A 50 años del 24 de marzo de 1976, la memoria vuelve a convocarnos. No como un ritual vacío, sino como un ejercicio necesario para comprender quiénes fuimos, quiénes somos y qué país queremos construir. Aquella madrugada, la democracia argentina fue interrumpida por la fuerza y el terrorismo de Estado se instaló como método: persecución, censura, exilio, apropiación de niños y miles de desapariciones marcaron una de las etapas más oscuras de nuestra historia.
Medio siglo después, recordar no es solo un acto de homenaje. Es una responsabilidad colectiva. Porque los desaparecidos no son números ni consignas: son vidas, familias, proyectos interrumpidos. Son también una advertencia permanente sobre lo que ocurre cuando la intolerancia reemplaza al diálogo y cuando la violencia se impone sobre la política.
Desde Sardarabad, este aniversario nos interpela con una dimensión aún más profunda. Las comunidades que conocen, por su propia historia, el dolor de la persecución, el desarraigo y la pérdida, comprenden el valor irrenunciable de la memoria. Recordar es resistir al olvido, pero también es construir un presente donde la dignidad humana sea innegociable. La memoria no divide: enseña. No ancla al pasado: orienta el futuro.
A 50 años, el desafío no es solo recordar lo ocurrido, sino preguntarnos qué hacemos hoy con esa herencia. La democracia argentina se consolidó, pero convive con desencanto, desconfianza hacia la política y el riesgo de la indiferencia. Sin embargo, la apatía nunca es una respuesta. Cuando la sociedad se aleja de la vida pública, la democracia se debilita; cuando participa, se fortalece.
La democracia argentina también dejó una señal histórica al mundo con el Juicio a las Juntas, cuando un tribunal civil juzgó a los responsables del terrorismo de Estado. Los jueces León Arslanian, Ricardo Gil Lavedra, Andrés D'Alessio, Jorge Torlasco, Guillermo Ledesma y Jorge Valerga Aráoz asumieron con valentía una tarea inédita. Entre ellos, Carlos León Arslanian, descendiente de armenios, representó también el compromiso de comunidades atravesadas por la memoria de la persecución y el genocidio. Aquella sentencia demostró que la justicia puede imponerse incluso después del horror y que el Estado de derecho es el único camino para consolidar la democracia.
El alegato final del fiscal Julio César Strassera marcó uno de los momentos más trascendentes de la historia democrática argentina. Al cerrar su exposición, aclaró que no buscaba originalidad, porque la frase ya pertenecía a la sociedad. “Señores jueces: Nunca Más”, dijo, transformando esas palabras en un compromiso colectivo. Desde entonces, el Nunca Más dejó de ser solo una consigna para convertirse en un principio ético del pueblo argentino.
Por eso, este 24 de marzo debe ser también una invitación. A las nuevas generaciones, para que hagan propia la memoria. A la sociedad en su conjunto, para que transforme la crítica en compromiso. A la dirigencia, para que entienda que la democracia no se sostiene solo con votos, sino con respeto, diálogo y responsabilidad.
El “Nunca Más” no es una consigna del pasado. Es una decisión que debe renovarse cada día. Defender la democracia implica rechazar cualquier forma de violencia política, cuidar las instituciones y reconocer que el disenso es parte esencial de la convivencia. Implica, sobre todo, asumir que la libertad y los derechos humanos no son conquistas definitivas, sino construcciones permanentes.
A 50 años del golpe, la memoria sigue siendo un puente. Une generaciones, interpela conciencias y nos recuerda que el futuro se construye con verdad, con justicia y con participación. Desde Sardarabad, renovamos ese compromiso: recordar para que no se repita, reflexionar para aprender y actuar para que la democracia sea, cada día, más fuerte y más humana.
Memoria, verdad y justicia. Hoy y siempre.