa de hoy es cuestionable, ¿por qué la sociedad debería otorgarle otros cinco años de crédito y confianza política a la misma autoridad política? Este es el método más simple para usar el programa de gobierno contra el propio gobierno. Porque la oposición no le opone al gobierno su propia evaluación. Le opone la propia promesa anterior del gobierno.

No discutan solo el programa. Discutan el derecho a empezar el programa desde cero. Esta debe ser la tesis central de toda la táctica opositora. Mañana el oficialismo va a intentar generar la impresión de un "nuevo comienzo".

Elecciones nuevas.

Parlamento nuevo.

Gobierno nuevo.

Programa nuevo.

"Armenia Real."

"Cuarta República."

Cinco años nuevos.

En un sistema de responsabilidad política, un nuevo ciclo electoral no borra el ciclo de gobierno anterior. Una elección puede otorgar un nuevo mandato para gobernar. No puede anular retroactivamente la responsabilidad por las decisiones anteriores.

Dicho más simple: las elecciones renuevan el mandato, pero no anulan la responsabilidad. En democracia, el mandato es renovable; la responsabilidad, acumulativa.

La misma fuerza política no puede haber sido, antes de la elección, el gobierno de los últimos cinco años, y presentarse después de la elección como fundadora de una realidad histórica completamente nueva, sin rendir cuentas del período anterior. Este es el límite que la oposición está obligada a trazar mañana. De lo contrario, el oficialismo obtiene una tecnología política demasiado cómoda: primero cambiar la realidad, después cambiar la definición del objetivo, y por último declarar que la nueva realidad es una nueva ideología.

Con este mecanismo, el oficialismo deja de poder fracasar en principio. Porque después de cada objetivo incumplido, alcanza con anunciar una nueva etapa histórica. La "Cuarta República" debe convertirse en una de las principales cuestiones políticas del debate. En el lugar de la oposición, mañana yo no le preguntaría al gobierno "¿cómo van a construir la Cuarta República?". Con esa pregunta ya se acepta que existe. Yo preguntaría: ¿quién los autorizó a declarar terminada la Tercera República? ¿Dónde está ese acto político fundacional? ¿Dónde está la ruptura constitucional? ¿Dónde está el acuerdo fundacional público? ¿Dónde está el nuevo orden estatal? Si no existe ninguno de esos elementos, entonces no estamos ante una Cuarta República, sino ante un período más de gobierno del oficialismo de siempre. Y llamar "época histórica" a un período más del oficialismo no lo convierte en una época histórica. Esto es especialmente importante por otra razón.

Si el oficialismo dice que su ideología de "Armenia Real" se convirtió, como resultado de las elecciones, en ideología estatal u oficial, la oposición está obligada a frenar el debate justo ahí. Las elecciones forman un gobierno, no una verdad de Estado. En democracia, el partido ganador obtiene el derecho a gobernar. No obtiene el derecho a apropiarse del significado del Estado.

La cuestión de Artsaj debe devolverse no al terreno de la memoria, sino al de la rendición de cuentas. Aquí a la oposición le resulta muy fácil caer en un discurso emocional. Yo propondría otro camino.

No solo "ustedes perdieron Artsaj". Sino una pregunta política mucho más pesada.

¿Qué era Artsaj en el programa de gobierno de ustedes en 2021, y qué es Artsaj en el programa de 2026?

Poner los dos documentos uno al lado del otro. Y nada más.

Ese contraste a veces es más contundente que un discurso de una hora. Porque en ese momento la oposición no opone su propia evaluación al oficialismo, sino el documento estatal de 2021 del propio oficialismo contra el documento estatal de 2026 del propio oficialismo. Después, apenas una pregunta: ¿quién es políticamente responsable de lo ocurrido entre esos dos programas?

Esto ya es mucho más difícil de ahogar en el vocabulario de "los anteriores", "la Armenia histórica" o "la paz".

La tesis de "hay paz" debe ser obligada a demostrarse. La oposición no debe discutir en contra de la paz. Sería un posicionamiento políticamente equivocado. Hay que cuestionar el derecho a presentar una paz no demostrada como un hecho consumado. Si dicen que la paz está consolidada, presenten los indicadores.

