El asesinato del ayatolá Jamenei tiene un contexto adicional —quizás poco familiar para nosotros, pero no ajeno— que merece atención. Así lo analizó en su canal de Telegram el turkólogo Varujan Gegamian:
«No hay que olvidar que para decenas de millones de chiítas de la región, Jamenei encarnaba la legitimidad de la fe religiosa y la continuidad ideológica.
En otras palabras, el asesinato del ayatolá Jamenei puede trascender los marcos geopolíticos del conflicto estrictamente estadounidense-israelí-iraní, y convertirse en la causa de un nuevo conflicto religioso regional. Más que una cuestión de seguridad nacional, esto podría transformarse en una disputa de identidad, fe y sacrificio. Si a ello sumamos las células militares proiraníes desde Siria hasta Yemen, obtenemos una mayor probabilidad de grandes enfrentamientos potenciales.
En Oriente Próximo, los grandes eventos —como el asesinato de Jamenei— raramente concluyen con el acto en sí mismo. Sucesos de esta naturaleza transforman identidades, y los cálculos elaborados durante décadas pueden volverse irrelevantes, dado que es imposible calcular plenamente el impacto de un golpe a la identidad de millones de personas.
Por eso, nada ha terminado; al contrario, todo acaba de comenzar. Vivimos en un período histórico en el que el mundo construido tras 1991 —al que todos estábamos acostumbrados— pasará a ser exclusivamente un recuerdo, nos guste o no.»