El 28 de mayo de 1918 no fue, para el pueblo armenio, una mera proclamación administrativa ni un gesto diplomático en tiempos convulsos. Fue una respuesta existencial. Cuando el derrumbe del Imperio ruso dejó al Cáucaso a la intemperie, cuando el avance otomano amenazaba con completar la destrucción iniciada años antes y cuando la sombra del genocidio se extendía sobre los sobrevivientes, Armenia declaró algo más profundo que una independencia: declaró que no aceptaría su extinción.
La Primera República de Armenia nació en condiciones que hoy resultan difíciles de imaginar en toda su magnitud. Nació entre ruinas, desplazamientos masivos, hambre, enfermedades y un agotamiento colectivo que no era solo material, sino también espiritual. Sin embargo, de ese paisaje de pérdida emergió una decisión política y moral: organizarse, resistir y afirmar soberanía allí donde muchos, dentro y fuera de la región, ya consideraban que no quedaba posibilidad histórica para un Estado armenio.
Por eso, el 28 de mayo no puede entenderse sin las jornadas de Sardarabad, Pash Abaran y Gharakilisé. Aquellas batallas no enfrentaron únicamente ejércitos: enfrentaron destinos. Combatieron soldados, sí, pero también combatió una sociedad entera movilizada por la certeza de que la derrota significaba el fin. Sardarabad, en particular, no solo defendió Ereván; defendió la continuidad política de Armenia. Fue el punto exacto donde la historia pudo haberse cerrado definitivamente y, sin embargo, se abrió de nuevo.
La república que nació entonces vivió poco: apenas dos años y medio. Fue frágil, asediada, marcada por limitaciones extremas y por un entorno hostil. Pero su brevedad no reduce su peso. En ese período se sentaron instituciones, se ensayó una diplomacia propia, se articuló una administración moderna y, sobre todo, se estableció un principio que todavía hoy debe ser irrenunciable: la soberanía como condición de existencia nacional.
Recordar el 28 de mayo exige también evitar dos tentaciones: la nostalgia vacía y la solemnidad rutinaria. Conmemorar no es idealizar, sino comprender. Comprender que la supervivencia nacional tuvo un costo humano inmenso; que la organización fue tan decisiva como el coraje; y que la identidad no se sostuvo solo en el recuerdo, sino en la capacidad concreta de construir Estado, instituciones y cohesión social en circunstancias límite.
Para la diáspora armenia, esta fecha posee un significado complementario y profundo. Millones de descendientes de sobrevivientes crecieron lejos de la patria histórica, pero no lejos de Armenia. La llevaron en escuelas comunitarias, iglesias, centros culturales, periódicos, asociaciones y familias que se negaron a dejar que el exilio se convirtiera en olvido. El 28 de mayo pertenece también a esa diáspora que sostuvo la conciencia nacional cuando el Estado no existía o cuando la historia parecía haberlo clausurado.
Y para la Armenia contemporánea —independiente desde 1991—, el 28 de mayo de 1918 es raíz, no anécdota. La continuidad del Estado armenio moderno se enlaza con aquella república nacida en el borde del abismo. Sin esa generación que resistió, sin esa decisión de transformar supervivencia en soberanía, la idea misma de un Estado armenio en el siglo XXI sería otra, o quizás no sería.
Hoy, en un mundo que vuelve a naturalizar guerras, desplazamientos forzados y amenazas contra pueblos enteros, la lección de 1918 conserva una vigencia inquietante. Nada está garantizado para siempre. La existencia nacional requiere memoria activa, responsabilidad política, unidad social e instituciones capaces de proteger la vida colectiva.
El 28 de mayo no es solo una fecha para recordar lo que se ganó; es una fecha para medir lo que se debe cuidar. Hace más de un siglo, Armenia se levantó cuando muchos la daban por terminada. Que ese acto fundacional no se convierta solo en ceremonia; que siga siendo brújula. Porque, como enseñó Sardarabad, la historia continúa únicamente cuando una nación decide que continuará.
Hace 108 años, Armenia volvió a levantarse. Y aquella decisión histórica continúa interpelándonos hasta hoy.