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Opinion - Hagop Avedikian, Ereván, Armenia
Una reunión de forma europea, de fondo otanista, en Ereván
11 de Mayo de 2026

 

Por más que intentemos alejar los pensamientos pesimistas sobre las calamidades que amenazan a la Armenia post-electoral, no lo logramos y menos aún cuando el primer presidente de Armenia, Levon Ter-Petrosian, expresa públicamente la misma preocupación.

La pregunta surge sola: ¿por qué la plaga que ocupa el sillón de primer ministro anunció, hace apenas unos días, que el 8 de junio —es decir, el día siguiente a las elecciones— será jornada de concentración popular masiva en la plaza central de la capital? Habitualmente, los días posteriores a unas elecciones nacionales son de intenso trabajo interno para los partidos y alianzas participantes: los ganadores están inmersos en la distribución de cargos, los perdedores analizan causas y errores para no repetirlos. Pashinian, en cambio, convoca anticipadamente al pueblo a un "gran" mitin. ¿Con qué fin? ¿Qué tiene para decir? ¿No hay algo de siniestro en esa convocatoria? ¿No encierra acaso, tanto en caso de derrota como de victoria (¡Dios no lo permita!), una amenaza de revancha brutal contra sus adversarios?

He aquí la segunda amenaza: el chantaje turco-azerbaiyano de "o Pashinian o la guerra", que envalentonó a nuestro "héroe" —inspirado en la canción turca "Ne oldu, Pashinian, ne oldu" ("¿Qué pasó, Pashinian, qué pasó?"), con la que Turquía y Azerbaiyán celebraron la derrota armenia en Karabaj en 2020—repetir las mismas "hazañas", esta vez también bajo los aplausos de la Unión Europea.

¿No lo creen? Observen —si es que no lo hicieron ya— el trabajo de la llamada 8.ª Cumbre de la Comunidad Política Europea, celebrada estos días en el Complejo Deportivo-Cultural Karen Demirchian: la lista de participantes, los discursos pronunciados, los acuerdos firmados.

En otras circunstancias, deberíamos estar orgullosos y satisfechos de que semejante cumbre se celebre en nuestro país, a máximo nivel, en un momento de peligrosos desarrollos geopolíticos, de devastadores conflictos armados, de armamento de última generación y hasta de amenazas de uso de armas nucleares. Sin embargo, siguiendo atentamente el desarrollo y los discursos de la cumbre, observé dos cosas: primero, el esfuerzo velado por garantizar la reelección de Pashinian como agente confiable; y segundo, el empeño por expulsar a Rusia del Cáucaso. El ambiente estuvo dominado por la rusofobia, expresada con especial claridad por el presidente Macron —quien todavía no se ha recuperado de las bofetadas pedagógicas de su esposa Brigitte— al preguntar: ¿qué necesidad hay de tolerar 4.000 soldados rusos en el norte de Armenia, en la frontera con Turquía? ¿Hasta cuándo van a tolerar la presencia de la base militar 102 en su país?

En otras palabras, la cumbre convocada para debatir cuestiones políticas paneuropeas se convirtió en una campaña de expansión de la OTAN en nuestra región, de consolidación de la Alianza Atlántica en el Cáucaso e incorporación de Armenia al bloque, en fraternal abrazo con Turquía y su aliada y correligionaria Azerbaiyán, en contra de Rusia e Irán, amigos y vecinos de nuestro pueblo.

¿Quién le dio al primer ministro el derecho de decidir el destino político —y existencial— presente y futuro de Armenia, un destino que, repitámoslo, augura situaciones funestas para nuestro país, nuestro pueblo y la armenidad en su conjunto? En cualquier democracia, un ejecutivo así sería destituido de inmediato por el poder parlamentario y llevado ante los tribunales. Pero como lo que tenemos es apenas una dictadura parlamentaria (Parliamentary Dictatorship), de hecho no existe un verdadero Tribunal Constitucional. Por eso, personas como Pashinian —y aventureros como Zelenski, también presente en la cumbre— pueden permitirse tales atropellos.

En estas condiciones, por más que tengamos razones emocionales y políticas para estar descontentos con Rusia, no tenemos derecho a ignorar que su liderazgo, aun sin hacernos ningún bien, puede perjudicarnos y castigarnos simplemente con no hacer nada a nuestro favor.

Armenia, hoy y siempre, no puede actuar en contra de Rusia —política, económica ni estratégicamente—, y no son los Pashinian quienes pueden cambiar esa realidad histórica.

Traer a la OTAN a nuestro país significa traer al turco a perpetrar un nuevo genocidio contra nosotros.

¿Y todo esto para qué? ¿Para continuar con el poder despótico? ¿Para mantener al país y al pueblo atrapado entre potencias enfrentamientos? ¿Para enemistarse con Irán, nuestro vecino de siglos? ¿O para abrirle paso a la Turquía genocida para que complete su obra oscura? Y cuando llegue el peligro, ¿qué hará la OTAN —encabezada por la tan solícita Francia—, la misma que en junio de 1939, en contra de la decisión de la Liga de las Naciones, entregó a Turquía la región de Alexandreta —hoy provincia de Hatay—, poblada mayoritariamente por armenios, alauíes y árabes? ¿Qué les impediría a ella y al resto de la OTAN hacer lo mismo con nosotros setenta años después?

El destino del propio país y del propio pueblo no se pone sobre la mesa de juego. No necesitamos apostadores.

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