El programa de gobierno de Armenia para el período 2026-2031 propone, en materia de política exterior, una nueva fórmula: una "política exterior de equilibrio y balanceo". Su objetivo estratégico está formulado de manera todavía más ambiciosa a nivel regional: volver "no solo posible, sino cómodo" que la República de Armenia viva en su propio entorno sin apoyo externo.
Estas formulaciones solo a primera vista dan la impresión de una mayor autonomía de Armenia como actor internacional o de una diversificación de su política exterior. En rigor, el nuevo programa es el anuncio de un cambio en la orientación estratégica del país.
En el programa 2021-2026, Rusia encabezaba el capítulo "Seguridad y política exterior". Las relaciones armenio-rusas se describían bajo la lógica de una alianza estratégica, y la cooperación con Rusia se consideraba un componente clave del sistema de seguridad armenio.
Cinco años después, de aquel concepto casi no queda nada.
En el programa 2026-2031, Rusia aparece mencionada entre otras direcciones de la política exterior recién en el octavo lugar, detrás de los vecinos de la región, la Unión Europea, Estados Unidos y Francia. También cambió la caracterización del vínculo con Moscú: ahora el gobierno promete continuar el diálogo orientado a una cooperación mutuamente beneficiosa, con miras a la "transformación, el desarrollo y la profundización" de las relaciones.
El pasaje de una "alianza estratégica" a la mera "transformación" de las relaciones es, en sí mismo, una declaración de reorientación estratégica de Armenia.
También es elocuente la ausencia total de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC. Armenia sigue siendo formalmente miembro de la organización —aunque mantiene congelada su participación a nivel político—, pero el programa de gobierno no menciona en absoluto esa alianza militar.
En su lugar, el gobierno promete "desplegar una cooperación eficaz" dentro de la Unión Económica Euroasiática (UEE). Pero tampoco ahí las relaciones son fluidas: una parte considerable de la producción agrícola armenia enfrenta restricciones en el mercado ruso, mientras que las aspiraciones europeas de Armenia generan interrogantes sobre su futuro estatus dentro de la UEE.
En cuanto a la Unión Europea, el gobierno remite a la ley sobre el inicio del proceso de adhesión de Armenia al bloque y promete impulsar reformas sobre esa base. Sin embargo, el programa no incluye plazos de adhesión, ni una hoja de ruta clara, ni —lo más importante— garantías institucionales occidentales para la seguridad de Armenia.
La carta de asociación estratégica con Estados Unidos y la cooperación técnico-militar con Francia e India generan ciertos márgenes diplomáticos, pero no sustituyen a los mecanismos de defensa colectiva.
En rigor, llegamos así al contraste central de la política exterior armenia. Ereván se aleja de manera consistente del sistema de seguridad construido en torno a Rusia, sin una perspectiva clara —ni garantía alguna— de integrarse a un sistema de seguridad occidental.
Esta circunstancia es relevante también porque, durante años, el poder presentó el debate de política exterior en los términos de una disyuntiva entre "Rusia y Occidente".
Pero el programa de gobierno claramente no gira en torno a ese dilema.
El objetivo de vivir "cómodamente en el propio entorno, sin apoyo externo" puede interpretarse como una declaración de intenciones hacia un estatus de no alineamiento o de extra-bloque para Armenia.
En teoría, un modelo así es viable, pero exige al menos tres condiciones previas: una autosuficiencia militar y económica suficiente, un equilibrio manejable entre las potencias regionales, y un entorno en el que los vecinos reconozcan y respeten la soberanía y los intereses vitales del Estado en cuestión. En el caso de Armenia, es difícil constatar que se den esas condiciones. El país atraviesa un desequilibrio de poder evidente, cuenta con recursos militares y económicos limitados, y tanto Azerbaiyán como Turquía siguen planteando exigencias políticas y estratégicas hacia Ereván.
Por supuesto, el equipo de Pashinian justifica su rumbo de política exterior en las imperfecciones del sistema de seguridad ruso, apelando a los hechos de 2020-2023. Pero incluso si muchas de las críticas dirigidas a Rusia son objetivas, cabe preguntarse cuán racional es comparar un sistema de seguridad imperfecto —pero existente— con un sistema ideal abstracto que en realidad no existe.
En ese sentido, si Armenia se aleja del antiguo sistema de seguridad sin integrarse a uno nuevo, ¿qué llenará el vacío de seguridad que se genera?
La lógica del programa de gobierno permite suponer que el gabinete de Nikol Pashinian se propone construir la seguridad de largo plazo de Armenia, en primer término, sobre la normalización de las relaciones con Azerbaiyán y Turquía y sobre la formación de intereses económicos mutuos.
¿Es realista esa aspiración?
La paz puede convertirse en base de la seguridad cuando se construye sobre un equilibrio relativo de fuerzas, intereses mutuos y compromisos compartidos. Cuando una de las partes es sustancialmente más débil y la otra tiene margen para imponer condiciones, la paz puede transformarse no en una garantía de seguridad, sino en la consagración política de una desigualdad de poder. Bakú y Ankara, hoy, no proponen un sistema regional equilibrado, sino que intentan configurar un nuevo statu quo construido sobre su propia supremacía. En las condiciones actuales de correlación de fuerzas, la "paz" que ofrecen puede terminar pareciéndose a un modelo versallesco, una paz impuesta, no negociada en el que la parte más fuerte impone a la más débil su propia visión de la posguerra.
La interdependencia económica —apertura de fronteras, vínculos energéticos y de transporte— puede tener cierto efecto de contención, pero la historia muestra que esos mecanismos rara vez resultan eficaces para los Estados pequeños cuando la desigualdad de poder es profunda.
En síntesis, Armenia enfrenta un riesgo de fondo: alejarse del antiguo sistema de seguridad sin haber formado uno nuevo, y atar su propia seguridad justamente a los Estados de cuyas agendas maximalistas necesita protegerse.
En ese escenario, la promesa de vivir "sin apoyo externo" puede terminar convirtiéndose no en un fortalecimiento de la soberanía, sino en un experimento geopolítico peligroso, que deje a Armenia sola en una región donde la correlación de fuerzas claramente no le es favorable.