La seguridad alimentaria volvió al centro de la agenda de gobierno en Armenia esta semana. El primer ministro Nikol Pashinian convocó, el 8 de julio, una reunión de gabinete para revisar el estado de la producción de trigo, en la que el ministro de Economía, Gevorg Papoian, presentó un informe sobre los volúmenes de producción, importación, el nivel de autoabastecimiento, la calidad del trigo local y la capacidad de almacenamiento. Al término del encuentro, Pashinian instruyó relevar las tierras agrícolas aptas para el cultivo de trigo que hoy permanecen sin utilizar y elaborar un programa de inversión.
Los números explican la urgencia. El año pasado Armenia importó más de 332.000 toneladas de trigo por un valor cercano a los 83 millones de dólares —unos 250 dólares por tonelada—, mientras que la cosecha total del país fue de apenas 132.500 toneladas. Entre el 75% y el 80% de la demanda armenia de trigo —más de 300.000 toneladas— se cubre con importaciones, de las cuales más del 99% proviene de Rusia.
Un techo que nunca se rompió
El economista Tatul Mkrtchian, del centro de investigación Amberd, recordó que el autoabastecimiento de trigo en Armenia nunca superó el 60-65%, y que del volumen producido localmente, solo un 10% se destina a la producción de harina; el resto se usa como forraje animal. Para Mkrtchian, el problema no es coyuntural: el apoyo estatal debe ser total e integral, y sostenerse en el tiempo independientemente de si el precio internacional del trigo sube o baja, porque los programas discontinuos siempre terminan reproduciendo la misma crisis.
En 2021, una sequía severa llevó el autoabastecimiento a un mínimo histórico del 18%, sobre un consumo anual que ronda las 550.000 toneladas. Ese indicador, vale aclarar, no mide solo el trigo en grano: incluye también sus equivalentes en harina, fideos, alcohol etílico, galletitas, pan y otros productos de panadería, expresados como consumo total de trigo.
La leche y la carne, en la misma pendiente
El partido de gobierno, Contrato Civil, había hecho durante la campaña previa a las legislativas del 7 de junio —en las que retuvo la mayoría parlamentaria con el 49,7% de los votos— promesas concretas en materia de lácteos y carne: llevar el autoabastecimiento de leche del actual 78,6% al 88,7%, y la producción de carne vacuna del 88% al 93,5% de la demanda interna, en un plazo de cinco años.
El presidente de la Unión de Queseros de Armenia, Armen Gigoian, planteó que el país puede producir la mayor parte de los lácteos que consume, pero que el sector necesita otro tipo de gestión. Más de la mitad de la leche en polvo que importa Armenia proviene de Irán, y el resto llega de socios de la Unión Económica Euroasiática —Rusia y Bielorrusia— y de países de la Unión Europea. Para acercarse al autoabastecimiento, sostuvo Gigoian, la producción de leche por vaca debería duplicarse: de las actuales 2,8-3 toneladas anuales a entre 5 y 6 toneladas. El problema número uno del sector, insistió, es la gestión, no el clima ni la genética del rodeo.
A esto se suma un dato estructural poco difundido: la producción lechera armenia no alcanza a cubrir la demanda de la industria en los meses de invierno, lo que explica en gran medida la importación de leche en polvo y de productos lácteos terminados como manteca, queso y requesón. La carne importada, por su parte, ya representa la mitad del consumo cárnico nacional, como resultado de la baja productividad ganadera y de una oferta interna de carne y leche poco confiable.
El contexto que agrava el cuadro
La discusión llega en un momento sensible: Rusia restringió, desde el 12 de junio, el ingreso de productos armenios sujetos a control cuarentenario —frutas, verduras, cereales y frutos secos—, invocando controles fitosanitarios. La medida no alcanza, por ahora, a las exportaciones rusas de trigo hacia Armenia, pero deja a la vista la dependencia extrema de un único proveedor en un producto de primera necesidad.
El Gobierno, por su parte, ya lanzó este año un programa de subsidios para productores de leche cruda: 15.000 drams por cabeza para quienes tengan entre 3 y 22 vacas registradas y cumplan con los controles sanitarios y de vacunación exigidos por el sistema electrónico "ANI PAS".
El diagnóstico, en definitiva, es el mismo en los tres frentes: Armenia depende de un puñado de proveedores externos para alimentar a su población, y los planes de autoabastecimiento —trigo, leche, carne— llevan años prometiendo un cambio de escala que, hasta ahora, no llegó a producirse.
Diario Sardarabad