No la sensación.

No el vocabulario propagandístico.

Los indicadores.

¿Qué cambió en la vulnerabilidad militar de Armenia?

¿Qué cambió en los riesgos fronterizos?

¿Qué problemas sin resolver quedaron cerrados?

¿Qué garantías de seguridad se crearon?

¿Qué mecanismo impide una nueva coerción?

Y si no hay respuestas para eso, entonces la "paz consolidada" no es un hecho programático, sino una premisa política que el oficialismo intenta convertir, mediante el voto parlamentario, en una realidad validada por el Estado. La oposición no debe participar de esa validación.

Sobre el TRIPP, la oposición debe hablar no en el idioma de la ruta, sino en el idioma del poder.

No cuántos kilómetros.

No cuándo se inaugura.

No cuánta inversión habrá.

Sino: ¿quién va a administrar, quién va a controlar, con qué jurisdicción, por cuánto tiempo, con qué régimen de seguridad, con qué responsabilidad, y en qué punto queda la jurisdicción estatal exclusiva de la República de Armenia? Porque una infraestructura geopolítica no es construcción vial.

En esa ruta también se traza el mapa del poder. Si el oficialismo habla de esto únicamente en el idioma de las oportunidades económicas, la oposición está obligada a devolver el idioma de la seguridad y la soberanía.

La oposición debe presentar no solo un contraargumento, sino una contrarrealidad. Este ya es el nivel estratégico del debate de mañana.

La sociedad debe ver dos Armenias. La Armenia que describe el oficialismo: "paz consolidada", "Cuarta República", "Armenia Real", nuevas oportunidades y un nuevo futuro de cinco años.

Y la Armenia que describe la oposición: con cuestiones de seguridad sin cerrar, con el balance de los últimos cinco años sin presentar, con reordenamientos radicales de las relaciones exteriores, con nuevas dependencias, con riesgos sin esclarecer en torno a la soberanía y con un intento de reformular la identidad del Estado.

En la lucha política no gana solo quien tiene más datos. Gana aquel cuya descripción de la realidad la sociedad reconoce como propia. Por eso la lucha de mañana no es solo contra el programa de gobierno. Es una lucha por el derecho a definir la realidad.

Y lo más importante: mañana no hay que hablarle al gobierno. Hay que hablarle a la sociedad. Este es quizás el punto más importante de toda la táctica. La tribuna de la Asamblea Nacional no es una mesa de diálogo con el oficialismo. El destinatario principal del diputado opositor mañana no debe ser el primer ministro, ni el ministro, ni el diputado del CC. El destinatario debe ser el ciudadano que no votó al oficialismo, o que votó a la oposición, y que mañana debe ver en la Asamblea Nacional la representación de su propia postura política. Por lo tanto, cada discurso debe responder no a "¿qué le decimos a Pashinian?", sino a "¿qué necesita escuchar mañana nuestro electorado para entender por qué somos oposición?".

Esta es una diferencia de principio. Si durante cinco horas la oposición le aconseja al oficialismo cómo gobernar mejor, al final la sociedad puede hacerse una pregunta lógica: si tienen simplemente mejores propuestas para los mismos objetivos, ¿por qué son oposición? La oposición no existe solo para mejorar técnicamente las decisiones del oficialismo. Existe para presentar una evaluación política distinta, otras prioridades y, si hace falta, otra orientación estatal.

Mañana debe ser un solo golpe opositor, no treinta discursos separados. Si cada diputado opositor toma su tema preferido, su ministerio o su área, el oficialismo va a disolver muy rápido el debate en decenas de discusiones aisladas.

En cambio, los distintos discursos deben construirse en torno a las mismas preguntas fundamentales.

¿Qué prometieron en 2021?

¿Qué tenemos en 2026?

¿Cómo se explica la diferencia?

¿Quién es el responsable político de eso?

¿Y por qué esa diferencia hoy se presenta no como objeto de rendición de cuentas, sino como "Cuarta República"?

