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Opinion - Gegham Mkrtchian, analista y comentarista político
Dos problemas prioritarios para estas elecciones
05 de Junio de 2026

 

En la antesala de estas elecciones parlamentarias, una digna armenia escribía con dolor en su página de Facebook: «Le temo a la sociedad armenia»… Se refería, por supuesto, a la sociedad de Armenia. Desde los primeros días de la independencia hasta hoy, nuestra comunidad no solo ha visto y vivido muchísimo, sino que ha sido sometida a los más diversos «tratamientos», tanto por fuerzas externas como por los sucesivos gobiernos internos, y a causa de los «valores» que estos sembraron, parece haber perdido el rumbo, sin parecerse ya a lo que fue. El que aceleró este proceso con sacudidas sin precedentes y lo llevó a un punto ya peligroso es, a todas luces, el gobierno de Pashinian, que llegó al timón del país hace ocho años y que ahora busca reproducirse mediante las próximas elecciones.

Existe una norma moralmente aceptada en el mundo: el gobernante derrotado se retira voluntariamente. En nuestro caso, el «comandante supremo» que nunca sirvió en el ejército —he aquí otro problema sobre el que reflexionar— no se fue tras la amarga derrota de la guerra de los 44 días de Artsaj y las gravísimas pérdidas causadas. Se quedó y abrió la puerta a nuevas devastaciones, sobre las que volveremos más adelante.

Hay además algo que la historia no debería perdonarle jamás a Nikol Pashinian. Aunque el mundo entero se hubiera detenido e, ignorando tanto la realidad histórica como el grado de subjetividad jurídicamente reconocida de Artsaj —la región autónoma indudablemente existía—, hubiera declarado que Artsaj pertenece a Azerbaiyán, ningún gobernante armenio tuvo jamás el derecho de decir lo mismo. Y eso, por mucho que los astutos y aduladores europeos —un Charles Michel y sus semejantes— lo hubieran presionado para ello. Pashinian lo dijo, lo declaró oficialmente, para asombro quizás hasta de los propios azerbaiyanos.

¿Acaso por eso no debía haberse ido, o al menos ser removido por todos los medios legales? Y sin embargo, hoy mismo se para frente a los artsajíes despojados de su tierra milenaria, de sus hogares y de todo lo que tenían, y ante su vista insiste, echando agua al molino del enemigo: «¿Y cuándo fue Karabaj nuestro?»

Digamos también: un hombre acostumbrado únicamente a la retórica desde las plataformas de mítines y desde la tribuna parlamentaria, ajeno a la diplomacia por formación, sin ser economista, jurista ni politólogo preparado, además derrotado y al frente de una Armenia debilitada —¿cómo pudo y cómo puede negociar con el mínimo de éxito frente a europeos afinados en provocaciones diplomáticas, frente al hijo de Heydar Aliyev, viejo diplomático, respaldado por Turquía y el cebo del petróleo y el gas, victorioso e insaciable? Además, algunas ideas y declaraciones hostiles que emite el primer ministro —quien ejerce de facto un poder personal en el país por deficiencias legales— parecen incluso adelantarse al enemigo, sugiriéndole ideas. ¿Acaso no fue él el primero en declarar públicamente que el monte Ararat no es nuestro, que no tiene relación con nosotros, que solo el Aragats nos pertenece? E incluso la imagen de esa Montaña, que permanece como símbolo de la armenidad ante los ojos de un mundo indiferente, han comenzado a eliminarla de nuestra simbología

En el mundo de hoy, especialmente rapaz y en rápida transformación, para la supervivencia y el fortalecimiento de un país como el nuestro —enfrentado a problemas gravísimos— son vitales: la cohesión interna, la unidad en torno a los ideales, valores y pilares nacionales, y la creación de bases sólidas de defensa sustentadas en el desarrollo económico. A aquellos compatriotas que, valorando las medidas de orientación social adoptadas por el gobierno actual —incluso las tomadas en período preelectoral— tienen intención de votar por su reelección, les pedimos que imaginen lo siguiente con una mirada más amplia, con la preocupación por el destino común del país y de sus generaciones venideras:

¿Qué pasará si este gobierno se reproduce?

En primer lugar, continuará la desnacionalización de la educación escolar y universitaria, forja de la nación y artífice del futuro del Estado. En las universidades de Armenia, las asignaturas de «Lengua armenia», «Literatura armenia» e «Historia de Armenia» han dejado de ser obligatorias. Se cerró el Instituto Nacional de Educación. El nuevo estándar estatal de educación general —impuesto pese al rechazo unánime y categórico de toda la comunidad académica y universitaria del país— preparará a las generaciones venideras con ciertos conocimientos y habilidades, pero sin ser portadoras de valores nacionales. Se ignora el rol formativo de la lengua armenia, cima de nuestra identidad y cultura; en un pasaje incluso se la equipara a una lengua extranjera (se escribe: «en lengua materna y otros idiomas extranjeros»)… De todo esto han surgido nuevos programas e infames libros de texto…

Incluso la palabra «nacional» desaparecerá de los nombres oficiales de nuestras instituciones culturales más importantes e irrepetibles.

