«La masacre de Joyalí es un crimen militar sangriento cometido por el Estado armenio y por los fascistas armenios contra los azerbaiyanos; constituye un crimen contra la humanidad. El Estado armenio asume plena responsabilidad por ello. En una sola noche, más de 600 civiles inocentes fueron brutalmente asesinados por los fascistas armenios, entre ellos 106 mujeres y 63 niños».
Hace dos días, Ilham Aliyev pronunció estas declaraciones. En general, calificarnos de “fascistas” o “nazis” se ha vuelto algo rutinario, casi automático. Sin embargo, nadie exige a Aliyev responsabilidad política por una acusación de tal gravedad; nadie recuerda los crímenes cometidos por el Estado de Azerbaiyán en Sumgait, Gandja (antigua Kirovabad) y Baku; nadie habla del severo bloqueo de Stepanakert; ni de la operación “Anillo” en Shahumyan y Getashen; nadie menciona la “heroización” de Ramil Safarov; ningún funcionario en Armenia parece dispuesto a recordar los crímenes cometidos por Azerbaiyán en los últimos cinco años. No conviene: podría entorpecer la escenificación de la paz.
Al mismo tiempo, en una realidad paralela, el líder de ese país nos llama “fascistas” y califica al Estado armenio de “fascista”. Quienes no deseen profundizar dirán: “Es Aliyev, habla para su audiencia interna”. Pero quienes hemos aprendido algo de la experiencia reciente comprendemos que Aliyev actúa conforme al discurso que dirige a su público interno. Lo sucedido en Artsaj es la prueba más cruel y evidente de ello. Estas palabras no son casuales: buscan sentar una base ideológica y política para acciones contra el Estado armenio y los armenios étnicos, construyendo una narrativa en la que cualquier medida contra un Estado etiquetado de esa manera pueda presentarse como “justificada”.
En las últimas semanas he reflexionado sobre que una de las peores decisiones que podrían adoptar las actuales autoridades tras las tragedias que hemos vivido sería falsificar la paz: simularla, maquillarla, escenificarla, exhibir gestos simbólicos y tender puentes ficticios mientras se ocultan —a sí mismos y a la sociedad— los verdaderos objetivos de Azerbaiyán. Adormecer a la opinión pública, desinformarla, no prepararla, y luego abandonarla, como ya ocurrió con la guerra. En este tema, volver a fallar no les resultaría difícil.
Es preferible afrontar hoy los riesgos en los ámbitos diplomático e informativo, intentar prevenirlos sin pérdidas humanas, antes que enfrentarse mañana a las consecuencias devastadoras de una paz ficticia.