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Opinion - Stephan Pechdimaldji
Lo que Washington no entiende sobre el Genocidio Armenio
23 de Febrero de 2026

El reconocimiento estadounidense de esta terrible tragedia no debería estar supeditado a la conveniencia política.

Durante más de un siglo, el exterminio sistemático de 1,5 millones de armenios a manos del Imperio Otomano ha sido un hecho histórico irrefutable, reconocido por académicos y numerosas naciones de todo el mundo. Sin embargo, en los pasillos del poder estadounidense, esta tragedia ha cumplido durante mucho tiempo una función diferente: la de un conveniente y cínico instrumento político bipartidista para manejar las complejidades de la negociación con un aliado volátil, Turquía.

Durante décadas, tanto las administraciones republicanas como las demócratas mantuvieron una política tácita de apaciguamiento y evasión, evitando casi siempre utilizar la palabra "genocidio" para describir las atrocidades de 1915, un hecho que el gobierno turco continúa negando. La justificación no tenía raíces en la duda histórica, sino en la conveniencia estratégica y el oportunismo político. En pocas palabras, Turquía, aliada de la OTAN, era considerada demasiado importante como para ser ofendida, y por eso se la trató con guantes de seda.

Bajo ambos partidos, el tema se introducía formalmente para su debate en el Congreso solo cuando resultaba políticamente beneficioso o cuando se usaba como palanca para obtener concesiones. Cuando Estados Unidos necesitaba la cooperación turca en el Medio Oriente, el genocidio armenio era enterrado. Cuando las relaciones se deterioraban por la compra de misiles rusos o los conflictos en Siria, de repente el imperativo moral de reconocer el genocidio se volvía prioritario y urgente en la agenda legislativa.

Las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush, por ejemplo, trabajaron activamente para archivar las resoluciones de reconocimiento del genocidio con el fin de mantener relaciones sólidas con Ankara.

A pesar de haber prometido reconocerlo durante su campaña, el presidente Barack Obama dio marcha atrás una vez en el cargo: su administración presionó activamente en contra del reconocimiento para no disgustar a Turquía.

Estos cambios demuestran que, para muchos políticos, esto no es una cuestión de derechos humanos sino una herramienta de diplomacia transaccional. Cuando el reconocimiento refleja frustración geopolítica en lugar de un compromiso ético firme, les señala a los déspotas que la historia misma está sujeta a negociación.

Las resoluciones congresales de 2019 para el reconocimiento del genocidio, aprobadas abrumadoramente en ambas cámaras del Congreso, fueron un claro ejemplo del uso de la historia como maza política, impulsadas más por la frustración ante las acciones militares de Turquía en Siria que por un súbito despertar bipartidista ante una obligación moral.

Donald Trump, durante su primer mandato, continuó la larga tradición de evitar el término 'genocidio', priorizando una relación personal y cordial con el presidente Recep Erdogan de Turquía aunque, irónicamente, fueron los miembros de su propio partido quienes luego impulsaron desde el Congreso el reconocimiento del genocidio cuando esa relación se deterioró.

El presidente Joe Biden rompió finalmente este ciclo en 2021, convirtiéndose en el primer presidente estadounidense desde Ronald Reagan en reconocer oficialmente el genocidio. Si bien se trató de un paso histórico y largamente postergado, su momento fue claramente indicativo de la disposición de su administración a distanciarse de Ankara, a diferencia de su predecesor.

Incluso hoy, la naturaleza transaccional del tema persiste. Durante su visita al Cáucaso Sur esta semana para reforzar un acuerdo de paz negociado por Estados Unidos entre Armenia y Azerbaiyán, el vicepresidente JD Vance publicó en X un mensaje de reconocimiento del genocidio armenio y luego lo eliminó, lo que generó —con razón— una gran indignación en la comunidad armenio-estadounidense. Tales acciones sugieren que la historia puede activarse o desactivarse según la comodidad diplomática del momento, lo cual constituye un insulto a la memoria de las víctimas y una traición a los principios y valores que Estados Unidos dice defender.

Por eso, el genocidio armenio no debe ser una moneda de cambio ni un instrumento para castigar a un aliado incómodo. Es un capítulo definitorio y terrible de la historia de la humanidad. Es hora de que ambos partidos políticos dejen de tratar esta tragedia como un arma y la aborden con la gravedad moral y el respeto que merece.

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Stephan Pechdimaldji es estratega de comunicaciones radicado en el Área de la Bahía de San Francisco. Es armenio-estadounidense de primera generación y nieto de sobrevivientes del Genocidio Armenio. Sus trabajos han sido publicados en Newsweek y Foreign Policy.

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