En el siglo XIX, cuando en las escuelas rurales de Armenia aún se consideraba normal educar a golpes, el maestro y escritor Jachadur Apovian marcó un antes y un después en la historia de la educación. Su intervención en una pequeña escuela del pueblo de Ashtarak cambió para siempre la manera de enseñar.
Según relató el novelista Perch Proshian, quien fue alumno de aquella escuela, el castigo físico era parte del sistema. “Cuando un padre entregaba a su hijo al maestro, solía decirle: ‘La carne es tuya, pero la piel y los huesos son míos’”, recordaba. Era la aceptación de una pedagogía basada en el miedo.
Todo cambió el día en que Apovian, entonces inspector de la escuela real de Ereván, llegó de visita. El maestro local, asustado, obligó a los niños a permanecer inmóviles y los amenazó con castigos si se equivocaban. Pero Apovian comprendió la situación y decidió actuar de otro modo.
“Niños, les dijo, si le pido al maestro que deje de golpearlos, ¿prometen estudiar con dedicación?” Cuando los alumnos respondieron que sí, Apovian fue claro: “Desde hoy, los golpes desaparecen de esta escuela”.
Durante tres días, el pedagogo revolucionó el ambiente: enseñó mediante juegos, jugó con los niños y hasta los llevó al río a nadar. Con su ejemplo, demostró que el respeto y el afecto podían reemplazar al miedo como motor del aprendizaje.
Antes de marcharse, prometió a los alumnos que podrían escribirle si alguna vez volvían a ser castigados. “Soy de Kanaker, les dijo, y mi nombre es Jachadur Apovian. No tengan miedo en escribirme”.
“Si no nos hubiera detenido —recordaría después Proshian—, lo habríamos seguido hasta Ereván. Se fue el astro luminoso de la nueva literatura armenia, y con él se fue nuestro corazón”.