Que los diputados hablen desde distintas áreas. Pero que la conclusión política sea la misma. En ese caso, los treinta discursos no se convertirán en treinta temas distintos. Se convertirán en treinta pruebas de una sola cuestión política.

Por eso la táctica de mañana debe ser asimétrica. El oficialismo va a proponer un programa. La oposición no debe limitarse a criticar ese programa.

El oficialismo va a hablar de 2026-2031. La oposición debe poner sobre la mesa el período 2021-2026. El oficialismo va a hablar de promesas de futuro. La oposición, de responsabilidad del pasado.

El oficialismo, de la "Cuarta República".

La oposición, de la ausencia de un mandato fundacional para ella.

El oficialismo, de la "paz consolidada".

La oposición, de indicadores mensurables de paz.

El oficialismo, de las oportunidades económicas del TRIPP. La oposición, de mecanismos concretos de soberanía y seguridad. El oficialismo va a tratar de arrastrar a la oposición hacia el detalle de su programa. La oposición debe arrastrar al oficialismo hacia su propia rendición de cuentas política.

Esta es la conducta política asimétrica. El nivel más alto de la lucha política no es responder a cada movimiento del adversario. El nivel más alto es obligarlo a jugar con tus reglas.

Y, por último, mañana no debe ser un seminario parlamentario de "buena conducta". Se puede ser correcto. Se puede evitar ofender. Se pueden respetar todas las reglas de la conducta parlamentaria. Pero la oposición no está obligada a resultar políticamente cómoda.

Más aún: si después del debate del programa de gobierno el oficialismo sale de la Asamblea Nacional con la sola sensación de que la oposición tuvo algunas buenas observaciones, entonces la oposición perdió el debate. El resultado de mañana debe ser otro.

En la sociedad debe quedar una pregunta simple: ¿cómo se puede declarar una república nueva sin presentar la rendición de cuentas de la anterior? Y ahí está el verdadero indicador del éxito político de mañana. Si después del debate el ciudadano vuelve a su casa pensando "¿son realistas o no los 125 mil puestos de trabajo?", ganó la agenda del oficialismo.

Si vuelve a su casa preguntándose cómo el mismo oficialismo terminó con un Estado en 2026 tan distinto del que prometió en 2021, y por qué ahora nos presenta esa diferencia como una nueva república, ganó la agenda la oposición

Esa es la unidad de medida.

No cuántas veces "atraparon" a un ministro con un número. No cuántas veces el primer ministro no respondió. No cuántos videos se hicieron virales.

Sino: después del debate, ¿de quién es la pregunta que le quedó dando vueltas a la sociedad?

Y ahí está todo el mecanismo político de mañana. El oficialismo quiere discutir los próximos cinco años. La oposición está obligada a responder: primero cierren el balance político de los últimos cinco.

No con el olvido.

No con un cambio de nombre.

No con la "Cuarta República".

Sino con responsabilidad. Porque la historia de un Estado no es un PowerPoint donde se borra la diapositiva incómoda y se pasa a la siguiente. Y la oposición tampoco está en el parlamento para editar las nuevas diapositivas del oficialismo. La tarea de la oposición es devolver a la pantalla, precisamente, esa diapositiva borrada.

P.D.: Mañana, la tarea de la oposición no es votar en contra del programa de gobierno. El voto en contra, al final, es un acto técnico. Antes de eso hay que invalidar políticamente el punto de partida del programa. Porque si se acepta la realidad que ellos describen y se empieza a discutir solo en torno a los números, ya se está jugando en su cancha. Y la tarea de la oposición no es lograr que le escriban mejores números al programa del oficialismo. La tarea de la oposición es demostrar que, antes de discutir las promesas hasta 2031, el oficialismo tiene una deuda con la realidad de 2021-2026. El nombre de esa deuda es responsabilidad política. Hay que demostrar que el gobierno todavía no respondió qué pasó con la Armenia que había previsto su programa anterior. Hasta que no haya respuesta a esa pregunta, el nuevo programa no es un documento de futuro: es un documento de fuga de la responsabilidad del pasado.

 

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