SECCIONES
ARMENIA
LOCALES
DIÁSPORA
UGAB
INSTITUCIONES
EMPRENDIMIENTOS Y PYMES
OPINION
AGENDA
SOCIALES
EDICIONES
Temp.: -
Hum.: -
Domingo 05 de Abril - Buenos Aires - Argentina
PREMIO MEJOR MEDIO DE PRENSA PUBLICADO EN LENGUA EXTRANJERA - MINISTERIO DE LA DIASPORA DE ARMENIA 2015
Iglesia - Karekín II, Katolikós de Todos los Armenios
Mensaje Pascual a los fieles de todo el mundo
05 de Abril de 2026

Con motivo de la celebración de la Santa Resurrección de Cristo, el Katolikosde Todos los Armenios dirige este mensaje al pueblo armenio desde la Santa Sede de Etchmiadzín, en un momento particularmente crítico para la nación.

Este no es un mensaje ceremonial más. Es una proclama pastoral que interpela directamente los desafíos actuales: las heridas de la guerra de Artsaj, el dolor por los compatriotas injustamente encarcelados, las divisiones internas que debilitan el tejido social, y las persecuciones contra la Iglesia Apostólica Armenia.

El líder espiritual de la Iglesia Armenia hace un llamado urgente a la renovación espiritual y a la unidad nacional, exhortando a su pueblo a elegir conscientemente el camino del bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, la reconciliación sobre la división.

La Resurrección de Cristo se presenta como paradigma de transformación y esperanza para un pueblo que necesita levantarse de sus derrotas y caminar hacia un futuro de dignidad y justicia.

Estas palabras trascienden las fronteras de la comunidad armenia y hablan a todos los pueblos que luchan por preservar su identidad y construir sociedades más justas y fraternas.

-------------------------------------------------

En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

«Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Ro. 6:4)

Amado pueblo creyente:

Hoy, reunidos en nuestras iglesias, celebramos la Santa y Gloriosa Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Glorificamos al Hijo de Dios, que por nuestra salvación aceptó todo sacrificio, padeció, fue crucificado, sepultado y resucitó. Con la Resurrección del Salvador se iluminó el camino hacia una vida nueva. Nuestro Señor Jesús llamó a la humanidad —alejada de Dios por el pecado de Adán y sometida al dominio de la muerte— a una vida resucitada, para que, liberada de las ataduras del mal y de la muerte, fuera digna de las gracias salvadoras del Señor y heredara el Reino de los Cielos. «Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva», nos exhorta el Apóstol.

Por la obra salvadora del Señor, al ser humano se le otorgó la bendición divina de regresar con arrepentimiento al Padre Celestial y encontrar, en medio de las tinieblas del sufrimiento, el camino luminoso de la resurrección. La vida resucitada, don de Cristo, comienza, queridos hermanos, con la renovación del corazón y del alma: cuando el individuo se fortalece en la fe, vive en la presencia de Dios, se convierte en una nueva criatura y obra el bien. Solo mediante la fe en la Resurrección de Cristo y el cumplimiento de Sus mandamientos es posible apartarse de los caminos extraviados, superar las dificultades de los tiempos y andar por los senderos del amor, la verdad y la justicia, como nos exhorta el Apóstol: «Vivid como hijos de la luz, pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Ef. 5:8-9).

Ciertamente, es con la fe en la Resurrección que se abrirá el nuevo amanecer de la historia de la humanidad, el mundo se transformará y se realizarán las justas esperanzas de paz y seguridad universales. Sin embargo, en el caos del mundo, pareciera que la voz del Apóstol y el mensaje evangélico se han silenciado: la creación de Dios es ultrajada y amenazada por actos malvados e injusticias, y la vida de la humanidad es sacudida y devastada por conflictos, odio y guerras. Para establecer un mundo justo y próspero, frente a las múltiples amenazas del presente, las naciones y los Estados deben buscar con mayor fervor la voluntad del Dios Altísimo a fin de superar las graves pruebas existentes, consolidar los fundamentos de la solidaridad universal, la convivencia pacífica y la cooperación fructífera. Solo mediante tales esfuerzos colectivos los pueblos «convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces; ninguna nación alzará la espada contra otra, ni se adiestrarán más para la guerra», tal como proclama el profeta (Is. 2:4).

Queridos hermanos: años después de la trágica guerra de Artsaj, la angustia y la preocupación no abandonan nuestros corazones, que anhelan paz y seguridad. Nuestro pueblo conoce mejor que nadie el valor de la paz y la seguridad, por las que los hijos de nuestra nación pagaron con sus propias vidas. Nuestras heridas y dolores aún están frescos, y hoy ese sufrimiento se profundiza con la violación de los derechos de los armenios de Artsaj y la detención ilegal de nuestros compatriotas retenidos como rehenes. El dolor se acrecienta cuando continúa sembrándose la semilla de la división, cuando se ignoran y distorsionan los valores sagrados, cuando se ejerce una justicia arbitraria y selectiva, y cuando las autoridades llevan a cabo represiones contra la Iglesia mediante acusaciones falsas y fabricadas.

