La visita histórica del vicepresidente de Estados Unidos, James D. Vance, a Armenia y Azerbaiyán no debe ni subestimarse ni sobreestimarse. Aunque se trata de la visita de más alto nivel realizada por un funcionario estadounidense a ambos países, es fundamental comprender adecuadamente los matices políticos y los intereses estratégicos de Estados Unidos en el Cáucaso Sur.
Lamentablemente, la cobertura en los medios estadounidenses fue muy limitada. La visita no se convirtió en un tema relevante ni se debatió ampliamente su contenido sustantivo, ya que no despertó mayor interés en el ciudadano promedio estadounidense. Sin embargo, la eliminación de su mensaje en la red social X sobre el reconocimiento del Genocidio Armenio sí generó críticas significativas, tanto por parte de importantes medios de comunicación como de congresistas y otras figuras públicas de Estados Unidos. En otras palabras, el principal énfasis de la prensa estadounidense se centró en ese episodio, más que en el contenido estratégico de la visita.
No obstante, la segunda administración de Trump ha acercado a Estados Unidos más que nunca a su objetivo histórico en el Cáucaso Sur: establecer mayor influencia y reducir la esfera de influencia de Rusia. Intentos anteriores —como el uso del factor georgiano durante la presidencia de George W. Bush— no dieron los resultados esperados, pero las condiciones actuales en Armenia y Azerbaiyán podrían resultar más propicias. En realidad, Vance no está respaldando ni a Armenia ni a Azerbaiyán; está promoviendo los intereses geopolíticos estadounidenses desde Asia Central hasta Europa, parte de los cuales incluyen la denominada Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional (TRIPP) a través del sur de Armenia. Esto forma parte normal de la política internacional.
Sin embargo, la visita del vicepresidente provocó debates polémicos en Ereván. Se discutieron ampliamente las posibilidades de inversión en Armenia, especialmente a raíz de interpretaciones erróneas. Vance no afirmó que Estados Unidos invertiría miles de millones de dólares en Armenia. El intérprete cometió un error al señalar que habría inversiones estadounidenses, cuando en realidad el vicepresidente explicó que el gobierno de Estados Unidos podría autorizar a empresas estadounidenses a vender varios miles de millones de dólares en tecnologías y productos destinados al mercado armenio. De hecho, la administración Trump se centra en atraer capital hacia Estados Unidos mediante la venta global de bienes, armas y tecnologías estadounidenses. Este punto generó intensos debates, sobre todo porque las autoridades armenias intentaron presentar la visita como un logro propio.
La declaración de Vance de que pronto habrá elecciones en Armenia y, en esencia, sus palabras de apoyo al primer ministro en funciones, Nikol Pashinian, suscitaron aún más controversia. Fue un error que Vance hiciera referencia a las elecciones armenias. Durante la última década, uno de los principales temas políticos en Estados Unidos ha sido la injerencia extranjera en los procesos electorales y la inaceptabilidad de dicha interferencia. Al mismo tiempo, puede interpretarse que el respaldo estadounidense no es hacia Pashinian en particular, sino hacia cualquier actor que promueva una agenda favorable a los intereses de Estados Unidos, algo propio de la realpolitik. Desde la perspectiva de Washington, Armenia y Azerbaiyán se encuentran en un mismo nivel en términos de cooperación estratégica.
Otro asunto de debate fue el de los prisioneros armenios retenidos en Bakú. La declaración de Vance sobre la posibilidad de plantear la cuestión quedó, en la práctica, en el plano retórico, lo cual resulta lamentable para un posible candidato a la próxima presidencia de Estados Unidos. Habría sido altamente significativo y simbólico que Vance hubiera viajado acompañado por algunos de los prisioneros detenidos en Bakú. Sin embargo, el hecho de que se desplazara de Bakú a Ereván y no en sentido inverso dejó en claro que tal iniciativa no estaba prevista.
Si Vance no planteó la cuestión de los prisioneros armenios en Bakú, ello implicaría que no cumplió su promesa. Pero si la planteó y no hubo resultados públicos, entonces significaría que las autoridades azerbaiyanas no tomaron en serio el asunto, lo que plantea interrogantes sobre la credibilidad y la autoridad de Estados Unidos.
A pesar de todo, la visita es verdaderamente histórica, y ahora mucho depende de las autoridades armenias. Si optarán por profundizar las relaciones con Estados Unidos, si impulsarán la construcción de una nueva central nuclear mediante la atracción de inversores internacionales, o si aprovecharán esta oportunidad para desarrollar una agenda más sustantiva y ambiciosa con Washington, se verá con el tiempo. Lo cierto es que la pelota está ahora en el campo de Armenia, y gran parte del desenlace dependerá de las decisiones de sus dirigentes.
En cuanto a la visita a Bakú, existen aspectos particularmente interesantes relacionados con la firma del documento de cooperación estratégica entre Estados Unidos y Azerbaiyán. Armenia también cuenta con un instrumento similar, pero su utilidad solo se materializa si los países firmantes buscan ampliar y profundizar la cooperación con Estados Unidos, y en el caso de Azerbaiyán ese interés ya es evidente.
También resulta relevante que Azerbaiyán esté adquiriendo equipamiento y tecnología militar estadounidenses, que en esencia solo podrían emplearse contra Irán. Desde esta perspectiva, Bakú está reforzando de manera demostrativa sus relaciones con Estados Unidos, enviando un mensaje tanto a Rusia como a Irán de que es un actor regional con capacidad de influir en el equilibrio estratégico, contando además con el apoyo directo de Estados Unidos y Turquía. Al explotar estas contradicciones, Azerbaiyán busca incrementar su peso y su importancia regional en el Cáucaso Sur.