¿Quién queda ya que no se entrometa en nuestros asuntos desde afuera, en nuestras elecciones parlamentarias que tendrán lugar dentro de dos días? Casi nadie: no solo entre los actores más o menos importantes, sino también entre los juguetes políticos, como Zelenski, como Saakashvili, a quien hasta el propio pueblo georgiano desprecia.
En cuanto a los actores principales, el más importante de todos, Estados Unidos, violando incluso su tradición declarada oficialmente de no inmiscuirse en los procesos democráticos de otros países, desde agosto, con su presidente Trump al frente, apoya abiertamente a uno de los candidatos: Nikol Pashinian. Para demostrarle su estima, hace unos diez días envió a Zvartnots su charming boy Marco Rubio a firmar —o más bien a ratificar— el "camino de Trump", cuyo futuro es tan nebuloso como el futuro pospresidencial del propio Trump. Esa deslucida ceremonia tuvo lugar en el mismo aeropuerto, en el mismo avión, lo que me recordó la infame firma del Tratado de Kars* de 1921 en un vagón de tren…
A esa ceremonia "aseguradora" la había precedido, como es sabido, la convocatoria de la "conferencia política" de la Unión Europea en Ereván, que no era otra cosa que una acción contra Rusia con el mensaje de "en tu zona de influencia, contra ti". La conferencia se desarrolló con la participación de Nikol e ignorando al aliado estratégico, sin que el anfitrión ofreciera respuesta alguna, abriendo de par en par la puerta a las conversaciones de "divorcio" Moscú-Ereván.
La tercera injerencia, como era de esperar, llegó de parte de Rusia, que sabe muy bien cómo ajustar sus golpes de respuesta a los errores del otro, es decir, a los nuestros. El que se equivoca somos nosotros una vez más, en gran medida empujados por actores externos, entre ellos —no olvidemos subrayarlo— la propia Rusia, cuyo presidente en su momento no justificaba a Nikol, declarando que no era un traidor, y esto en vísperas de las elecciones parlamentarias de 2021. Quizás precisamente para poder justificar después, en 2023, su propia "inimputabilidad" por haber tolerado nueve meses de hambruna del pueblo armenio de Artsaj y luego aceptar la entrega de Artsaj como un "hecho consumado", sirviéndose siempre de la coartada nicoliana…
Y ahora, supuestamente para ayudar a los candidatos a primer ministro considerados prorusos, Rusia aplica sanciones causando graves daños a nuestra economía: bloqueando el ingreso de productos armenios en los puestos de control de Lars y Bagratashen, y manteniendo cerrado el mercado ruso no solo para los productos agrícolas, sino también para las bebidas alcohólicas, aguas minerales e incluso flores. Como si los rusos se enteraran por primera vez de que el agua mineral armenia Jermuk ya había sido prohibida en Alemania y luego en Grecia hace cuatro o cinco años por contener arsénico en concentración superior a la norma, algo que Azg había publicado en su momento. ¿O acaso era la primera vez que ciertos tipos de coñac que ingresan a Rusia bajo denominación armenia no tienen nada de armenio? ¿Es justamente ahora cuando la Moscú oficial ha despertado y quiere dar una lección, en vísperas de las elecciones, a su protegido "Nikol Vováich", en la persona del pueblo armenio y del Estado armenio?
Pero ese mismo aliado, aprovechándose siempre e incansablemente de los errores de Nikol, ahora intenta descargar su amargura sobre el pueblo "hermano", lo que da alas a nuestros enemigos, Bakú y Ankara, quienes quieren convertir en marioneta, y ya han convertido, a nuestro Estado: sin Ararat, sin Artsaj, sin Diáspora y sin la Armenia que exige reparación por el Genocidio. "Nikol o la guerra", "Nikol o nadie", repiten esos chantajistas.
¿Quién hubiera podido imaginar que Nikol Pashinian fuera a ser tan amado por todos, excepto por la mayoría de los ciudadanos de Armenia? Dicen amarlo y se entrometen libremente en nuestros asuntos…
Dejen que nuestro pueblo decida su propio destino y recupere lo que ha perdido en estos últimos ocho años.
-------------------------------------------------
* Nota de la redacción: El Tratado de Kars fue firmado el 13 de octubre de 1921 en un vagón de ferrocarril en la ciudad de Kars —hoy territorio turco— entre el gobierno de Ankara y las repúblicas soviéticas de Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Por ese acuerdo, impuesto bajo fuerte presión rusa y turca en el contexto de la sovietización del Cáucaso, Armenia perdió el monte Ararat, la región de Kars y otros territorios históricos armenios. Aunque en el momento de su firma Armenia no reconoció sus términos por considerarlos injustos, tras la independencia de 1991 el Estado armenio lo aceptó como parte de los tratados heredados de la era soviética. El tratado sigue siendo, no obstante, una herida abierta en la memoria colectiva del pueblo armenio.