La alianza Estados Unidos-Israel lleva ya varios días intentando, mediante ataques con misiles y otras operaciones, desmantelar a Irán como Estado y como factor regional, cualesquiera sean los eufemismos que acompañen esos ataques, ese es el objetivo real. Por su parte, Irán, respondiendo con golpes contra bases militares estadounidenses en varios países de Oriente Medio e Israel directamente, busca reducir la presencia militar norteamericana en su entorno y debilitar al Estado israelí. No puede descartarse que el alcance de estas operaciones se amplíe: es una situación sumamente explosiva e imprevisible para toda la región y también para nosotros, especialmente considerando las informaciones sobre la intención de Trump de utilizar también el factor kurdo.
Ayer, por ejemplo, Irán atacó con drones Najicheván, causando daños en su aeropuerto internacional y dejando heridos. Mientras los medios azerbaiyanos debatían la posibilidad de un contraataque, el canciller iraní Kazem Qaribabadi desmintió que Irán hubiera atacado Najicheván. Pero Aliyev no cree en ese desmentido y promete medidas de respuesta. No sabemos bien qué clase de provocación se huele en todo esto, pero lo que sí es seguro es que existe una situación peligrosa cerca de nuestra frontera sur.
En términos más amplios, es difícil prever cómo evolucionará para nuestros vecinos —Turquía y Azerbaiyán— el horizonte de esta guerra: si Turquía será vista como un obstáculo en el camino de las ambiciones israelíes articuladas desde Washington, o cómo se comportará finalmente Irán respecto de Azerbaiyán. En este sentido, no podemos descartar complicaciones adicionales para Armenia, más allá de las ya existentes: flujos de refugiados, problemas logísticos, interrupciones en el suministro y encarecimiento de los energéticos, entre otros.
Si se quiere, es posible también extraer conclusiones sobre el contexto político del impacto de este conflicto en Armenia, en el sentido de que las ventajas de uno u otro bando podrían tener la capacidad de influir incluso en el resultado de nuestras elecciones. Pero eso puede analizarse más adelante, cuando se observe alguna distensión; por ahora se ve lo contrario.
Por lo pronto, volvemos una y otra vez a nuestro campo político interno, cuyas tensiones se manifiestan con especial intensidad durante las sesiones de la Asamblea Nacional. También esta vez el enfrentamiento entre las bancadas «Armenia» y Contrato Civil (C.C.) llegó a su apogeo en el recinto parlamentario y en los pasillos: los detonantes formales fueron el informe del Comité de Investigación sobre la lucha contra la corrupción, la suba de jubilaciones dispuesta por el gobierno y el programa de seguro universal de salud que comenzó este año. Estos dos últimos fueron duramente criticados por la oposición: el primero, tildado de maniobra electoral; el segundo, de incompleto, mal regulado e igualmente preelectoral. Las ocasiones, sin embargo, no importan demasiado, porque a partir de ellas las acusaciones mutuas desembocaron inevitablemente en un enfrentamiento político general. Falta muy poco para las elecciones, y eso lo explica todo.
Por otro lado, esa dinámica tuvo incluso un efecto positivo: la situación en torno a Irán no fue demasiado debatida en el parlamento, lo que permitió evitar formulaciones innecesarias en estos momentos peligrosos. Y es que el tema es delicado e de doble filo para Armenia —que coopera con Estados Unidos pero mantiene a Irán como país amigo—, y requiere un enfoque diplomático especial que, lamentablemente, no puede decirse que todos los diputados comprendan. Tampoco nuestros periodistas, quienes parecen empeñados en arrancarles a los funcionarios respuestas tajantes del tipo «¿por qué no expresaron condolencias?», sin considerar la ambigua posición en que se encuentra Armenia.
El presidente de la Asamblea Nacional, Alen Simonian, reveló sin quererlo que la postura oficial de Armenia es mantenerse al margen y no involucrarse en lo que ocurre. Sorprendentemente, tampoco compartía nuestra preocupación de que esta situación pudiera perjudicar al TPRI (Tratado de Paz Regional Integral). Nuestros funcionarios, incluido el primer ministro, repiten todos la misma letanía: hablar de paz mientras la guerra arde en la región. Parecen creer que vivimos en un acuario.
Entre las novedades políticas de esta semana, dos merecen atención. La primera: el Partido Republicano de Armenia quiere iniciar nuevamente un proceso de moción de censura contra el primer ministro apenas dos meses antes de las elecciones y movilizar a sus bases, aunque dudamos que Hayk Mamijanian, el pragmático dirigente que se lo contó a la prensa, lo crea realmente. La segunda: la sorprendente afirmación de Levon Ter-Petrosian de que solo una fuerza encabezada por Samvel Karapetian podría unificar a la oposición. Este énfasis también estaba presente en la aseveración del presidente de la Asamblea Nacional, según la cual la disputa por el primero o segundo lugar en el sector opositor del parlamento se dará principalmente entre las fuerzas agrupadas alrededor de Samvel Karapetian y Gagik Tsarukian.
Nótese que en ambos enfoques hay un esfuerzo deliberado por desplazar a Robert Kocharian y a las fuerzas agrupadas en torno a él, es decir, la tendencia a organizar una oposición sustituta. Cabe agregar que Ter-Petrosian podría así allanarle el camino a su partido, el Congreso Nacional Armenio, para obtener un par de bancas en el parlamento gracias a la alianza con Karapetian. No nos sorprende: la política es comercio, y así funciona, con ganancia, no guiada por ideas. Y no está de más señalar que el hecho de que Ter-Petrosian considere a Karapetian un actor que no interrumpió los contratos, equivale a una reverencia hacia Moscú. Como se dice: nada nuevo, todo es viejo como el mundo.
Pero ahora mismo, el ánimo de nuestro gobierno y nuestra oposición —que actúan con toda la lógica preelectoral— es secundario frente a los desarrollos regionales: el fuego de la guerra puede extenderse y ampliarse, mandando al diablo los cálculos electorales de nuestra dirigencia política y su apetito de poder.