La Iglesia, en Cristo, es inconmovible, poderosa e inamovible. La Iglesia es la casa de Dios, la comunidad de los creyentes. A través de su misión salvadora, defiende y anuncia la paz y el amor fraterno, y proclama sin cesar la gloriosa Resurrección de Cristo.

La Iglesia proclama siempre la invitación a la vida resucitada para preservar a sus hijos de la desesperación, las injusticias y las caídas, y para preservar el patrimonio nacional y espiritual de los caminos que llevan a la perdición. La vida resucitada nunca puede construirse sobre el alejamiento y la división entre unos y otros, sobre la distorsión de los valores cristianos, el menoscabo y la restricción de la misión de la Iglesia, la tergiversación de los intereses nacionales ni la adulteración de la justicia y la verdad. Mientras no rechacemos las obras del mal y los pasos que conducen a la ruina, no podremos establecer el renacimiento y el florecimiento, el progreso y el bienestar en la vida personal y social, ni forjar las perspectivas inquebrantables de la continuidad de nuestro pueblo.

Por todo ello, queridos hermanos, nuestro mensaje patriarcal es: elijamos el bien frente al mal, la reconciliación frente a la discordia, la honestidad e integridad frente al engaño y la intriga, el respeto mutuo y la solidaridad frente a la deshonra y la traición.

Guiémonos por el compromiso de excluir los fenómenos nocivos y destructivos, por la determinación de levantarnos de nuestras derrotas y por el celo de preservar intacto el legado de nuestros antepasados. Privilegiemos el amor, la solidaridad y la unidad, para que con esfuerzos conjuntos podamos elevarnos por encima de las tribulaciones y dificultades que nos aquejan, fortalecer nuestra estatalidad y forjar el progreso y la prosperidad de la nación. Permanezcamos siempre fieles a nuestro Señor resucitado, Quien «se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificarnos como pueblo suyo, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14).

Con la alegre buena nueva de la Santa Resurrección, desde la Catedral Madre transmitimos nuestro fraternal saludo a Primados de los Tronos de nuestra Santa Iglesia Apostólica: a Su Santidad Aram I, Katolikós de la Gran Casa de Cilicia; al Patriarca Armenio de Jerusalén, Su Eminencia el Arzobispo Nurhan Manukian; al Patriarca Armenio de Constantinopla, Su Eminencia el Arzobispo Sahak Mashalian; y a todo el clero fiel de nuestra Santa Iglesia. Enviamos nuestro saludo en Cristo a nuestros hermanos espirituales, los Primados de las Iglesias hermanas, y a sus fieles rebaños. Nuestro amor y bendición patriarcal a nuestro pueblo, celoso de los valores nacionales y espirituales. Nuestro reconocimiento paternal a todos vosotros, queridos, por la fidelidad y la cálida devoción que demostráis sin cesar hacia la patria y nuestra Santa Iglesia.

Cada día hemos sentido y continuamos sintiendo la fuerza de vuestras oraciones. Gracias a vosotros, nuestra Santa Iglesia permanece firme e inconmovible, a la que ni siquiera las pruebas de los siglos han podido quebrantar. Gracias a vosotros, la Santa Sede Madre de Etchmiadzin es poderosa, sólida y luminosa. Seguid viviendo en la oración, obrad y cread con amor hacia la patria y la Iglesia Madre, en beneficio de la edificación de nuestro país y de un futuro luminoso.

En este día de renovación espiritual, elevemos juntos nuestra oración al Hijo de Dios resucitado, para que en Su misericordia infinita conceda paz y seguridad al mundo entero y a nuestra tierra patria.

Pidamos que con las gracias celestiales vivificantes se fortalezca nuestro pueblo disperso por el mundo, que viva una vida impregnada de fe, con espíritu valiente e inquebrantable para superar las dificultades.

Oremos para que en nuestra nación se afirmen el amor a la verdad, la justicia y la unidad. Que con buenos frutos y nuevos logros, en beneficio de la nación y la patria, forjemos los sueños y aspiraciones de nuestro pueblo de cara al futuro, para gloria de Dios y el eterno esplendor de nuestra Santa Iglesia Apostólica.

Oremos también por nuestros hermanos y hermanas que sufren los horrores de la guerra, por los detenidos ilegalmente, los desaparecidos y sus familias, y por quienes se encuentran en tribulaciones y privaciones, y por quienes necesitan sanación.

Que la mano protectora de Dios, Su amor y Sus bendiciones sean refugio para todos nosotros, hoy y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Cristo ha resucitado de entre los muertos. ¡Bendita es la Resurrección de Cristo!

Más leídas