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PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Opinion - Marieta Khachatrian
Nos quedamos sin la solidaridad nacional que soñamos
19 de Junio de 2026

 

La Comisión Electoral Central (CEC) resolvió el 14 de junio que las irregularidades denunciadas por «Armenia Próspera» en tres circunscripciones no alcanzaron para modificar los resultados electorales, aunque declaró nulas esas mesas. Al partido Armenia Próspera le faltaron apenas unas pocas decenas de votos para ingresar al Parlamento, lo que alteró el perfil de la nueva Asamblea Nacional: «Contrato Civil» pasó de 61 a 64 bancas, completando así la mayoría calificada de 3/5 que exige la Constitución para aprobar leyes de especial importancia y designar funcionarios clave.

Los resultados finales publicados por la CEC fueron: «Contrato Civil»: 726.819 votos (49,74%); «Armenia Fuerte»: 340.006 votos (23,27%); alianza «Armenia»: 144.983 votos (9,92%). La distribución de bancas: «Contrato Civil»: 64; «Armenia Fuerte»: 29; alianza «Armenia»: 12.

El impacto sobre la ciudadanía es ante todo psicológico: más de medio millón de personas le negó el voto al oficialismo, y esa voluntad no puede ignorarse. Para el Gobierno tampoco es una victoria cómoda: carece del respaldo social sólido que requieren decisiones trascendentes como firmar un tratado de paz, habida cuenta de que medio millón de armenios discrepa con esa política.

La semana poselectoral no trajo claridad sino más polarización. Los bloques opositores no se presentaron al Parlamento, y el oficialismo respondió con amenazas y tono agresivo, sin esbozar ninguna hoja de ruta de gobierno. Nikol Pashinian volvió a llamar a la oposición «espías de otro país» y distribuidores de coimas, amenazando con que «el terciopelo se acabó» y que comienza la etapa de castigo a la «oposición de tres cabezas crimoligarquica». Lo que cabía esperar de esa sesión parlamentaria —una señal sobre cómo gobernaría el oficialismo con una mayoría ajustada, qué táctica adoptaría, cuáles serían sus prioridades— brilló por su ausencia.

La oposición evalúa impugnar los resultados ante el Tribunal Constitucional, aunque una eventual convocatoria a nuevas elecciones difícilmente le sea favorable: el voto motivado sería más difícil de replicar y las causas penales iniciadas contra varios de sus dirigentes tendrán efecto disuasorio. Samvel Karapetian, conductor de «Armenia Fuerte», anunció su intención de conformar una coalición opositora poselectoral, reconociendo como un error no haber logrado la unidad antes de los comicios. Voces cercanas al poder, como Daniel Ioannisian, también insinúan la posibilidad de nuevas elecciones anticipadas.

En paralelo, el oficialismo puso en circulación rápidamente un paquete legislativo que exigiría seis meses de residencia previa para votar en elecciones nacionales o referéndums, iniciativa que le permitiría convocar a una reforma constitucional sin mayoría parlamentaria calificada. La pregunta que flota en el ambiente es si se repetirá el escenario de 1994, cuando se prohibió la actividad de un partido político en Armenia.

Lo que más inquieta hoy a quienes se preocupan por el país es que esta confrontación ya puede dañar la estabilidad de Armenia, la resolución de sus urgentes problemas económicos e incluso su seguridad nacional. Y eso ocurrirá inevitablemente si el principal objetivo de la oposición sigue siendo la caída del Gobierno, y el del Gobierno, aniquilar a la oposición.

El síndrome del «nosotros y ellos»

La autora habla con la autoridad de quien vivió situaciones análogas. En 1996 trabajaba en el mismo periódico que Pashinian, y ese año las fuerzas opositoras encabezadas por Vazgen Manukian obtuvieron más de 400.000 votos y denunciaron fraude. El gobierno de Levon Ter-Petrosian perseguía a los opositores; Marieta Khachatrian escribía entonces que Ter-Petrosian también era el presidente de esos 400.000 votantes y que no valía la pena cultivar el odio.

Ter-Petrosian, y después de él todos los presidentes armenios, construyeron su poder sobre la polarización de la sociedad, empleando las tecnologías del odio y la fractura porque la alternativa —crear garantías reales de seguridad, bienestar y justicia para todos los ciudadanos— era algo que ninguno de ellos fue capaz de hacer. El resultado siempre fue el mismo: el cambio de poder de 1998, el 1 de marzo de 2008, la revolución de 2018.

Este oficialismo y esta oposición llevan ya ocho años dentro de la misma lógica. Y hoy, en las tribunas poselectorales, el Gobierno habla primero no de sus pasos económicos ni del desarrollo del país, sino de encarcelar y castigar a la oposición.

Durante más de treinta años, escribe Marieta, soñó con ver en su pequeño país una solidaridad nacional, con que los armenios dejaran de odiarse entre sí, porque «cuando un armenio odia a otro armenio, le hace el trabajo al turco». En 1996 escribió lo mismo. Hoy vuelve a escribirlo. Y teme, una vez más, haberlo hecho en vano.

Especialmente ahora, cuando el acuerdo histórico entre EE.UU. e Irán acelera los tiempos en la región —también en lo que respecta al corredor TRIPP— y cuando las negociaciones paralelas entre Putin y el canciller turco Hakan Fidan en Kazán pueden contener acuerdos secretos que afecten directamente a Armenia. El país no puede permitirse el lujo de estar enredada en sus peleas intestinas cuando el tablero regional se mueve a esa velocidad.

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Artículo publicado originalmente en AZG Semanario (Еrevan, 19 de junio de 2026). Traducción y adaptación: Diario Sardarabad.

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