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Sábado 21 de Marzo - Buenos Aires - Argentina
PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Opinion - Hagop Avedikian, Ereván
¿Y quién le quitará el miedo al cobarde?
21 de Marzo de 2026

El miedo es uno de los fenómenos naturales e instintivos del mundo humano y animal, estrechamente vinculado al instinto de autodefensa y al impulso vital de autoconservación y supervivencia.

Las personas, al igual que los animales, temen los desastres naturales, los accidentes y las agresiones enemigas, y procuran —muchas veces a cualquier precio— resistir, soportar, defenderse y, cuando es posible, prevenir esos peligros. Sin embargo, a diferencia de los animales, los seres humanos también temen perder: a sus seres queridos, sus bienes, su trabajo, su posición, su salud, objetos valiosos o dinero. Algunos incluso temen lo desconocido, tema sobre el cual el gran maestro del suspenso, Alfred Hitchcock, creó obras tan impactantes.

El miedo se manifiesta de formas particulares, especialmente en los niños: la oscuridad, la soledad, los ronquidos nocturnos del padre, la jeringa o, en ocasiones, como consecuencia de una educación inadecuada, el temor a un perro o a un gato, o a perder un juguete o un dulce. Cuando estos miedos no se tratan (como se dice popularmente, cuando “no se les quita el miedo”), crecen con el tiempo y se agravan.

El miedo adquiere un carácter especialmente destructivo para el entorno cuando quien lo padece detenta poder, y más aún cuando gobierna un país y a su pueblo. Bajo su influencia, intenta combatir esa enfermedad interna, negarla y convencerse —y convencer a los demás— de que no tiene miedo, de que no es cobarde, sino temible, y que son otros quienes le temen.

Y así surge el tirano, reconocible por sus actos, su conducta, sus decisiones, su estilo personal y sus persecuciones. La desconfianza lo lleva a rodearse de numerosas fuerzas de seguridad, espías, agentes y subordinados, recurriendo a la persecución de inocentes, encarcelamientos y amenazas.

Desconozco qué tipo de infancia y juventud tuvo el primer ministro de nuestro país, pero, a juzgar por su comportamiento y sus decisiones en el cargo, su vida no ha sido fácil. En su etapa como editor, padeció constantes carencias materiales, lo que lo llevó a recurrir a prácticas no éticas en el ámbito periodístico, alimentando tanto su afán de riqueza como su resentimiento hacia los acomodados. Sin embargo, el factor más determinante fue la guerra de 44 días, que condujo sin la preparación ni el conocimiento necesarios. El resultado fue una derrota: miles de víctimas y la pérdida —y posterior entrega— de nuestra patria, Artsaj.

¿Cómo no quebrarse, no desesperarse, no temer? Y ese miedo persiste hasta hoy.

Pashazade ordena: «oprime, cierra la Iglesia», y él, con temor, oprime, cierra y bloquea a los religiosos. Erdogan exige: «olvida el Genocidio, Armenia Occidental y Cilicia», y él, aterrado, olvida e intenta hacer olvidar. Aliyev impone: «elimina tu Declaración de Independencia y abre paso a mis soldados», y él, perturbado, acata y va aún más lejos, promoviendo una nueva constitución y cediendo nuevos territorios.

Nuestro primer ministro tiene miedo. Hay que reconocerlo.

¿De qué otro modo explicar su más reciente desatino: la destitución de la directora del memorial del Gran Genocidio, Edita Gzoian, quien simplemente había obsequiado al vicepresidente de Estados Unidos un libro sobre Artsaj?

¿Cómo liberarlo de este síndrome del miedo? Es doloroso por él, pero también por nosotros y por nuestra patria.

Nuestros abuelos solían llevar a quienes sufrían de miedo a la iglesia, sacrificar un cordero como ofrenda y pedir al sacerdote que, mediante una oración de exorcismo, les quitara el miedo.

¿Nuestro cobarde acudirá a la iglesia para recibir esa bendición?

No lo sabemos.

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