El primer ministro de Armenia, Nikol Pashinian, encendió nuevamente el debate dentro de la comunidad armenia mundial al calificar la demanda de reconocimiento internacional del Genocidio Armenio como una "política imperial y antiarmenía". Las polémicas declaraciones fueron realizadas el 26 de marzo en una reunión de gabinete en Ereván, a menos de un mes del 111° aniversario del Genocidio.
"La paz no es solo un concepto político, sino también socio-psicológico", afirmó Pashinian. En ese sentido, sostuvo que hablar de retorno —tanto de los armenios desplazados de Karabaj como del pueblo armenio en general— equivale a impedir que esas personas se asienten y acepten su situación. "La paz es cuando una persona se calma, comprende y no tiene la valija lista", declaró.
El mandatario fue más lejos al cuestionar directamente la lucha histórica de la diáspora: "Llevamos 100 años viviendo con esta expectativa, y eso es una política imperial, una política antiarmenía, según la cual, si no te calmas, volverás o volveremos; primero vendrá el reconocimiento internacional del genocidio, luego volverás a Van, Mush, Cilicia...". Según Pashinian, esta política persigue dos objetivos: mantener al pueblo armenio en una mentalidad de refugiado e impedir la consolidación de la República de Armenia como Estado.
Estas declaraciones se enmarcan en una escalada de posicionamientos que llevan meses sacudiendo a la comunidad armenia internacional. En marzo, Pashinian ya había afirmado ante periodistas turcos que "el reconocimiento internacional del Genocidio Armenio no figura entre las prioridades de nuestra política exterior hoy", y llegó a cuestionar la utilidad de las resoluciones de reconocimiento adoptadas por los parlamentos de decenas de países, sugiriendo que generan tensiones en la región.
En otra declaración reciente rechazó también la noción misma de justicia histórica: "Creo que debemos perseguir una realidad justa, no la restauración de la justicia histórica. Cuanto más persigamos la justicia histórica, más nos enfrentaremos a nuevas injusticias históricas."
En enero, durante un encuentro con la comunidad armenia en Suiza, Pashinian pareció poner en duda la narrativa histórica establecida sobre el Genocidio, preguntando cómo era posible que en 1939 no existiera una "agenda de reconocimiento" y que esta hubiera surgido recién en 1950. El Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio advirtió que esas declaraciones refuerzan narrativas negacionistas turcas.
Las reacciones fueron contundentes. Líderes de la oposición armenia calificaron al gobierno de "régimen colaboracionista que sirve solo a Turquía y Azerbaiyán" y describieron el enfoque de Pashinian como "inmoralidad política y traición". La diáspora armenia reaccionó con especial dureza: para millones de armenios que viven fuera de Armenia —muchos de los cuales han perdido el idioma y otros marcadores culturales—, la lucha por el reconocimiento del Genocidio es uno de los pocos pilares identitarios que aún los sostiene como pueblo.
Todo esto ocurre en el marco de un proceso de acercamiento entre Armenia y Turquía que Pashinian impulsa activamente, y que incluye la posible apertura de fronteras y el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas. Los críticos advierten que este giro no solo traiciona la memoria de más de un millón y medio de víctimas, sino que también envalentona a Turquía y Azerbaiyán, países que han negado sistemáticamente el Genocidio.
La diáspora armenia sostuvo la memoria durante más de un siglo. Financió escuelas, construyó iglesias, educó a sus hijos en un idioma que el mundo daba por muerto y arrancó el reconocimiento del Genocidio país por país, con paciencia y convicción. Que hoy sea el primer ministro de Armenia quien cuestione esa lucha no es solo una provocación política: es una herida en el corazón de lo que significa ser armenio fuera de Armenia.
Estas declaraciones de Pashinian, son una afrenta a quienes mantuvieron viva la identidad de un pueblo en el exilio, y una señal de alarma que no se puede ignorar.