Sobre la persecución religiosa en Armenia y contra la Iglesia Apostólica Armenia
Los Ángeles, CA, 19 de febrero de 2026
Honorables Comisionados, Distinguidos Miembros de la USCIRF:
Me presento ante ustedes hoy no solo como sacerdote apostólico armenio, sino también como veterano del Ejército de los Estados Unidos, que sirvió a esta nación con honor. Deseo referirme a la crisis que se desarrolla en Armenia, una nación que se ha definido durante diecisiete siglos como la primera nación cristiana del mundo.
Bajo el gobierno del Primer Ministro Nikol Pashinian, la Iglesia Apostólica Armenia enfrenta hoy una persecución sistemática de su propio gobierno. Esto no es una disputa política. Es persecución religiosa, y exige su atención y su acción.
En este momento, cuatro altos clérigos de la Iglesia Apostólica Armenia están encarcelados o bajo arresto domiciliario: los arzobispos Mikael Achabahian, Poktan Galstanian, Arshak Jachaturian y Mkrtich Proshian, todos ellos en posiciones vitales dentro de la Iglesia, han sido arrestados bajo cargos dudosos.
Estos clérigos no son criminales. Son pastores de nuestra fe apostólica, hombres que han consagrado toda su vida al bienestar espiritual de su pueblo, y que hoy son silenciados por defender a su iglesia y a su nación.
Su Santidad el Katolikos Karekin II, supremo Patriarca de Todos los Armenios, ha enfrentado una persecución implacable, una vilificación pública y un hostigamiento cotidiano por parte del régimen de Pashinian. El Katolikos —al igual que sus predecesores— cuya sagrada función ha guiado al pueblo armenio en todo el mundo a través de invasiones extranjeras, el genocidio otomano y la persecución soviética, es tratado hoy como un obstáculo a superar, como una voz que debe ser marginada.
El mensaje que transmiten todos estos encarcelamientos es inequívoco: si te opones al gobierno, si defiendes la integridad de tu Iglesia, serás castigado, encarcelado o perseguido.
El gobierno de Pashinian ha traspasado territorios vedados: interfiere directamente en la vida litúrgica y administrativa de la Iglesia. Cada domingo, el gobierno y Pashinian personalmente, ha intentado dictar cómo se celebra la Divina Liturgia en contra de la voluntad de los sacerdotes: cómo se realizan las oraciones, qué partes se pronuncian o se omiten, quién es obispo y quién no, cómo la Iglesia administra sus funciones más sagradas. Esto no es gobernanza. Es una profanación.
Ninguna autoridad secular debería jamás poseer semejante poder sobre la vida espiritual de una comunidad religiosa.
Además de los clérigos encarcelados, el Primer Ministro ordenó que el Katolikos y seis obispos más no pueden abandonar Armenia, entre ellos dos obispos estadounidenses: el Arzobispo Haigazun Nazarian y el Obispo Vahan Hovhannisian, ambos miembros del Supremo Consejo Espiritual. ¡Esto es inaceptable!
Lo más grave de todo es que el Primer Ministro Pashinian ha comparado públicamente los sermones de la Iglesia Apostólica Armenia con el terrorismo islamista. Detengámonos a considerar la gravedad de esta acusación. Esta es la Iglesia que preservó el cristianismo con innumerables mártires a lo largo de su historia, que resistió 1.400 años de dominación islámica, que atravesó el Genocidio Armenio de 1915 y setenta años de opresión atea soviética. Esta Iglesia es acusada ahora por el propio Primer Ministro de extremismo islamista.
Esto no es meramente absurdo: es un intento calculado y deliberado de deslegitimar la autoridad religiosa mediante la calumnia y la difamación.
