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Opinion - Vladimir Martirosian, politólogo
El populismo en su grado más alto: vender la pérdida como logro
13 de Mayo de 2026

Detengámonos un momento a reflexionar seriamente sobre todo esto.

Durante la campaña electoral, el gobierno se para frente al pueblo, toma los símbolos del país y del Estado, los convierte en un pequeño mapa de plástico amarillo y golosinas, y empieza a intentar convencer a la gente como si fueran un logro.

Imaginen el absurdo completo. Un hombre vive en su casa, sobre su tierra, en su país, y justo antes de las elecciones llega el gobierno y empieza a venderle su propia casa con gran entusiasmo. Esto ya es un grotesco político de tal magnitud que mañana podrían señalar el patio de un ciudadano desde su ventana y decir: "¿Ves qué buen patio tenés? ¡Votanos." O entrar a su casa, señalar la pared con el dedo y decir: "¿Ves esta pared? Es tuya. Nosotros la conservamos."

Ahora están haciendo lo mismo con el Estado.

Muestran la silueta amarilla de plástico de Armenia como si la hubieran descubierto recién, como si fuera un regalo para el pueblo, como si su principal logro político fuera que Armenia todavía no se disolvió completamente en el aire. Y esto intentan venderlo con el envoltorio del orgullo, la victoria y la "estatalidad", con bailes, alegría y expresividad.

El grado más alto del populismo es exactamente este: cuando el poder ya no tiene futuro que vender, empieza a venderle a la gente lo que ya le pertenece. No dicen "miren lo que hemos creado, consolidado y hecho crecer", sino "miren cuánto todavía no se perdió o no fue cedido", y eso intentan presentarlo como un éxito.

Imaginen la dimensión de la tragedia política. Recibieron un Estado más grande, una realidad más segura, una Armenia más sólida, y ahora le traen al pueblo lo que quedó y dicen:

"Conservamos este plástico amarillo y las golosinas."

Esto ya no es propaganda.

Esto es un laboratorio de manipulación psicológica. A la gente la acostumbraron durante tanto tiempo a vivir con las pérdidas, que ahora intentan vender la pérdida como un logro, y hacer que se sienta agradecida por un Estado de envoltorio plástico, vacío y barato —pero con forma de golosina—, y eso intentan venderlo como Estado, como patria, como orgullo nacional.

¿Entienden la profundidad del absurdo?

Han llevado a un país entero a tal nivel de reducción simbólica que ahora cabe en el nivel de un decorado de plástico.

La gente vive sobre esa tierra, tuvo pérdidas por ese país, perdió seguridad, perdió futuro; miles de familias perdieron sus hogares, personas perdieron su patria; y ahora, en plena campaña electoral, les muestran un pequeño mapa amarillo —una versión plástica de lo que queda de Armenia— y dicen:

"¿Ves?… Esto es Armenia. Votanos."

Y lo más dramático es que ese símbolo ya lo convirtieron, incluso a nivel subconsciente, en un objeto dulce "para comer". Transformaron Armenia en un atributo electoral: un logo, un envoltorio, un producto de plástico, un espejismo azucarado que sostienen entre los dedos y pegan en el pecho como su propio "resultado".

P.D.: Si la sociedad no se detiene un momento y no comprende el nivel de todo este absurdo, mañana podrían traer la próxima versión —aún más reducida y amarga— del mapa, y con el mismo entusiasmo decir: "Miren, Armenia todavía existe. Agradézcannos."

 

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