Diario Sardarabad - El 27 de febrero de 1988, la ciudad industrial de Sumgait, a apenas 26 kilómetros de Bakú, fue escenario de uno de los episodios más brutales de la historia armenia reciente. Durante tres días, bandas organizadas de etnia azerí atacaron sistemáticamente a la población armenia de la ciudad, con una ferocidad y una coordinación que desmiente cualquier interpretación de espontaneidad.
El detonante formal fue el reclamo pacífico de la población armenia de Nagorno-Karabaj, que pedía su reunificación con Armenia dentro del propio marco legal soviético. Pero el terreno ya estaba preparado. Apenas dos semanas antes del pogromo, Asadov, jefe del Comité Central del Partido Comunista de Azerbaiyán, había anunciado públicamente que cien mil azerbaiyanos estaban dispuestos a invadir Karabaj y comenzar una masacre. Hidayat Orujov, otro dirigente del mismo partido, amenazó públicamente con que, si los armenios no cesaban en su reclamo por la unificación con Armenia, cien mil azerbaiyanos irrumpirían en sus hogares, violarían a sus mujeres y matarían a sus hijos.
En los días previos al estallido, la plaza principal de Sumgait se llenó de consignas que pedían la expulsión y el exterminio de los armenios. Rumores falsos sobre supuestas agresiones contra azerbaiyanos en Armenia fueron difundidos deliberadamente para caldear el ambiente.
La noche del 27 de febrero comenzó el ataque. Los perpetradores no actuaban a ciegas: contaban con listas de domicilios armenios elaboradas con anterioridad. Las líneas telefónicas fueron cortadas para impedir que las víctimas pudieran pedir ayuda. Grupos armados con cuchillos y hachas irrumpieron en los apartamentos armenios, asesinando, violando e incendiando. Muchas víctimas fueron golpeadas y torturadas antes de ser quemadas vivas.
La policía no intervino. Las autoridades locales, lejos de proteger a la población civil, habían facilitado la identificación de los hogares armenios. Recién el 29 de febrero, con la llegada de unidades militares profesionales y tanques del ejército soviético, se impuso la ley marcial y cesó la violencia.
El saldo oficial reconoció 32 muertos. Sin embargo, informes internos del Partido Comunista armenio calcularon más de 400 víctimas fatales. Para borrar las evidencias, numerosos cuerpos fueron trasladados fuera de la ciudad o arrojados al mar. Centenares de personas quedaron heridas y discapacitadas de por vida. Se produjeron violaciones masivas. Más de doscientas viviendas fueron destruidas y saqueadas.
Los 18.000 armenios que habitaban Sumgait abandonaron la ciudad en las semanas siguientes. Muchos de quienes se refugiaron en el norte de Armenia serían alcanzados meses después por el devastador terremoto de diciembre de 1988.
De las 94 personas que llegaron a ser juzgadas, solo una recibió la pena de muerte. Los organizadores intelectuales del pogromo nunca fueron identificados ni procesados. Algunos sectores azerbaiyanos llegaron a reclamar públicamente la liberación de los condenados, a quienes llamaban "héroes."
El Estado azerbaiyano no solo eludió responsabilidades sino que promovió activamente teorías que invertían la culpa, llegando a sostener que los propios armenios habían planificado la masacre para desprestigiar a Azerbaiyán. Esa narrativa oficial nunca fue refutada ni abandonada por Bakú.
Sumgait no fue un hecho aislado. La impunidad con que concluyó abrió el camino a nuevas masacres: en noviembre de 1988 en Kirovabad —hoy Gandja— y en enero de 1990 en Bakú, donde fueron asesinados centenares de armenios siguiendo el mismo patrón de violencia organizada y complicidad estatal. El resultado final fue la expulsión de centenares de miles de armenios de todo el territorio azerbaiyano, una limpieza étnica consumada ante la indiferencia de la comunidad internacional.
En Armenia, el 28 de febrero es día conmemorativo oficial desde 2005. En el memorial del Genocidio de Dzidzernagapert, en Ereván, una Jachkar recuerda a las víctimas de Sumgait junto a las del Genocidio de 1915, porque para el pueblo armenio ambas tragedias forman parte de una misma historia.
Treinta y ocho años después, ningún Estado ha reconocido formalmente el pogromo de Sumgait como crimen de lesa humanidad. Azerbaiyán no ha pedido disculpas ni ha reparado a las víctimas. La comunidad armenia en la Argentina, heredera de generaciones que sobrevivieron al Genocidio, recuerda Sumgait no solo como un aniversario de dolor sino como una exigencia vigente: sin justicia, la memoria es solo el principio.