Algunos de nosotros aún no comprenden el significado ni la magnitud de la gesta que, quizás de manera involuntaria o instintiva, llevaron a cabo nuestros padres y abuelos durante el Genocidio y después de él. (No me refiero a esos frívolos que en este momento dirigen —espero que temporariamente— nuestro país y nuestro Estado, y que casi exigen un certificado de defunción para reconocer que el Meds Yeghern fue una realidad, que un millón y medio de armenios fueron martirizados).
Investigadores extranjeros, entre ellos turcos, hace tiempo se han convencido y reconocido las acciones genocidas premeditadas y ejecutadas por las autoridades turcas contra el pueblo armenio, y hasta se han asombrado, como registró el historiador inglés Christopher Walker en su libro Armenia. The Survival of a Nation («Armenia. La supervivencia de una nación»), ante el hecho mismo de nuestra supervivencia.
Fue verdaderamente una gesta —en particular para los armenios occidentales, tras las pérdidas humanas, materiales y espirituales sufridas, las deportaciones forzosas y el desarraigo— sobrevivir, subsistir como colectividad étnica dispersa por el mundo entero, y crear vida nacional: iglesias, escuelas, clubes, orfanatos, dispensarios, hogares para viudas, asilos de ancianos, centros de atención, prensa, e incluso literatura y teatro.
No recuerdo en la historia de nuestro pueblo ningún otro precedente en que, con semejante impulso instintivo y consciente, con semejante nivel de organización y con semejante espíritu de ayuda mutua y en condiciones tan adversas, nuestra nación se haya aferrado tan firmemente a la idea de su identidad nacional.
La primera y principal tarea de los sobrevivientes del Genocidio fue la reunificación del pueblo, comenzando por la reunión de los huérfanos. Uno de los primeros pioneros de esta labor fue Ruben Herian, oficial subalterno del ejército estadounidense, a quien posteriormente se le otorgó el título de «El padre de los huérfanos». Su programa consistía en «rescatar» a niños armenios de las tiendas de las tribus árabes a razón de una libra esterlina inglesa por huérfano armenio. Gracias a sus esfuerzos y a los de otros abnegados colaboradores —voluntarios filántropos suizos, noruegos, estadounidenses y de otras nacionalidades—, los huérfanos fueron concentrados en orfanatos de Alepo, Arabpunar y Qamishli (Siria), Jbeil, Trípoli, Rayak y Antelias (Líbano), Chipre, la isla griega de Corfú y Alexandrapol (Gyumri). Todo ello con el apoyo de la organización humanitaria estadounidense Near East Relief, de la Unión General Armenia de Beneficencia (UGAB) y de otras organizaciones armenias y extranjeras. En todo esto, la comunidad armenoamericana desempeñó siempre un papel fundamental, especialmente a través de las uniones de compatriotas, que luego tuvieron un rol decisivo también en Armenia a través del Comité de Ayuda Armenia (CAA), presidido por Hovhannes Tumanian en la construcción de aldeas y barrios urbanos: Nor Kghi, Nor Hadjin, Nor Kharberd, Nor Aintab, Nor Armavir, Nor Aresh, Nor Arabkir, Cilicia, Zeitun y muchos otros asentamientos, erigidos en gran parte con donaciones de Boghos Nubar, quien financió la construcción de Nubarashen. Una verdadera reconstrucción de la patria, llevada a cabo en su mayoría por manos de quienes fueron huérfanos. Fueron ellos quienes hicieron florecer lo que Tumanian llamó «la patria del llanto, la patria del huérfano», convirtiéndola en un país próspero que pronto se transformó en destino de las caravanas de repatriados armenios.
Tras la reunión de los huérfanos y la creación de estructuras de acogida, las cuestiones prioritarias pasaron a ser la educación y la formación en oficios. Se abrieron escuelas en las comunidades diaspóricas grandes y pequeñas. Por legado de Garabed Agha Melkonian, la UGAB inauguró en Nicosia el establecimiento educativo más importante: la Institución Melkonian, con su escuela normal, que en poco tiempo comenzó a proveer maestros a las nuevas escuelas. Paralelamente, en Beirut, gracias a los esfuerzos de destacados líderes de la Primera República de Armenia —Aghabalian, Vratsian y Levon Shant— comenzó a funcionar el Liceo Hamazkain. La misma función, durante décadas, la asumieron también el Seminario de la Katolicosado de la Gran Casa de Cilicia e Insituto Tcharagavorats del Patriarcado Armenio de Jerusalén.
Al mismo tiempo, los huérfanos que habían alcanzado ya los 16 a 20 años recibieron capacitación en oficios —zapatería, carpintería, sastrería, entre otros— para que, al llegar a la adultez, pudieran trabajar, ganar su sustento y formar una familia. Particularmente conmovedor fue el hecho de organizar el matrimonio de esos jóvenes artesanos con huérfanas de la misma edad que aún permanecían en los orfanatos, entregando una pequeña dote como regalo. Una iniciativa verdaderamente emotiva para formar familias jóvenes y crear una nueva generación.
Como vemos, en las condiciones más difíciles, el pueblo armenio devastado por el Meds Yeghern demostró, de manera instintiva y sabia, una capacidad asombrosa y admirable de autoorganización, supervivencia y reconstrucción.
Esto debe ser una lección para nuestras generaciones presentes y futuras: para sacar a nuestro pueblo, a nuestra patria y a nuestro Estado de las calamitosas situaciones del presente y del porvenir, para liberarnos de gobernantes nefastos e incompetentes, y para construir, con trabajo y sabiduría, un país verdaderamente poderoso, verdaderamente fuerte, verdaderamente próspero y verdaderamente justo y vital.