El presidente de Francia, Emmanuel Macron, realizó en Ereván otra declaración cínica, que esta vez atañe a la vida política interna de nuestro país.
«Me he comprometido a apoyar a Pashinian», declaró, mencionando también a la presidenta moldava Maia Sandu.
Cuando el dirigente de una gran potencia anuncia públicamente que apoya al primer ministro en ejercicio apenas un mes antes de las elecciones, eso constituye una manifestación flagrante de injerencia en la vida interna de ese país.
Lo más llamativo, sin embargo, fue el intento de Macron de presentar ese apoyo como una «defensa de la democracia». El presidente francés procuró distinguir entre formas «permitidas» e «inaceptables» de influencia externa: si es Occidente quien apoya, eso es «participación en la democracia»; si es Rusia quien intenta ejercer influencia, eso es «falsificación de la democracia».
Aquí es precisamente donde comienza el cinismo político. El apoyo explícito de un actor externo a la vida política interna de un Estado soberano no deja de ser injerencia solo porque se lo presente envuelto en el ropaje de la «defensa de los valores» o el «respaldo a la democracia».
En otras palabras, el problema no es el hecho de la influencia externa en sí, sino quién la ejerce y en beneficio de quién.
Las relaciones internacionales nunca se han construido sobre valores. Las grandes potencias actúan ante todo según la lógica de sus propios intereses, independientemente de los marcos morales o ideológicos con que revistan sus acciones. Francia no lleva adelante en Armenia una abstracta «misión democrática». París tiene aquí intereses geopolíticos concretos: ampliar su influencia en el Cáucaso Sur, debilitar las posiciones de Rusia y profundizar la presencia política europea.
En este contexto, el gobierno de Pashinian es visto como socio y portador de esa línea política. Por eso, el apoyo de Macron está dirigido a un poder político específico.
Cuando la posible influencia de Rusia se presenta como una amenaza y el apoyo explícito de Francia como «participación democrática», se configura un sistema de doble estándar que, en sí mismo, golpea la credibilidad de las instituciones democráticas.
Las elecciones armenias se están convirtiendo gradualmente en un campo de competencia geopolítica, donde distintos centros de poder ya apoyan abiertamente a sus actores preferidos.
¿Dónde termina el «apoyo» y dónde empieza la «injerencia»? Esta no es, en absoluto, una pregunta retórica.
Macron, en esencia, no respondió a esa pregunta. Simplemente intentó justificar que la influencia occidental tiene «una naturaleza diferente». Pero en las relaciones internacionales, esta tesis de la «excepcionalidad» siempre ha conducido a dobles estándares, cinismo político y la devaluación de la soberanía de los Estados pequeños.
La «democracia» de Pashinian se ha convertido no en un sistema estatal independiente, sino en un instrumento de disputa entre influencias externas.
Las elecciones serán decisión del pueblo armenio, no de París, Moscú ni Bruselas. Esta es la convicción firme de nuestro equipo electoral.
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Suren Sureniants, politólogo e historiador, es presidente del partido Alternativa Democrática de Armenia, integrante de la coalición opositora que encabeza Gagik Tsarukyan y su partido Armenia Próspera. Las elecciones parlamentarias armenias están previstas para el 7 de junio de 2026.