La Armenian General Benevolent Union, AGBU, no nació en tiempos de paz. Nació en medio de la tormenta, cuando el pueblo armenio enfrentaba su hora más oscura, y alguien decidió que la respuesta no sería el silencio sino la organización. Hay instituciones que nacen porque un pueblo se niega a desaparecer. La AGBU es una de ellas.
Cuando Boghos Nubar la fundó el 15 de abril de 1906 en El Cairo, no había Estado armenio, no había seguridad, no había certeza de futuro. Había, sin embargo, voluntad. Y esa voluntad tomó forma de red, de solidaridad activa, de acción concreta donde otros veían solo ruinas.
Ciento veinte años después, esa decisión fundacional sostiene a medio millón de armenios en más de 30 países.
Pero las instituciones no se sostienen solas. Se sostienen porque cada generación elige hacerlo. Calouste Gulbenkian lo hizo en tiempos de entreguerras, sosteniendo comunidades en Siria y el Líbano cuando el exilio parecía eterno. Arshag Karagyozian lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando hasta la sede debió cruzar el Atlántico para sobrevivir. Y fue Alex Manoogian quien, durante casi cuatro décadas, convirtió a la AGBU en la mayor organización armenia de la diáspora: un faro, no solo una institución.
Louise Manoogian Simone heredó ese faro y lo orientó hacia el futuro: abrió puertas a los jóvenes, estrechó lazos con Armenia independiente e impulsó la fundación de la Universidad Americana de Armenia.
Berge Setrakian, durante 22 años al frente, reafirmó que las grandes instituciones no sobreviven por inercia, sino por la decisión permanente de renovarse sin traicionarse.
Hoy, Sam Simonian conduce una AGBU que enfrenta desafíos que Boghos Nubar no podía imaginar: una diáspora más dispersa, identidades más fragmentadas, un mundo que cambia más rápido que las generaciones. Y sin embargo, la misión es la misma.
Desde Sardarabad creemos que instituciones como la AGBU son mucho más que organismos de beneficencia: son la arquitectura invisible que sostiene a un pueblo sin territorio propio. Son la prueba de que la identidad no se hereda pasivamente — se construye, se defiende y se transmite con esfuerzo consciente, generación tras generación.
En este aniversario, no solo celebramos 120 años de historia. Celebramos la decisión, renovada cada día, de seguir siendo armenios. Porque mientras esa decisión exista, ningún exilio será definitivo y ninguna historia estará terminada.
Porque si algo enseñan estos 120 años, es que la AGBU no pertenece a una época ni a una persona.
Pertenece a todos aquellos que creen que la cultura se preserva compartiéndola, que la identidad se fortalece educando, y que el futuro se construye juntos.