SECCIONES
ARMENIA
LOCALES
DIÁSPORA
UGAB
INSTITUCIONES
EMPRENDIMIENTOS Y PYMES
OPINION
AGENDA
SOCIALES
EDICIONES
Temp.: -
Hum.: -
Viernes 17 de Abril - Buenos Aires - Argentina
PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Opinion - Hagop Avedikian, Ereván, Armenia
El Líbano: siempre pagando las culpas ajenas
17 de Abril de 2026

La República del Líbano, un pequeño país de rica historia, con una superficie de poco más de 10.000 km² y aproximadamente 3 millones de habitantes, conocido por el mundo antiguo principalmente como Fenicia, se extiende a lo largo de la costa oriental del Mar Mediterráneo, rodeado al norte y al este por Siria, y al sur por Israel (la antigua Palestina), teniendo como único respiro a su izquierda el azul mar, sobre el que se asientan sus famosos puertos históricos, de norte a sur: Trípoli, Biblos (en árabe, Yubail), Yuniyeh, la capital Beirut, Sidón (Sidon) y Tiro (Tyre).

Durante siglos, ubicados sobre la gran ruta marítima, esos puertos fueron centros de atracción comercial y económica para los antiguos egipcios, los griegos, los romanos, los árabes, el reino armenio de Cilicia y luego los turcos otomanos. Los europeos, especialmente los franceses, comenzaron a interesarse por este país portuario recién después de 1860, cuando los turcos, fiel a su costumbre, organizaron masacres de cristianos, particularmente en el Monte Líbano, sometiendo a su población a la muerte por hambre. El Líbano se volvió autónomo recién en 1861, cuando el país pasó bajo mandato francés; luego, en 1926, adquirió el estatus de república bajo tutela francesa, y en 1944 se convirtió en república independiente, miembro de la ONU y de la recién creada Liga Árabe.

Para entonces, el Líbano ya se había convertido en refugio seguro para los caldeos, asirios, cristianos greco-católicos y también para los armenios apostólicos y en general todos los armenios que habían huido de las persecuciones, masacres y del genocidio turco. De ese refugio se valieron posteriormente multitudes llegadas desde otros países de la región, cuando en 1948 se creó el Estado de Israel en Palestina, cuyos fundadores —como ya he escrito antes— prometieron traer la civilización occidental a los países vecinos y convivir en armonía con los árabes palestinos, pero desde el primer momento faltaron a su promesa y en cambio convirtieron en un infierno no solo Palestina para sus habitantes originarios, sino también para los países vecinos, expulsando a cientos de miles hacia el Líbano en particular.

Entre los desplazados había también algunos miles de armenios, ya antes emigrados desde Turquía, que en una sola noche llegaron sin aliento desde Haifa, Jaffa y Tel Aviv a Beirut, Trípoli, Latakia, y algunos a Jerusalén, que entonces estaba bajo dominio británico. Pero incomparablemente mayor era el número de árabes palestinos desplazados por la fuerza, quienes, por decisión de la Liga Árabe, no recibieron ciudadanía de los países anfitriones —incluido el Líbano—, bajo el cálculo de que, preservando la identidad palestina, tendrían en el futuro un argumento jurídico para regresar a su tierra confiscada…

La situación más grave se creó en el Líbano, que sin contar con fuerzas armadas adecuadas —los líderes estatales, poniendo sus esperanzas en los países árabes poderosos y ricos, han insistido con frecuencia en que "la fuerza del Líbano reside en su falta de fuerza"—, no pudo ni podía hacer frente, por un lado, a las sangrientas agresiones de su vecino del sur, ni tampoco, por el otro, a los ataques armados antiisraelíes y acciones terroristas de grupos armados internos, entre ellos la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Eso fue una oportunidad magnífica para el Estado hebreo de hacer en territorio libanés lo que quisiera. La situación se complicó aún más cuando las organizaciones comunitarias libanesas comenzaron también a beneficiarse de los envíos financieros y militares de los países árabes, lo que desembocó entre 1975 y 1990, durante 15 largos años, en una devastadora guerra civil.

En cuanto a los días presentes: agudizado el conflicto entre Irán e Israel, con la América de Trump involucrada de pies y manos, ya se desarrolla una segunda guerra, y aprovechando —como siempre— semejante ocasión, Israel ha vuelto a invadir el Líbano, bombardeando no solo el sur del país sino también distintos barrios de la capital, con numerosas víctimas. El objetivo declarado de Israel es Hezbolá, la organización por delegación (proxy) de Irán, a la que apoya la numerosísima comunidad chiita libanesa, que amenaza con derrocar el gobierno y provocar una nueva guerra civil si se llega a un acuerdo sobre el desarme de Hezbolá con Israel. Los días son de extrema tensión.

Para evitar un derramamiento de sangre interno, el presidente de la República del Líbano, Joseph Aoun, declaró que se niega a hablar con Benjamin Netanyahu según lo dictado por la parte americana, aunque dice celebrar el hecho del alto el fuego temporal iniciado a las 19 horas de la tarde. Al parecer todos aguardan el resultado de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos que se desarrollan en Islamabad, incluido el pequeño y querido Líbano, que se encuentra, bajo la mirada de los países árabes, atrapado en la red israelí-estadounidense-iraní, debatiéndose impotente.

¿La antigua Fenicia —el nuevo Líbano— saldrá esta vez también viva e ilesa? Ojalá así sea.

Más leídas