Mientras demolía las últimas iglesias armenias en Artsaj, Azerbaiyán "instruyó" a Armenia sobre cómo conmemorar el 24 de abril
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Azerbaiyán emitió el viernes 24 de abril un comunicado en el que condena la quema de una bandera turca ocurrida durante la procesión de antorchas en Ereván, la víspera del Día de Conmemoración del Genocidio Armenio, y le exige al gobierno armenio que "adopte las medidas pertinentes" y que "exija responsabilidades a los culpables". El tono no es el de un Estado vecino que expresa preocupación diplomática. Es el de una potencia que da órdenes a un gobierno subordinado.
Azerbaiyán no se limitó a expresar malestar. Emitió un documento formal, cargado de advertencias y exigencias, en el que le dictó al gobierno armenio lo que debería haber hecho en vísperas del 24 de abril.
El texto condena "enérgicamente" la quema de la bandera turca durante la procesión del 23 de abril y sostiene que el gobierno armenio "debería haber impedido esta campaña, basada en el odio étnico, y haber adoptado las medidas de seguridad pertinentes a tiempo".
Luego va más lejos: "Es totalmente inaceptable hacer la vista gorda ante tales actos inaceptables con el pretexto de las normas democráticas, la libertad de reunión y la libertad de expresión." En otras palabras, Azerbaiyán le explica a Armenia que la libertad de expresión tiene límites — los que Bakú considere convenientes.
El comunicado califica los hechos como "una clara manifestación de mentalidad fascista, revanchista y basada en el odio étnico" y concluye con una exigencia directa: "Instamos al gobierno armenio a que exija responsabilidades a los culpables de estos actos."
Lo que el comunicado omite — y que el mundo no debería olvidar — es que la procesión de antorchas del 23 de abril es una tradición centenaria de la juventud armenia para conmemorar el Genocidio perpetrado por el Imperio Otomano, antecesor histórico y aliado ideológico de la Turquía que hoy respalda a Azerbaiyán. Que en ese contexto alguien haya quemado una bandera turca no es un acto de odio étnico: es una expresión de dolor histórico que tiene nombre, fecha y 1.500.000 víctimas.
Azerbaiyán lo sabe. Por eso le molesta. Y por eso instruye.
Las palabras del comunicado azerbaiyano resultan aún más difíciles de sostener cuando se conoce lo que ocurría simultáneamente en Artsaj. En esa misma semana, las topadoras de Azerbaiyán trabajaban en Stepanakert.
El 12 de abril, la Diócesis de Artsaj denunció la demolición completa de la iglesia de San Hagop, templo que durante años funcionó como centro de la vida litúrgica de la comunidad armenia, donde cada domingo miles de fieles recibían la Eucaristía.
Días después, Azerbaiyán demolió la Catedral de la Santísima Madre de Dios, la iglesia más grande de Artsaj. Su piedra fundacional fue colocada en 2006 por el Katolikós de Todos los Armenios Karekin II y fue consagrada en abril de 2019. Durante la guerra de los 44 días, el templo había servido de refugio para miles de civiles que huían de los bombardeos azerbaiyanos sobre Stepanakert. El ombudsman del patrimonio cultural de Artsaj, Hovik Avanesian, señaló que la demolición coincidió con el 111° aniversario del Genocidio Armenio y que llamados abiertos a destruir el templo habían circulado en redes sociales azerbaiyanas antes del hecho, sin que nadie fuera sancionado.
A diferencia de cuando Azerbaiyán muestra con orgullo la demolición de edificios gubernamentales armenios, la destrucción de las iglesias se realizó en silencio, sin cobertura mediática oficial. La pregunta es inevitable: ¿les resulta incómodo mostrar al mundo cómo las topadoras derriban una iglesia cristiana?
La respuesta del gobierno armenio fue, en una palabra, ninguna. Consultado sobre la demolición de los templos, el primer ministro Nikol Pashinian declaró que su preocupación se limita a "los monumentos históricos y culturales ubicados en el territorio de Armenia" y descartó convertir la destrucción en "un tema de relaciones internacionales a nivel estatal", alegando que en estas cuestiones "hay que ser prudente, porque son una espada de doble filo".
Bajo el lema "Una nación, dos estados" — que define la alianza estratégica entre Azerbaiyán y Turquía —, Bakú dicta públicamente las acciones de Ereván mientras borra sistemáticamente toda huella armenia en Artsaj. La ironía es brutal: el mismo Estado que exige a Armenia que sancione a quienes quemaron una bandera turca es el que demuele iglesias cristianas en vísperas del aniversario del Genocidio, sin que el gobierno armenio pronuncie una sola palabra de condena.
No son hechos aislados. Entre los sitios ya destruidos en Artsaj figuran también la iglesia de San Juan Bautista en Shushi, las iglesias de San Sarkis en los pueblos de Tandzatap y Mokhrenes, la iglesia de San Hampardzum en Berdzor y la iglesia de la Santísima Madre de Dios en Mekhakavan, entre muchos otros. Lo que está ocurriendo en Artsaj tiene un nombre preciso: genocidio cultural.
La Agencia para el Desarrollo del Turismo y la Cultura de Artsaj lo definió sin eufemismos: "No se destruyen solo edificios, sino también la identidad de un pueblo, su pasado y su derecho al futuro."
El silencio, a esta altura, ya no es neutralidad. Es complicidad.
Redacción Sardarabad