Hace poco más de tres décadas, Armenia era un país con una poderosa industria, una cultura floreciente y una ciencia que dialogaba con el mundo, aunque no fuera independiente. El desmantelamiento depredador del complejo industrial quedó consumado en los primeros años de la independencia. El estado general de la cultura tampoco es comparable en modo alguno con el pasado. Y en caso de reelección de este gobierno, la Academia Nacional de Ciencias de Armenia será eliminada como sistema —así lo han decidido—. Por más que, según aseguran, hayan aumentado el financiamiento científico, el hecho es que la red entera de más de 35 institutos de investigación sectoriales, establecimientos, empresas y organizaciones será cerrada como tal, con el incierto horizonte de fusionarse con universidades y otras estructuras —una perspectiva que parece arrojada al azar—. Quedará quizás una estructura formal y consultiva sin sentido, llamada Academia de Ciencias…

Se pondrá en marcha el programa de la «ciudad académica»: un proyecto de enorme escala que nos parece carente de sentido e incluso irrealizable en su totalidad. Ese programa, que demanda gastos descomunales y prolongados esfuerzos organizativos, prevé construir desde cero —en un paraje actualmente desierto, fuera del perímetro de la capital— un barrio entero con edificios, complejos e infraestructuras de todo tipo, y trasladar allí las universidades de Ereván agrupadas. Los mejores edificios universitarios, construidos durante cien años en sectores cercanos entre sí en el centro mismo de la capital —con toda la energía acumulada que encierran—, quedarán vaciados y enajenados como estructuras comerciales. Todo el pensamiento científico-pedagógico, toda la juventud estudiantil de vanguardia de nuestras generaciones, será desterrada del corazón de la ciudad y peligrosamente concentrada en esa periferia, aislada de la vida urbana. Al mismo tiempo, se pone en riesgo la existencia futura de las universidades y filiales que funcionan en otras ciudades del país.

Con el atractivo programa de construcción, reconstrucción o renovación de 300 escuelas públicas, más de 220 escuelas rurales en toda la república serán cerradas, poniendo en riesgo también el futuro de esas aldeas. Las provincias con mayor número de cierres serán Shirak —con 48— y, nótese bien, Syunik

Parece que se va apagando y podría silenciarse el vínculo de cooperación con la Diáspora. Se han enturbiado las relaciones con Irán, que en este momento histórico estaba dispuesto a ser un poderoso aliado para nosotros. Las imprudentes manifestaciones de hostilidad hacia Rusia podrían acarrearnos graves consecuencias.

Junto a la capitulación incondicional ante las interminables exigencias del vecino hostil, el primer ministro y su equipo se muestran intransigentes en la política interna —en algunos casos actuando incluso por encima de la ley—. Si es reelecto, Pashinian y su administración continuarán con nuevas manifestaciones inaceptables la campaña, ya prolongada e incluso violatoria de normas constitucionales contra la Iglesia Apostólica Armenia y el Katolikós de Todos los Armenios, campaña cuyas medidas ilegales han sido incorporadas a su programa electoral.

Continuará este oscuro proceso de siembra de hostilidad, odio y división en la sociedad, poniendo en peligro la solidez del país y del Estado. Continuará la persecución judicial y la neutralización de quienes no comulgan con el oficialismo, de los opositores y los rivales políticos. Se ejecutarán las amenazas proferidas durante esta campaña —o más bien durante esta inaceptable campaña de propaganda negra— de «liquidar», «arrodillar», «estrellar la cabeza contra la pared» (la otra palabra soez no la considero apropiado repetirla) dirigidas contra distintas personas y fuerzas… Y así sucesivamente.

Lamentablemente, hasta ahora todos los gobiernos de la República de Armenia han hecho, a su turno, todo lo posible para devastar y desacreditar el campo político e impedir el surgimiento de nuevas fuerzas dignas. Y hoy, en esta votación verdaderamente decisiva para el futuro del país, pareciera que no tenemos grandes posibilidades de elección, pese a la cantidad de fuerzas en competencia. A algunas, lamentablemente, las conocemos bien; de otras tenemos un conocimiento parcial y no sabemos en qué medida son capaces de gobernar el país. Pero al menos estamos obligados a votar con una orientación comparativa.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto, estamos convencidos: el primer problema es rechazar a este gobierno y detener este peligroso proceso. El segundo es ir a votar obligatoriamente. Si una fuerza obtiene 40 votos con 100 votantes, tendrá el 40% de los sufragios; pero si obtiene la misma cantidad con 1.000 votantes, tendrá apenas el 4%…

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