El presidente ruso Vladímir Putin realizó esta semana declaraciones que reflejan la complejidad del momento que atraviesa Armenia. Ante la prensa en Moscú, sugirió que Ereván podría convocar un referéndum sobre su adhesión a la Unión Europea y que, si el pueblo lo aprueba, Rusia estaría dispuesta a iniciar un proceso de "divorcio suave, inteligente y mutuamente beneficioso". "No es asunto nuestro —aclaró— pero sería bastante lógico preguntar a los ciudadanos armenios cuál sería su elección."
Putin subrayó además que rusos y armenios mantienen relaciones especiales desde hace siglos y que Rusia apoyará lo que sea beneficioso para el pueblo armenio. "Si al pueblo armenio le resulta beneficiosa una u otra decisión, por favor, nosotros no nos opondremos", afirmó.
El precedente ucraniano como lección
En ese marco, Putin recordó que en Ucrania "todo comenzó también con la cuestión de la integración europea", un proceso que derivó en décadas de inestabilidad y conflicto. Para el mandatario ruso, la experiencia ucraniana es una advertencia sobre los riesgos de los cambios geopolíticos abruptos más que una amenaza hacia Armenia. "Por eso no hay que ir a los extremos", señaló.
El presidente ruso propuso además que el tema pueda debatirse en la próxima cumbre de la Unión Económica Euroasiática, prevista para el 28 y 29 de mayo en Astana, buscando un marco multilateral para abordar la cuestión.
Un giro acelerado tras Karabaj
El contexto de estas declaraciones es un proceso de reorientación armenia que lleva varios años. En marzo de 2025, el Parlamento armenio aprobó el inicio del proceso de adhesión a la UE, y Ereván anunció su intención de alejarse de la OTSC, la alianza de seguridad liderada por Rusia.
Ese distanciamiento se aceleró tras la guerra de Nagorno Karabaj, cuando en 2023 más de 100.000 armenios debieron abandonar el enclave y refugiarse en Armenia. El primer ministro Nikol Pashinian interpretó ese momento como una señal para diversificar los socios estratégicos del país y reducir su dependencia de un único aliado.
Los vínculos con Moscú y las promesas de Bruselas
Armenia mantiene con Rusia lazos profundos y estructurales que no se disuelven de un día para el otro. El gas y el petróleo rusos representan aproximadamente el 77% del suministro energético del país, y Moscú sigue siendo su principal socio comercial, con un intercambio bilateral que alcanzó los 7.000 millones de dólares en 2025. Dentro de la Unión Económica Euroasiática, Armenia accede a ventajas concretas en agricultura, industria y aranceles que cualquier nuevo esquema deberá poder reemplazar.
Europa, por su parte, llegó a Ereván con compromisos importantes. Más de 40 líderes participaron la semana pasada en la Cumbre de la Comunidad Política Europea 2026, la primera en realizarse en el Cáucaso Sur. La UE y Armenia firmaron además una Asociación de Conectividad y comprometieron 2.500 millones de euros en inversiones en infraestructura, transporte, energía y tecnología digital.
Una decisión que le pertenece a Armenia
Armenia es un país de apenas tres millones de habitantes, sin salida al mar, con vecinos de peso —Turquía, Azerbaiyán, Irán— y con una historia forjada en la capacidad de sobrevivir en entornos adversos. La decisión sobre su rumbo geopolítico le pertenece a su pueblo y a sus instituciones.
Lo que está claro es que tanto Moscú como Bruselas tienen interés genuino en el futuro armenio, aunque con visiones distintas sobre cómo debería ser ese futuro. Entre ambas opciones, Armenia —y con ella toda su diáspora— enfrenta una de las encrucijadas más significativas de su historia reciente.