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Domingo 21 de Junio - Buenos Aires - Argentina
PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Opinion - Suren Sureniants, politólogo
El peligroso autoengaño de Pashinian
21 de Junio de 2026

Mientras el diputado oficialista Artur Hovhannisian lanzaba con sarcasmo desde la tribuna de la Asamblea Nacional la pregunta a la oposición —"¿dónde están los 300 mil azerbaiyanos?"—, en esas mismas horas se celebraba en Ordubad, Najicheván, el 3.º Festival-Conferencia Estatal «Regreso al Azerbaiyán Occidental».

Allí, altos funcionarios azerbaiyanos —el ministro de Educación y Ciencia, Emin Amrullaev, y el vicepresidente del Parlamento, Ziyafet Askerov— formularon declaraciones que contienen abiertamente reivindicaciones territoriales y políticas sobre la República de Armenia.

Amrullaev calificó el tema del «Azerbaiyán Occidental» como una cuestión de importancia estratégica, vinculándola directamente al proceso de construcción de la identidad nacional azerbaiyana. Askerov, por su parte, declaró que cada «azerbaiyano occidental» tiene derecho a regresar a «la tierra de sus ancestros», presentando explícitamente los territorios de Armenia como «tierras históricamente azerbaiyanas».

La ideología del «Azerbaiyán Occidental» hace tiempo que se ha convertido en uno de los pilares de la política de Estado azerbaiyana. Se introduce de manera sistemática en los programas escolares, en las cátedras universitarias, en los medios de comunicación estatales y en la retórica oficial. No se trata de una acción de propaganda pasajera, sino de una estrategia deliberada cuyo objetivo es construir la base ideológica y política para futuras reivindicaciones sobre Armenia.

A la luz de todo esto, resulta aún más evidente el comportamiento político de Nikol Pashinian y su gobierno. La impresión que generan es que siguen viviendo bajo la ilusión de que es posible «apaciguar» a Bakú mediante concesiones unilaterales y la atenuación de las tensiones.

Pero la realidad es otra: tras la despoblación forzosa de Artsaj, el apetito de Azerbaiyán no disminuyó, sino que se amplió sustancialmente. Si ayer el blanco era Artsaj, hoy la misma lógica pone en circulación la tesis del «Azerbaiyán Occidental», dirigida ahora contra el territorio soberano de la República de Armenia.

¿Acaso Pashinian creyó genuinamente que, dejando caer el tema de Artsaj y haciendo concesiones una tras otra, sería posible «apaciguar» a Azerbaiyán? Si así fue, el fracaso total de esa política es hoy incontestable. Bakú no solo no ha renunciado a sus demandas, sino que las ha llevado a un nuevo nivel, más peligroso: intenta construir «justificaciones» históricas, políticas e incluso demográficas para sus ambiciones futuras sobre Armenia.

Y si el gobierno es consciente de esos peligros pero continúa presentándolos ante la sociedad como «exagerados» o «fake», entonces no estamos ante un error político, sino ante una actitud deliberada: embotar la vigilancia pública y enmascarar la verdadera dimensión de la amenaza.

Lo que Armenia necesita hoy no es el encubrimiento de la realidad ni el autoengaño, sino una evaluación sobria y honesta de la situación. Las amenazas no desaparecen simplemente porque el gobierno prefiera no hablar de ellas o ridiculizarlas. La historia ha demostrado en reiteradas ocasiones que las derrotas más graves de los Estados no comienzan con un golpe externo, sino con el momento en que se evalúa mal la realidad, se subestiman los peligros y se cae en el autoengaño.

Ha llegado el momento de poner fin a ese autoengaño.

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