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Viernes 13 de Marzo - Buenos Aires - Argentina
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Opinion - Hagop Avedikian, Ereván, Armenia
Esperando una paz engañosa
13 de Marzo de 2026

Quizás por milésima vez se confirma aquella verdad conocida: es fácil comenzar una guerra, pero difícil terminarla. Todo el mundo, sacudido por tensiones y convulsiones, espera el final de la guerra iniciada contra Irán por la alianza Estados Unidos–Israel, cuyo desenlace se retrasa, porque los propios instigadores del conflicto no saben con claridad qué han logrado ni hasta qué punto han cumplido sus objetivos iniciales.

Es cierto que Irán se ha debilitado considerablemente: sus misiles, artillería, drones y aviones de combate golpean cada vez menos objetivos estadounidenses e israelíes. Sin embargo, el casus belli planteado por el presidente Trump —más precisamente, las condiciones previas de eliminar el poder teocrático y destruir o renunciar a la capacidad nuclearno se han cumplido y probablemente nunca se cumplirán, a pesar de los asesinatos sucesivos de líderes religiosos y altos comandantes militares, perpetrados por ese mismo tándem.

En cuanto a la exigencia del primer ministro israelí Benjamín Netanyahula destrucción total de la República Islámica de Irán—, bien podría quedar como un sueño imposible, por más que el tándem estadounidense-israelí intente activar el factor kurdo y aumentar los ataques militares.

El tándem Estados Unidos–Israel tampoco comprendió que se enfrenta a un país y a un pueblo con al menos 3000 años de historia estatal, que saben preservar con dignidad y poner en práctica su experiencia histórica y sus tradiciones.

Esta situación sin salida la comprenden, ante todo, los propios pueblos judío y estadounidense. Los resultados de una reciente encuesta en Israel son bastante elocuentes: el 81 % de los israelíes está de acuerdo con bombardear Irán, pero el 59 % se opone a la política del primer ministro Netanyahu. A su partido, el Likud, le esperan días difíciles en las próximas elecciones.

En cuanto a los estadounidenses, según la encuesta más reciente citada por la revista británica The Economist, solo el 40 % apoya la política de Trump, mientras que el 56 % se opone, con apenas un 4 % de indecisos. Es un nivel de aprobación bajo para el Partido Republicano, que se prepara para elecciones decisivas dentro de seis meses, mientras los demócratas intentan aprovechar la situación para impulsar un juicio político contra Trump.

Sin embargo, la situación más crítica se vive en los países del Golfo Pérsico, especialmente en aquellos que albergan bases militares estadounidenses. Estas bases se han convertido en objetivos diarios de misiles iraníes, mientras que el minado y el cierre de facto del estrecho de Ormuz han dejado a esos países sin la posibilidad de exportar —e incluso de extraer— su petróleo.

Esos mismos países, en 1991, estaban plenamente satisfechos cuando, tras la invasión iraquí de Kuwait y la expulsión de las tropas de Saddam Hussein, Estados Unidos estableció poderosas bases militares en sus territorios. Hoy, esas mismas bases son bombardeadas, causando importantes pérdidas humanas y materiales.

Bajo el paraguas militar estadounidense, esperaban que, sobre todo después de la guerra de Irak de 2003 y la caída de Saddam, podrían continuar enriqueciéndose y prosperando en una paz duradera. Sin embargo, pronto quedó claro que la destrucción de Irak terminó beneficiando más a Irán, que así se libró de su principal enemigo regional.

Abriendo aquí un paréntesis, debo decir que no recuerdo ninguna intervención militar estadounidense —por poderosa e impresionante que haya sido— que haya traído una paz duradera al país o al pueblo intervenido. Recuerdo, por ejemplo, la entrada en 1958 de la poderosa Sexta Flota estadounidense en el puerto y las aguas de Beirut, durante la primera guerra civil libanesa. Los marines llegaron y se fueron, sin traer una paz duradera a ese pequeño Estado sometido a constantes presiones regionales. Los únicos beneficiados de aquellos miles de marines fueron los burdeles situados cerca del puerto.

Lo mismo ocurrió en 1983, cuando se estableció una base estadounidense cerca del aeropuerto de Beirut, que dos o tres meses después fue cerrada tras un atentado que costó la vida a 230 soldados estadounidenses.

Europa tampoco escapa a las turbulencias políticas y económicas. En las últimas semanas se han sucedido reuniones y debates para intentar resolver los problemas de seguridad y abastecimiento energético, especialmente después de la decisión del Kremlin de expulsar a diplomáticos extranjeros.

En una de esas sesiones celebradas en Estrasburgo, el primer ministro húngaro Viktor Orbán pronunció un discurso particularmente duro, respondiendo a acusaciones de corrupción con fuertes críticas dirigidas a Ursula von der Leyen.

Hace dos días, desde esa misma tribuna, habló también el primer ministro armenio Nikol Pashinian, quien, en lugar de referirse a las dificultades de Armenia en nuestra peligrosa región, consideró oportuno calificar a la Iglesia Apostólica Armenia como “el partido de la guerra”.

Y ayer, cuando un periodista en Ereván le preguntó por qué había presentado tal denuncia ante los europeos, respondió que no se trataba de una queja, sino simplemente de una descripción de la situación.

A este político circunstancial habría que recordarle que no es la primera vez que, desde tribunas internacionales, desacredita, ridiculiza y debilita la imagen de nuestro país, de nuestro Estado y de nuestras instituciones nacionales.

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