Entre las numerosas especialidades de la cocina armenia, el keté (Քեթէ) ocupa un lugar especial. Más que una simple preparación horneada, constituye una expresión de la historia, la vida familiar y la identidad cultural de un pueblo que ha sabido preservar sus tradiciones a través de los siglos.
Considerado una de las recetas más antiguas y entrañables de la gastronomía armenia, el keté se presenta en múltiples variantes regionales. Puede ser simple o relleno, pero en todas sus formas comparte una característica esencial: haber acompañado la vida cotidiana de generaciones de armenios.
Los historiadores de la alimentación lo vinculan con una amplia familia de panes y masas enriquecidas desarrolladas en el Cáucaso y Anatolia a partir de recetas campesinas transmitidas oralmente. Su elaboración requería ingredientes al alcance de la mayoría de las familias: harina, manteca o grasa animal, yogur o leche fermentada y, en ocasiones, huevos.
A diferencia de otros platos reservados para celebraciones especiales, el keté formaba parte de la alimentación diaria en numerosas regiones de Armenia histórica. Su practicidad, valor nutritivo y capacidad de conservación lo convertían en un alimento ideal para acompañar las jornadas de trabajo agrícola y los largos desplazamientos.
Con el paso del tiempo, cada región desarrolló su propia versión. Algunas variedades eran planas y redondas; otras, rellenas. En ciertos lugares se preparaban con joriz (khoriz,) una mezcla de harina tostada y manteca que aportaba una textura desmenuzable y un sabor inconfundible, característico de muchas recetas tradicionales.
Tras el Genocidio Armenio y la dispersión de las comunidades armenias por todo el mundo, el keté emprendió un nuevo viaje junto a las familias exiliadas. En países como Argentina, Líbano, Siria, Francia y Estados Unidos, continuó elaborándose en los hogares como una forma de mantener vivo el vínculo con la tierra ancestral y transmitir la herencia cultural a las nuevas generaciones.
Todavía hoy, en muchos hogares de la diáspora, el aroma del keté recién horneado evoca recuerdos de abuelas amasando en la cocina.
Cada porción encierra una historia transmitida de generación en generación, convirtiendo a esta sencilla preparación en un verdadero símbolo de memoria, pertenencia e identidad armenia.