Tres veces tuvo razón el Segundo presidente de la República de Armenia cuando, apenas unos días atrás —es decir, en vísperas de ser detenido una vez más y de ver a su familia sometida a un despojo estatal—, declaró con una fórmula certera que Armenia, como Estado, tiene un peso propio (usó la palabra "categoría"), y que sin la Diáspora tiene otro.
Esa declaración fue una respuesta a los dichos del primer ministro Pashinian y sus correligionarios, tanto en el gobierno como en el parlamento, según los cuales la Diáspora debilita a Armenia y, por lo tanto, es necesario crear mecanismos y realizar cambios legislativos "para frenar la actividad política de los armenios de la diáspora en Armenia".
Resulta difícil, incluso imposible, precisar de qué actividad y de quiénes hablan Pashinian y sus voceros, y menos aún cuál es el fundamento para instruir al flamante director del Servicio de Seguridad Nacional a actuar contra la diáspora armenia. Solo caben conjeturas. ¿Cuáles son los "pecados" de los armenios de la diáspora?
¿Defender a la Iglesia armenia con el respaldo unánime de la diáspora, incluso el de cristianos no apostólicos, e incluso el de cristianos no armenios, por motivos morales y de principios?
¿Criticar la entrega de Artsaj y el abandono de los armenios artsají, incluido el inhumano reproche de Pashinian a los jóvenes artsají: "¿Por qué están vivos ustedes?"
¿Reclamar contra las supuestas restricciones y presiones "legales" aplicadas a las personas con ciudadanía de la República de Armenia que residen en distintos países del exterior?
¿La "osadía" de los armenios de la diáspora que critican la indiferencia de las autoridades armenias hacia los dirigentes del Estado de Artsaj, que sufren en las cárceles de Bakú tras un juicio falso y amañado?
¿La crítica, desde los cuatro rincones del mundo, a la postura vergonzosa de ciertos círculos estatales que niegan los hechos del Genocidio e incluso prohíben mencionarlos?
¿La valentía de condenar las concesiones del primer ministro ante las exigencias de Ankara —y más aún de Bakú— y sus pasos al encuentro de la agresión reptante de estos últimos?
Pero, ¿quién dijo que estas numerosas cuestiones —y tantas otras— no se plantean también, todos los días, en miles de familias y oficinas de Armenia que no tienen ninguna vinculación con la Diáspora? Por lo tanto, no es justo separar a los armenios de la diáspora de la mayoría de la patria ni aplicarles sanciones.
El Segundo presidente, Robert Kocharian, llevó adelante durante su mandato numerosas obras de cooperación con la Diáspora, en beneficio de la patria y de la armenidad, mientras que el Tercer presidente, Serj Sarkisian, las continuó con gran cuidado y minuciosidad. El Primer presidente, el fundador Levon Ter-Petrosian, pese a algunas asperezas, sentó las bases de esa fructífera relación: el Primer Congreso Armenia-Artsaj-Diáspora, la creación del Fondo Panarmenio y de otras estructuras institucionales.
Sabemos que el actual primer ministro tiene por costumbre buscar culpables y chivos expiatorios para sus propias acciones fallidas, y cargar la culpa sobre los demás.
Esta vez no lo va a lograr.
Ya nadie le cree.