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Martes 31 de Marzo - Buenos Aires - Argentina
PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Opinion - Vladimir Martirosian, politólogo
La mecánica política de los domingos
31 de Marzo de 2026

En todo el mundo cristiano, el domingo le pertenece a Dios. Un día que el hombre le entrega a quien está por encima de él. Un día en que el hombre guarda silencio para que hable la fe. Pero en Armenia ese silencio ha sido arrebatado. Aquí hay alguien que no reconoce fronteras: ni entre lo sagrado, ni entre lo estatal, ni entre lo nacional. No gobierna solo el Estado, sino que intenta penetrar en todo. Desde la Iglesia hasta el Estado, desde los símbolos nacionales hasta la cultura, desde la familia hasta la fe.

Penetra no para proteger, sino para reconfigurar con su presencia. Entra donde no le corresponde y con su presencia altera el significado.

Porque para él el lugar no importa. Lo que importa es que él esté allí. Y en ese momento lo sagrado deja de ser sagrado, lo sacral deja de ser intocable y se convierte en decorado, en fondo, en material para hablar de sí mismo.

El cementerio de Yeraplur no fue para él un lugar de memoria. Se convirtió en un escenario para su presencia cuando ordenó dispersar por la fuerza a los padres de los soldados caídos que le bloqueaban el paso. No fue allí a inclinarse: fue allí a ponerse en el centro.

Lo mismo ocurrió en Santa Ana este domingo. Las personas que oraban no importaban, sus sentimientos no importaban. Lo que importaba era que él estuviera allí, que entrara allí, que se convirtiera en el eje de ese lugar. Esto no es simplemente una conducta: es psicología política. Cuando el poder ya no se limita a las instituciones y comienza a invadir el espacio de los símbolos, la fe y lo sagrado, ese es el momento en que el poder intenta convertirse no solo en gobernante, sino también en definidor de significados.

Y aquí radica el peligro: porque cuando lo sagrado pierde su límite, cuando lo sacral se vuelve accesible a la voluntad de cualquiera, la sociedad pierde sus pilares. Y solo queda uno: él, que está en todas partes y que llena incluso el domingo de Dios con su propia persona.

Me hacen sin cesar una misma pregunta: ¿qué hace este hombre, por qué lo hace, para qué está tan presente en nuestras vidas, por qué se convierte en parte de nuestra vida independientemente de nuestra voluntad?

Lo explico en pocas palabras y con sentido político.

Esto ya no es política clásica. Es un método de conservación del poder en el que el objetivo no es solo gobernar, sino convertirse en el entorno mismo. El Estado clásico opera mediante límites, el poder mediante instituciones, la sociedad mediante valores.

Pero cuando el poder comienza a perder sus pilares legítimos, transita hacia otro régimen: la expansión de territorios, entornos y centros de influencia, no solo de manera física sino semántica. Ya no le basta con leyes y atribuciones: empieza a apropiarse de los significados.

Y aquí está el mecanismo.

Este modelo de tecnología política tiene una fórmula simple pero peligrosa: si no puedes controlar la realidad en su totalidad, conviértete en una parte inseparable de ella. Porque aquello en lo que estás continuamente presente deja, con el tiempo, de ser percibido sin ti. Por eso está en todas partes. No porque deba estarlo, sino porque esa es la condición de su existencia. Penetra en aquellos espacios que han estado fuera del control directo del poder: lo sagrado, la memoria, la familia, la cultura.

Estos son los pilares más sólidos de la sociedad y precisamente ellos son su objetivo. Pero no los destruye abiertamente. Hace algo más sutil.

Se mezcla en ellos y con su presencia e influencia transforma su calidad y naturaleza, moldeándolos según sus intereses y no según la esencia propia de esos espacios.

Lo sagrado se vuelve debatible. La memoria, controvertida. El valor, relativo.

Y lo más importante: ya no permanecen de manera autónoma, sino que se convierten en subfunciones de su presencia.

Una vez más: el hombre va a la iglesia a hablar con Dios, no a relacionarse con el poder. Pero cuando él entra allí, trae consigo su política, su visión, su interés, y moldea lo que existe. Y en ese momento la oración deja de ser el centro, y el centro pasa a ser él mismo.

Esto no es una conducta accidental. Es una política sistemática de apropiación de símbolos. En ciencia política se la denomina "monopolización de los significados": cuando el poder intenta convertirse en el único filtro a través del cual la sociedad percibe la realidad. Y aquí está el peligro más profundo: porque cuando el poder penetra en el espacio sacral, no simplemente "participa", sino que recodifica, y eso ya no es poder sino control semántico.

Esta es la respuesta a por qué está en todas partes: porque si abandonara esos espacios, ellos recuperarían su significado autónomo, y desde ese momento su poder perdería su base.

Por eso no puede no estar allí.

Está obligado a irrumpir.

Está obligado a mezclarse.

Está obligado a estar en todas partes, porque esto ya no es solo gobierno, sino una lucha por la monopolización del significado de la realidad.

Y si este proceso no se detiene, la sociedad perderá no solo la elección política, sino también su sacralidad, su memoria, su identidad. Al final solo quedará uno: él, que está en todas partes, para presentar los significados a través de su propia percepción y sus propios filtros.

P.D. : El poder ha entrado en fase de juego final. Ya no hay un amplio margen de maniobra. No hay medias medidas, no hay escenario de retirada. Esta es la fase en que la apuesta es una sola: o el mantenimiento del control total, o el colapso sistémico. Ese es el sentido de estar en todas partes y llenarlo todo con su persona.

Pero la verdadera intriga no está aquí. La verdadera pregunta es: ¿quién juega en el mismo campo, con el mismo riesgo, con la misma lógica y con la misma apuesta de juego final, haciendo una contrapolítica de jaque mate frente a él? No dentro de su sistema y con sus reglas, sino creando un sistema propio y dejándolo afuera.

En el campo político, casi todos siguen ocupados con los cálculos electorales clásicos: ratings, porcentajes, bancas, coaliciones, intrigas. Es decir, están jugando un juego intermedio. Mientras que el juego real ya es un juego final.

Esta pregunta está abierta para muchos, pero para mí está profundamente cerrada. Contra los profundos desafíos mencionados —políticos, espirituales, axiológicos, ontológicos, semánticos y de dignidad— el adversario más peligroso, profundo y poderoso ha sido uno solo. Uno que hasta hoy está en prisión. No bajo arresto domiciliario, no con restricciones de aparición pública, no bajo supervisión administrativa, sino encarcelado.

El peligro que representa el Arzobispo Bagrat —y el horizonte que abre— este poder lo ha comprendido con mayor profundidad que quienes solo esperaban de Su Eminencia una solución política rápida y de consumo. En prisión está quien es peligroso no en términos de ratings, votos, elecciones o sociología, sino en términos de QUIEBRE —repito, un QUIEBRE incontrolable— y de hacer el jaque mate final.

Que Dios guarde a Su Eminencia.

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