De lo contrario, van a seguir instalados en su feliz ignorancia, negando la historia milenaria de la estatalidad armenia en la Meseta Armenia, en sintonía con las falsificaciones del jefe tribal azerí Aliyev. Hay que llevarlos por la fuerza, primero a Erepuní, después al Museo Estatal de Historia, y quizás también al Madenatarán. Tienen que ver con sus propios ojos, conocer los hechos históricos inalterables, para que de ahora en más no repitan nunca más disparates que, dicho sea de paso, son contagiosos.
Allí, en el museo, podrán conocer, por ejemplo, muestras de los mojones fronterizos colocados por el rey Artashes, con sus inscripciones correspondientes, y entender de una vez que hace siglos el poderoso e independiente Estado armenio ya había completado la delimitación de sus fronteras con los países vecinos, mientras que ellos, después de cinco años, todavía no logran hacerlo…
Allí también podrán entender por qué el mundo entero reconoce a los armenios como el pueblo que adoptó el cristianismo como religión de Estado en el año 301. ¿Acaso se puede adoptar algo a nivel estatal sin tener un Estado?
Allí, y especialmente en el Madenatarán, quizás puedan entender que el alfabeto armenio, creado en el año 405, fue en los hechos un encargo estatal: fue el propio rey Vramshapuh quien auspició y financió los viajes de Mesrop Mashdots a distintos países y bibliotecas, y que tras la invención se construyeron escuelas y centros de enseñanza desde Vagharshapat hasta Amarás, en Artsaj, con el fin de depurar también el dialecto «más tosco» de los artsají, escribe Jorenatsí.
Tal vez haya quien objete: "¿Y esa gente no podría conocer estos y otros hechos a través de los libros?".
Por supuesto que sí. Pero el problema es que a esa gente no le gusta leer: ni a Jorenatsí, ni a Yeghishé, ni a Yeznik, ni a ningún otro cronista antiguo. Tampoco les gusta leer a los autores más recientes, como Manandian, Ormanian, Zhamkochian y muchos otros, ni en armenio ni en idiomas extranjeros —inglés, francés, ruso, árabe, ni siquiera turco—. Ni siquiera se molestaron en hojear el Atlas histórico de Armenia, elaborado por el académico y cartógrafo armenio-francés Zadig Khanzadian, publicado hace unos meses en una edición de lujo por el directorio de la Asociación Cultural Tekeyán de Armenia. Repito: ni siquiera hojear los antiguos mapas geográficos griegos, bizantinos y árabes, rescatados de museos, bibliotecas y archivos de todo el mundo, en los que se menciona y ubica, uno por uno, el país armenio con sus sucesivas formaciones estatales: desde el período de Ararat-Urartu hasta las dinastías reales artashesida, arsácida y bagratuní, y más tarde los principados de los Zakarian y los Proshian, y los melikatos (príncipes o señores feudales armenios) y kanatos (gobernantes) armenios.
Y frente a todo esto, negándolo todo, los militantes del Partido gobernante Contrato Civil, encabezados por su líder, se levantan y, en sintonía con el líder de las tribus pastoriles y nómadas, declaran que nosotros los armenios jamás tuvimos estatalidad independiente ni condición de Estado en estas tierras. Como si quisieran decir que el único Estado independiente lo crearon o siguen… creando ellos.
¡Ay de nosotros!
En efecto, hay que llevar urgentemente a los negacionistas al museo, porque de lo contrario van a terminar repitiendo también la otra afirmación de Aliyev: que no son los azeríes los recién llegados a estas tierras, sino… los armenios.