Estos hechos evocan un oscuro y sangriento capítulo de la historia de la Iglesia armenia. En 1938, bajo el terror soviético, el Katolikos Jorén I fue asesinado por los bolcheviques. Clérigos de toda Armenia fueron arrestados, torturados y, en su mayoría, ejecutados. Las iglesias fueron saqueadas y profanadas bajo el pretexto de buscar "tesoros". El objetivo era entonces, y lo es también ahora, la destrucción de la Iglesia como autoridad moral religiosa independiente.
Imaginemos por un momento que un rabino fuera encarcelado, que un obispo católico fuera detenido, que un alto sacerdote anglicano fuera arrestado, o que un imán fuera apresado, únicamente por defender su fe frente a la intromisión del Estado. El clamor internacional sería inmediato y ensordecedor. Se aprobarían resoluciones, se considerarían sanciones, se aplicaría presión diplomática.
Sin embargo, cuando esto ocurre en Armenia desde hace ya varios meses, cuando los arzobispos son encarcelados, cuando el propio Katolikos es vilificado e impedido de salir del país junto con casi todos los obispos, cuando la antigua Iglesia Armenia enfrenta un asalto sistemático, ¿dónde está la respuesta del mundo? ¿Dónde está la indignación de los funcionarios estadounidenses y occidentales?
El silencio es ensordecedor, y revela un perturbador doble estándar en la manera en que se reconoce y se condena la persecución religiosa.
Existe un principio moral que debe guiar nuestra respuesta: cuando los clérigos son encarcelados por su fe, cuando un Katolikos es vilificado y calumniado públicamente, cuando el gobierno, en su flagrante prevaricación, se introduce en los sagrados misterios del culto, cuando los clérigos de la Iglesia Apostólica Armenia son falsamente acusados de extremismo y juzgados en tribunales de fachada, el silencio es sencillamente injusticia. El silencio no es prudencia ni es aceptable. El silencio es complicidad.
Armenia está desmantelando sistemáticamente la libertad religiosa que ha definido su carácter e identidad nacionales durante 17 siglos. Esto no es un asunto político interno que pueda ignorarse cortésmente. Es una violación fundamental de los derechos humanos, de la libertad religiosa, de la dignidad y la autonomía que se deben a todas las comunidades de fe.
La comunidad internacional no puede permanecer inmóvil mientras un gobierno persigue a la misma Iglesia que ha sido el alma de la nación armenia: la que preservó la identidad armenia a través de siglos de conquista, genocidio, ocupación y persecución, incluso cuando Armenia no tenía Estado; la que mantuvo vivos el idioma y la cultura cuando los imperios buscaban extinguirlos.
Insto a esta Comisión a tomar medidas inmediatas y decisivas:
1. Condenar públicamente estas flagrantes violaciones en los términos más enérgicos posibles. Exigir la liberación inmediata e incondicional de todos los obispos encarcelados. Reclamar inequívocamente el fin de la interferencia gubernamental en los asuntos internos, litúrgicos y teológicos de la Iglesia Apostólica Armenia.
2. Considerar la designación de Armenia como País de Especial Preocupación en materia de violaciones a la libertad religiosa, si estos abusos sistemáticos continúan. Comprometerse directamente con Su Santidad el Katolikos Karekin II y otros líderes de la Iglesia para documentar el alcance y el patrón completo de esta persecución.
3. Dejar en claro al régimen de Pashinian que las naciones que persiguen a la Iglesia Apostólica Armenia, encarcelan a su clero e interfieren en su culto y su liturgia no pueden pretender ser tratadas como defensoras de la libertad y la democracia en el escenario internacional.
La libertad religiosa no es un regalo del Estado: es un derecho que precede a todos los gobiernos y los sobrevivirá a todos.
La causa de la libertad religiosa depende de quienes están dispuestos a hablar cuando otros permanecen en silencio. Los insto a hablar ahora. A actuar ahora.
Porque si no es ahora, ¿cuándo? Y si no son ustedes, ¿quién?
Gracias.
Padre Serop Azarian Las Vegas, NV